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Zapatero a tus zapatos

Zapatero a tus zapatos
Ilustración conceptual de OpenAi

En Panamá hay algo más peligroso que manejar bajo la lluvia, más arriesgado que cruzar la Transístmica en hora pico y más común que el arroz con pollo en cumpleaños: el panameño que cree que sabe hacer de todo.

Aquí nadie necesita especialista. Aquí todos somos toderos certificados por la Universidad de YouTube y graduados con honores en la Facultad del “eso se ve fácil”. Las redes nos muestran el resultado, pero no el proceso; nos muestran velocidad, pero no la paciencia; nos muestran los éxitos, pero no los fracasos. ¿Dónde quedó el tiempo de estudio, los intentos fallidos, el esfuerzo y la dedicación aprendiendo?

Nos pintan pajaritos de oro, donde no hay necesidad de experiencia, donde cualquiera puede hacerlo, donde todo es tan fácil que nos van lavando el cerebro lentamente.

Se daña un abanico y automáticamente uno se convierte en técnico eléctrico. Duele la espalda y aparece el doctor interno que receta reposo, ungüento chino y una pastilla que recomendó un primo que “le funcionó clarito”. La pared tiene una manchita y ya uno es pintor profesional… hasta que termina pintando también el piso, la ventana, el tomacorriente y parte del perro.

Porque el panameño tiene fe. Mucha fe. Fe en que el tutorial de tres minutos reemplaza veinte años de experiencia.

Y entonces empieza el espectáculo.

Abrimos la licuadora como si fuera un reloj suizo, desmontamos la lavadora sin tomar una sola foto previa y desarmamos el televisor con la seguridad de un cirujano… solo para terminar mirando un tornillo solitario sobre la mesa, preguntándonos en qué momento la vida tomó ese rumbo.

Ese tornillo sobrante es el símbolo nacional del todero.

Después vienen las consecuencias: la gotera que ahora cae justo encima del sofá, la pintura regada como escena del crimen, la comida cruda por fuera y quemada por dentro, el dedo martillado que uno enfría con hielo mientras jura que “ya casi estaba listo” y el corrientazo que nos deja el cabello parado y una nueva conexión espiritual con la vida.

Pero detrás del chiste hay algo serio.

Nos cuesta reconocer el valor de los oficios. Creemos que llamar a un profesional es gastar plata, sin entender que en realidad estamos pagando años de práctica, errores aprendidos y conocimiento verdadero.

El albañil no solo pega bloques; levanta hogares. El electricista no conecta cables; evita tragedias. El mecánico no cambia piezas; devuelve caminos. La enfermera no solo cuida; tranquiliza el miedo. El maestro no solo enseña; educa.

Cada oficio tiene dignidad, paciencia y sacrificio. Mientras nosotros improvisamos un domingo por la tarde, hay personas que pasaron años aprendiendo para que las cosas funcionen bien… y, sobre todo, para que nosotros estemos seguros.

Tal vez el problema no es querer aprender —eso siempre es bueno—, sino creer que todo trabajo es fácil porque se ve sencillo desde afuera.

La verdad es otra: cuando algo parece fácil, casi siempre es porque alguien se volvió experto haciéndolo. El técnico que llega a tu casa no solo trae herramientas; trae horas de práctica que evitarán que un pequeño daño termine en un desastre grande. El profesional no cobra por diez minutos de trabajo, cobra por los años que le tomó saber exactamente qué hacer en esos diez minutos.

Y quizá ahí está la lección que las redes nunca dicen: no todo lo que parece fácil lo es, y no todo lo que cuesta dinero es caro.

A veces lo verdaderamente costoso es creer que sabemos lo suficiente.

Y quizá madurar también sea eso: entender que no tenemos que saber hacerlo todo, que pedir ayuda no es derrota y que respetar el trabajo ajeno también es una forma de respeto por nosotros mismos.

Aunque, siendo honestos… el próximo fin de semana alguno volverá a decir la frase más peligrosa del hogar panameño:

“Tranquilo, no llames a nadie… yo lo arreglo”.

Y ahí, señores, empieza nuevamente la novela.

El autor es ingeniero retirado.


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