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Las pasiones del Mundial

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Hoy domingo se juega la final del Mundial de fútbol en el Estadio de Maracaná: Alemania-Argentina. Solo diré que si los alemanes juegan nada más que la mitad de lo que jugaron contra Brasil, barrerán a los argentinos de la cancha, del pasto o del estadio, como ustedes quieran.

He seguido el Mundial por televisión, sentado en el salón de mi casa, en mi sillón color mostaza, donde ha pasado tantas horas de placer leyendo a escritores y libros que admiro mucho más que a ningún futbolista en el mundo; un sillón donde me siento a pensar todas las tardes, con los ojos entrecerrados, hasta alcanzar el placer del sueño o el gusto del recuerdo, que a veces son parecidos.

Tuve la suerte de ver ahí, en el placer, el partido de Brasil y Alemania: 1-7. Todo un espectáculo único y extraordinario, en el que los alemanes demostraron una vez más que aquel amable delantero centro inglés, Gary Lineker, tenía razón cuando definió al fútbol como un deporte en el que juegan 11 contra 11 y al final siempre gana Alemania.

Estos nibelungos son así. No creen, por razones históricas, que la proeza deba celebrarse antes de llevarse a cabo la victoria, antes de ganar, y saltan a la cancha a jugar un fútbol superior, el mismo que destruyó la mediocre armada brasileña sin ningún paliativo 1-7.

Debo confesarles que cuando vi la rabia nacionalista con la que los jugadores brasileños cantaban la letra de su himno nacional, me hice cruces conjuradas para que los germanos descoyuntaran aquellos gritos que más parecían de guerreros caníbales que de deportistas de élite. Por una vez, se cumplió mi deseo.

Debo decirles también que lo que más me desagrada del Mundial no es el mal fútbol que, por lo general, hemos visto en todos los partidos con algunas excepciones, sino los modos casi salvajes en que se cantan los himnos nacionales, una manera de despertar el animal selvático que fuimos y que todavía llevamos dentro.

Es decir, lo que detesto de los países es la nación y lo que más detesto de la nación es el nacionalismo, una ideología basada en la creencia, siempre falsa, de la superioridad frente a un enemigo que nunca lo es, sino que es un simple adversario en el campo de juego, en el caso del fútbol, y un vecino más o menos amable en la realidad cotidiana.

Hay quienes avisan ya de que vuelve el lobo salvaje del nacionalismo a levantar las más bajas pasiones de gente que, por lo general, son ciudadanos tranquilos y pacíficos. La riada nacionalista trae consigo una enfermedad mental colectiva que hace de la sociedad un esclavo de exigencias que tienen origen en el embuste histórico y en la mentira de los historiadores oficiales. Fíjense si no: dicen ahora los catalanes oficialmente independentistas que Colón y los Pinzones eran catalanes de origen.

Dicen que Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote, era catalán. Dicen que Santa Teresa de Ávila no era de Ávila, que eso es mentira, sino catalana. A este paso todos los genios del mundo, desde el tío Albert (Einstein, of course) hasta Alfredo Di Stéfano, fallecido durante el Mundial a los 88 años de edad, terminarán siendo catalanes y, por supuesto, independentistas de primera hora.

La mentira del nacionalismo se alimenta de estas tonterías que hacen primero leyenda y luego fortuna y, tras repetirla, muchas veces, se convierte en una realidad mentirosa. Pero así se escribe la historia. La historia de los nacionalismos, quiero decir.

Cuando fui joven, hubo una época en la que quise ser futbolista profesional. Llegué a jugar durante un año en el equipo amateur del Real Madrid, pero luego el griego y el latín universitarios me empujaron con buen tino a retomar mis estudios en la Complutense y abandonar el deporte que había conocido, incluso, antes que el sexo, el fútbol.

Podrán entender que el fútbol, el del 1-7 de Alemania a Brasil, por ejemplo, me apasiona. Cuando España ganó el Mundial de Sudáfrica lo celebré con moderación. Nada de himnos ni de exaltación nacional.

El populacho se divierte con las más bajas pasiones, las que guarda en un almario salvaje para celebrar la victoria de la tribu.

No me gusta pertenecer a una ralea que no sabe conservar la educación y el respeto necesarios, el que se debe al adversario y el que se debe a uno mismo.

Tampoco no vayan a creer, soy un moralista que observa con distancia las alegrías de la gente. Solo digo que soy de los que sospecha que el lobo del nacionalismo está cerca, dispuesto a cargar contra el enemigo a golpe de himno y de desahogo sangriento.

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