De Curundú se dicen muchas cosas. Se critica la violencia y el peligro que campea en sus calles, y el pobre y descuidado estado de sus edificaciones.
Se habla también de las precarias condiciones de vida, del peligro de las bandas y de la siempre presente amenaza que las drogas ejercen sobre la juventud.
Pero es también en medio de aquel ambiente viciado que se esconde una constante actividad física que atrae a deportistas de todos los rincones de la ciudad.
Entre los característicos edificios de Curundú, en los que la norma es la desteñida pintura y los retazos de vieja propaganda política, se encuentra el gimnasio Pedro Rockero Alcázar.
De lejos salta a la vista, por el simple hecho de tener su roja pintura intacta. Y en su entrada nunca faltan entrenadores dispuestos a adoptar nuevos pupilos. Quien se dé la oportunidad de conocer ese histórico gimnasio, será recibido con ofertas de inmediato.
Su nombre honra a Pedro Alcázar, un boxeador panameño que en 2001 ganó el campeonato súper mosca de la Organización Mundial de Boxeo. La carrera de Alcázar se vio trágicamente detenida un año después, cuando murió debido a lesiones causadas durante una pelea.
“Pedro entrenó aquí. Aquí fue donde se hizo campeón”, cuenta Franklin Bedoya, administrador y entrenador del gimnasio que ahora lleva el nombre de Alcázar.
Bedoya, que lleva casi 20 años como entrenador de boxeo en Curundú y que en su momento practicó a nivel profesional, recuerda a Rockero como un gran boxeador que inspiró a toda una generación de jóvenes a imitarlo, a alcanzar el éxito a través del deporte.
Sobre aquella lona también cayó el trabajado sudor de boxeadores como Santiago El Herrero Samaniego, campeón mundial interino super wélter de la Asociación Mundial de Boxeo en 2002, y primo de Roberto Durán. Guillermo Young, Anselmo Chemito Moreno y Ricardo El Maestrito Córdoba son otros reconocidos boxeadores que dentro del gimnasio Rockero Alcázar han pulido su talento.
Dentro, la actividad atrapa los sentidos.
En la lona dos cuerpos fornidos se tientan, se enfrentan, se provocan. Guantes entran en contacto con la piel y los entrenadores vociferan palabras de ánimo e instrucciones sobre qué golpes utilizar.
En el piso siempre hay alguien practicando, algunas veces de manera individual y otras en grupo. Las directrices que cada entrenador grita a su pupilo se mezclan con la respiración agitada de los que afanosamente practican el boxeo como opción de supervivencia o como saludable ejercicio.

