Paco Gómez Nadalfgomez@prensa.comEl problema de la igualdad es que siempre hay alguien que debe renunciar a privilegios: el que domina. Da igual si hablamos de sexos, de razas o de religiones. La desigualdad comienza cuando alguien se considera superior a otro. Por tanto, para desandar ese camino de endiosamiento hay que bajar del pedestal y renunciar a las ventajas autoconcedidas. Empecemos por la igualdad de sexos.
Ser hombre no es algo que se demuestre dominando a mujeres. De hecho, no hay nada que demostrar: la masculinidad es una construcción social y hay tantas como hombres.
Por tanto, el primer paso para cambiar las cosas es asumir que entre una mujer y un hombre la "gran" diferencia está en un cromosoma de uno de los 23 pares que tenemos.
Algunos consejos: no "se ayuda en casa", se comparte una agenda negociada y justa. No "se deja salir a la pareja con las amigas", se respeta la libertad de la persona con la que se comparte. Un hombre no es débil porque llore o exprese sentimientos, simplemente se permite el derecho a la ternura y a la sensibilidad.
Si la autoestima de un hombre se basa en la sexualidad, el poder o el dinero -o los tres juntos-, se entiende que sea tan vulnerable cuando alguno de esos factores falta. El cambio comienza con nosotros.

