A Gilberto Ortega no le apena admitirlo. Lleva todos sus años vividos en la comunidad de Las Trancas, en San Miguelito, pero tiene aprensión por sus vecinos.
“¿Al otro lado? ¿Usted quiere ir al otro lado?, pregunta, entre sorprendido y asustado.
Las Trancas es, para quien no lo sepa, una comunidad vecina de Brisas del Golf, compuesta apenas por una calle principal, una escuelita pública, una tienda de chinos y un puñado de casas.
Hace poco algunos lugareños tuvieron que irse, porque la extensión del Corredor Norte le quitó tierras al barrio y partió en dos el camino natural entre sus habitantes y los del “otro lado”.
Los de al lado son los de Altos de la Torre y los de Emberá Puru. Ortega conoce a algunos, pero nunca ha puesto un pie en esos cerros. Como dice un chico que sí vive en esos caminos sin agua ni calle: “Aquí estamos bien, pero allá son más peleoncitos”.
Los de allá son los de El Valle de Urracá, Cerro Batea, Torrijos-Carter. Barrios con nombres cargados de historia y repletos, también, de historias para la crónica roja.
Según cálculos de la Contraloría General, en los nueve corregimientos del distrito viven unas 373 mil personas. En 2000 vivían 293 mil.
Los mismos datos de la Contraloría dicen que en 1980 la edad mediana era 19 años, y en 1990, 22. En 2000, la edad mediana de la población era 26.
San Miguelito nació por los años sesenta y se convirtió en un distrito especial que se pobló, inicialmente, con familias del interior que buscaban mejores aires.
Tal como lo recuerda Conrado Sanjur, hoy sacerdote católico de la iglesia Cristo Hombre de Paraíso, el distrito empezó a llenarse por los lados de Villa Guadalupe, Paraíso y Veranillo, con casas construidas por el Estado y vendidas a unos 4 mil dólares.
“Era sumamente tranquilo. Había mucha comunicación entre los vecinos”, recuerda Sanjur, y esa comunicación se traducía en trabajo comunitario y proyectos sociopolíticos.
Pero tras ese primer intento de orden urbano y comunitario, vino la anarquía. Lotes, colinas y cerros fueron llenándose de casitas de cinc, madera y cartón, hasta convertir al distrito en un pesebre inmenso de veredas empobrecidas.
Según los datos oficiales, el Municipio tiene 50 kilómetros cuadrados y allí se apiñan 5 mil 874.9 personas por kilómetro.

