Tenía unos 16 años y se las quería tirar de galán.
Un día, en un tiempo libre entre clases, conversaba con la chica que más le gustaba, y hacía todo lo posible por impresionarla.
Pero lo que comenzó como un emocionante momento de coqueteo para el adolescente, terminó como un bochornoso espectáculo ante los ojos de la muchachita de sus sueños.
Fue una humillación: “No le hagas caso a inodoro”, le gritó a la niña el más popular del colegio, haciendo alusión a su verdadero nombre.
El incidente se saldó a golpes. Fue esa vivencia una de las tantas que marcó la vida de este hombre, ahora de 63 años, quien cuenta que vivió momentos terribles en su niñez, en su adolescencia, y hasta en el trabajo, gracias a tener un nombre poco común: Heliodoro.
“Es un nombre muy feo, me cohíbe”, expresa sin reparos quien solo usa su nombre para asuntos legales y siempre se hace llamar por un apodo.
Más allá de la hilaridad que pueda causar una situación parecida, esta es la historia de muchas personas que viven acomplejadas porque la palabra más importante que simboliza su identidad es sinónimo de trauma.
Pasionaria Panamá, Zoilo Aniceto, Bábison, Dioporfita, Diaybelis y Mamerto son solo una muestra de los nombres poco comunes que aparecen registrados en el Tribunal Electoral (TE).
Esto, pese a que el artículo 34 de la Ley 31 de 2006 del Registro Civil señala que en la asignación del nombre “no se permitirán los que perjudiquen o expongan al ridículo”.
Si esto ocurriera, el oficial del Registro Público puede negarse a asignar un nombre en especial.
“Si el nombre es difícil de escribir y pronunciar, puede generar burlas contra el niño, lo que produce que la persona se retraiga”, comentó la psicóloga Laura Dota.
A niños y adolescentes, agrega, esto les afecta más porque pasan toda la secundaria siendo objeto de burla, lo que ocasiona que dejen de tener amistades o se vuelvan personas tímidas.
Dota atribuye esta manifestación al factor cultural y asocia los nombres más extraños con aquellas personas que se encuentran en niveles socioeconómicos más bajos, o en el interior del país.
Las personas de estratos más bajos les ponen los nombres más raros a sus hijos, coincidió también el sociólogo Marcos Gandásegui.
En este sentido, Panamá marca la pauta con algunos de los nombres “más originales” en todo el mundo. En países como Colombia, por ejemplo, dice que hoy se obliga a seleccionar los nombres de una lista.
En el país, es usual hacer combinaciones de dos o más nombres que les gustan a los padres, y esta asignación, a juicio del experto, se ve más en niñas porque a los varones les ponen nombres tradicionales.
Además de la costumbre, para muchos el nombre hace valer su identidad, por lo que la gente quiere que sea original. “Es una manifestación de la búsqueda de identidad de parejas jóvenes”, dice el experto.
Sin embargo, esa originalidad puede causar traumas en el período más vulnerable de la vida: la infancia.
Incluso de adulto, Heliodoro cuenta que cuando iba a ser llamado en una cita médica o al identificarse para hablar en una reunión “no quería poner la cara y deseaba que la tierra me tragara”.
Para esto hay una solución. En el TE, una persona puede cambiar su nombre por considerarlo impropio o de difícil pronunciación. Este trámite es gratis y consiste en llenar una solicitud. Al cabo de un mes se emite una resolución.
Si el cambio de nombre y apellido se solicita por uso y costumbre, se requiere de un trámite a través de un abogado, presentar pruebas que acrediten su aplicación durante cinco años y pagar 10 dólares por cada nombre o apellido.
Aunque los cambios de nombres extravagantes son frecuentes, lamentablemente en el TE no tienen un registro de la cantidad de personas que han realizado el trámite. Este sigue siendo un procedimiento manual.
Una costumbre machista
En la tradición romana, cuando una mujer se casaba pasaba a ser propiedad del hombre, de forma similar a una tierra u objeto. Así nació la costumbre de que la mujer casada usara el apellido del marido. En Panamá, desde 1990 a través del Decreto 206, es potestad de la mujer decidir si usa el apellido de su cónyuge precedido de la preposición “de”.
El decreto se sustenta en que “se considera discriminatorio exigirle solo a la mujer usar el apellido del esposo, y no al hombre”. En el TE aseguran que el 80% de las mujeres aplica la vieja tradición. Pero la costumbre podría diluirse. El sociólogo Marcos Gandásegui dice que son cada vez menos las que lo utilizan. “La mujer no es de nadie, es de ella misma”, expresó. Por otra parte, hoy la ley permite que las personas lleven primero el apellido materno. Antes, el apellido paterno siempre iba primero.
