Juanito tiene 12 años. Sus manos ya no son de niño. Aunque pequeñas aún, son rudas y callosas de tanto cosechar "piel de sapo", uno de los melones más gustados en Europa.
El problema es que mientras más ducho se hace, más lejos se pone de la escuela. Él necesita trabajar para ayudar a mamá Martina y a sus hermanitos.
Además, con lo que gana puede comprarse unos zapatos, camisas y pantalones nuevos. También ansía tener un walkman y una bicicleta para no caminar tanto.
Pero su destino, como el de otros chicos de su edad, estará marcado si no rompe a tiempo con la dependencia entre el trabajo del campo y el estudio.
Y es que la cosecha exitosa de melones, sandías y otros productos exportables en las provincias centrales genera dividendos y oportunidades de empleo temporal.
Un buen ejemplo parece ser el Programa Acelerado de Generación de Oportunidades (Proago), que intenta crear este año un millón y medio de empleos y distribuir un poco más de 10 millones de dólares en pago de jornales en 14 cultivos (melón, sandía, zapallo, papaya, ají picante y pimentón, cebolla, yuca, piña, pepino, chayote, palmito, ñame, ñampí y flores).
Alexis Calderón, director de Crédito del Fondo de Inversión Social (FIS), explica que el programa consiste en otorgar pequeños créditos a través de entidades financieras intermediarias que, a su vez, lo distribuirán entre pequeños productores, a un interés blando de 4%.
Sin embargo, Roxana Méndez Obarrio, directora ejecutiva de Casa Esperanza, sostiene que la oportunidad no es adecuada para los niños, quienes al ser seducidos por el trabajo desertan de la escuela y su futuro se trunca sin la educación necesaria.
De hecho, en una encuesta realizada el año pasado en el área frutera de Azuero, Casa Esperanza encontró 98 niños, menores de 14 años, inmersos en la cosecha de melones. Las condiciones laborales eran duras: jornadas difíciles, sol ardiente, carga de peso excesivo, mala alimentación, fuentes de agua alejadas y exposición riesgosa a los agroquímicos.
Además, se determinó que 30% de esos niños había abandonado la escuela, situación que se repitió en los cultivos de cebolla de Coclé y en el área tomatera de Azuero.
Y allí está el dilema: generación de empleo frente a trabajo infantil. Una disyuntiva enclavada en la dura realidad del interior del país.

