En su cierre de campaña, José Raúl Mulino tenía clarísimo cuán urgente era atender la crisis del agua. “Con el agua pasa lo mismo que con el chen chen, hay mucha pero le llega a muy poca gente”, declaró eufórico el entonces candidato, mientras prometía solucionar el problema “de una vez por todas”.
Dos años después, aquella lucidez electoral parece haberse evaporado. Ni el “chen chen”, ni el agua potable le llegan a la gente. Y para rematar, el desdén presidencial frente a la crisis hídrica resulta chocante. “La historia del IDAAN está llena de ingenieros y ahí está el desastre de institución que es”, aseguró Mulino. Entre eso y el dedo acusador contra “opinólogos y opinólogas”, el mandatario pretendió justificar la designación del nuevo director del IDAAN. Un abogado que forma parte de su círculo cero: hijo de su amiga “Chelín” González.
Azuero es la expresión más severa de una crisis que ya dejó de ser regional. Cerca de cien mil panameños llevan más de un año sin acceso regular a agua potable. Expuestos a fuentes contaminadas y obligados a depender de camiones cisterna y agua embotellada para cocinar, bañarse, limpiar o mantener abiertos sus negocios. Inaceptable. En cualquier otro país del mundo esto habría desatado protestas masivas.
Y después de que el propio mandatario denunciara “mano criminal” detrás de la contaminación de los ríos La Villa y Estibaná, los responsables —incluidos poderosos dueños de porquerizas— terminaron pagando multas irrisorias. Unas que suenan menos a justicia y más a costo operativo.
Ahora la gran respuesta del gobierno es perforar pozos. Sí. El meme “Con pozo firme” no es otro mal chiste presidencial. Es el nuevo paliativo. El problema es que los pozos son vulnerables a los mismos factores de contaminación que afectan las fuentes superficiales.
Por profundo que se cave, no se está llegando al fondo del problema. Panamá es el quinto país más lluvioso del planeta, con 52 cuencas y más de 500 ríos. Y aun así, 1.9 millones de panameños viven con inseguridad hídrica. La verdadera sequía en Panamá es institucional.
Lo que el país necesita no son pozos, ni otro nombramiento desde el círculo cero presidencial. Ni muchos menos renuncias sin explicación y fuegos convenientemente localizados en el IDAAN. Panamá necesita un nuevo modelo de gobernanza del recurso hídrico. Una visión integral, no fragmentada. Y una despolitización total de su gestión. Porque mientras miles de panameños viven sin agua potable, hoy ex diputados y diputados siguen beneficiándose alquilando carros cisterna al IDAAN.
Cuando el agua se convierte en negocios para los de siempre, la crisis deja de ser una emergencia. Se convierte en un modelo. Y ningún país supera una crisis mientras haya demasiada gente viviendo de ella.
Si frente a la peor crisis hídrica del país no ha habido voluntad de tocar intereses cercanos ni de impulsar soluciones de fondo; ¿por qué creer que habrá determinación para hacerlo en el resto del país?
Y es que la falta de agua ya dejó de ser el problema de comunidades rurales o de sectores alejados. Ahora golpea también zonas urbanas que durante años dieron el servicio por sentado. Betania. San Francisco. El Dorado. Los grifos vacíos, la baja presión y las protestas ya no están en la periferia. Están tocando el corazón mismo de la ciudad.
Solo en la ciudad de Panamá y San Miguelito, el IDAAN pierde 38% del agua potable que procesa diariamente por roturas, fugas y daños en la red. Eso equivale a 120 millones de galones diarios. Más de mil barcos al año cruzando el Canal.
Y aun así, los recursos públicos y el escaso capital político del gobierno siguen agotándose en proyectos y batallas que no tocan la vida de la inmensa mayoría de los panameños: aviones de combate, Villas Diplomáticas, etanol obligatorio.
Y ahora, la próxima gran batalla no solo tendrá costo político. También la pagaremos en agua. Tanto para el consumo humano como para el Canal: la mina de Donoso.
“El futuro del agua de Panamá está en los bosques; no podemos destruirlos con la mina”, ha dicho hasta el cansancio Stanley Heckadon Moreno. Rodrigo Noriega recordó que producir una sola tonelada de cobre requiere 110 mil litros de agua dulce. Entre la mina y la advertencia de la llegada de un Niño fuerte, conviene recordar que toda situación mala es susceptible de empeorar.
Porque Mulino tenía razón en campaña: hay mucha agua, pero le llega a muy poca gente. La pregunta, dos años después, es por qué, frente a la mayor prioridad nacional, el gobierno sigue gastando su atención, sus recursos y su capital político en casi cualquier cosa... menos en agua.
