Aguadulce extraña su pasado. Su antigua historia de distrito agroindustrial dedicado a la producción de sal y azúcar.
Aguadulce era, hace 50 años, la región de mayor actividad económica de la provincia de Coclé. La sal y el azúcar representaban el medio de subsistencia de miles de familias, quienes trabajaban durante los veranos en la recolección de sal y en el corte de caña, esta último que luego era vendida a los ingenios azucareros.
Pero los tiempos cambiaron. Y lo que era antes "una mina de oro" en la actualidad representa gastos, pérdida de tiempo y la poca esperanza de ganar dinero.
FUTURO INCIERTO.
Cuando llegaba el mes de enero, familias enteras del barrio San José se mudaban para las salinas de Aguadulce.
Allí tenían sus pequeñas casas que acondicionaban para vivir por tres meses, tiempo que duraba la recolección de sal.
Liborio González -de 83 años- era uno de ellos. Explica que gracias a su trabajo temporario lograba mantener a su esposa y siete hijos.
Cuando llegaba el verano, la comunidad explotaba de alegría: veía en la producción la esperanza de mejorar su situación económica. Era dueña de sus propias salinas.
Una vez terminada la recolección, los sacos eran llevados a las casas de la ciudad. Y hasta allí se acercaban los compradores para retirar el producto.
Un quintal de sal tenía un costo de 35 centésimos de dólar. "En ese tiempo era plata, porque la comida y las medicinas eran más baratas", cuenta González.
En la actualidad, la Cooperativas Salinera de Servicios Múltiples Marín Campos -en el renglón de la compra y venta de sal- paga dos centésimos más por quintal. Es decir, 37 centésimos de dolar.
"Esto se debe a la habilidad de muchas personas que han querido encargarse de la empresa, no como cooperativistas, sino como dueños, sin importar nuestras necesidades", se queja González.
Dice que con la nueva técnica de producción de sal sobre plástico, perdió terreno el viejo sistema tradicional de destajos.
Para González, hace tiempo atrás ser dueño de una salina era "un buen negocio", porque la misma empresa elaboraba y vendía el producto.
González denuncia, además, que desde que la cooperativa es administrada por el Instituto Panameño Autónomo Cooperativo la situación ha empeorado. Entre otras cosas, ya no les proporcionan información de la actividad.
"Esto está perdido, pero nosotros seguimos trabajando con la esperanza de que mañana sea un mejor día", afirma.
Ricardo Fernández -de 59 años de edad- ha dedicado 33 años de su vida a los ingenios azucareros.
Oriundo de la comunidad de El Jagüito, en el corregimiento de El Roble, heredó de su padre la actividad de producción de caña.
Destaca que en la época en que su progenitor estaba al frente del negocio, los ingenios no contaban con el equipo y la tecnología para el procesamiento de la caña. "A pesar de ello, el negocio del cultivo de caña era rentable", asegura.
Las empresas pagaban por tonelada de caña 16 dólares, mientras que al cortador le retribuían cuatro dólares y medio por día. Aunque parece poco, para el productor era mucho: el costo de los insumos y la comida era más barato.
"El abono tenía un costo de hasta seis dólares el quintal y ahora está 19.43 dólares. Antes el galón de diésel se podía conseguir a 35 centésimos de dólar, cuando en la actualidad está a casi tres dólares", se lamenta Fernández.
