En esta entrevista, el Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Albert Ramdin, afirma que el organismo debe demostrar su relevancia con acciones concretas, no solo con discursos. Frente a la polarización hemisférica, propone crear un plan con objetivos y plazos definidos. Puso como ejemplo la “Hoja de Ruta para Haití”.
Ramdin visitó Panamá recientemente y se reunió con el presidente José Raúl Mulino y otros actores de la vida pública del país.

También habla de las tensiones militares en la región. Al respecto hace un llamado explícito a evitar cualquier escalada, y reafirma el compromiso de mantener al hemisferio como una Zona de Paz.
Sobre las tensiones de varios países de la región con Estados Unidos, afirma que La OEA no es un árbitro de alineaciones geopolíticas; es un puente para que los estados del hemisferio se escuchen unos a otros.
En un hemisferio cada vez más polarizado, ¿cómo debe redefinir la OEA su papel para seguir siendo relevante y evitar ser meramente declarativa?
La OEA debe volver a ser el lugar donde se presenten, debatan y acuerden soluciones hemisféricas y acciones colectivas. Esto requiere generar confianza entre nuestros países y trabajar en estrecha colaboración en una agenda común y compartida. Para lograrlo, necesitamos un cambio de la retórica a la acción: hojas de ruta con objetivos claros, cronogramas y actores responsables en los cuatro pilares que nos unen: democracia y derechos humanos, seguridad multidimensional, desarrollo y cooperación. Nuestra ventaja comparativa es conectar a los estados miembros con los mecanismos subregionales, reducir la duplicación y canalizar recursos hacia resultados verificables.

Eso es precisamente lo que estamos haciendo, por ejemplo, con la Hoja de Ruta para la Paz y la Estabilidad en Haití. Identificamos una necesidad, Haití requiere apoyo sostenido para salir de su crisis, obtuvimos un mandato de los estados miembros y preparamos un documento compartido con todas las partes interesadas, incluidas las autoridades haitianas, los estados miembros, la Caricom, los observadores y las Naciones Unidas.

Sus aportes han fortalecido borradores sucesivos; ahora estamos en la tercera iteracción, un plan integral que cubre lo que ampliamente y se acuerda como esencial para devolver a Haití a un camino de paz y prosperidad. Ahora estamos trabajando en la implementación, incluyendo financiamiento, delimitación de responsabilidades y las etapas de la implementación. Este es el papel que la OEA puede y debe desempeñar. La OEA no puede hacerlo todo, pero podemos elevar el discurso político sobre muchos temas críticos y desafiantes, identificar oportunidades y una manera de avanzar, y coordinar y movilizar apoyo.
Al mismo tiempo, debemos comunicar el impacto con más claridad: misiones de observación electoral que disuaden crisis; asistencia técnica que fortalece instituciones; cooperación en seguridad que reduce riesgos y costos; y programas de desarrollo que crean oportunidades. Cuando los estados miembros ven el retorno de su inversión en estabilidad y prosperidad compartida, la OEA recupera estatura y confianza.

En el encuentro que sostuvo con el presidente José Raúl Mulino, usted destacó la importancia de la próxima Cumbre de las Américas. Dada la posición estratégica de Panamá y su papel activo en la cooperación caribeña, ¿qué contribución espera de Panamá?
Panamá es uno de los países de nuestra membresía que puede actuar como una bisagra práctica entre el Caribe y América Central, del Sur y del Norte. Su vocación integradora lo posiciona para tender puentes entre agendas que a menudo transitan en paralelo: seguridad ciudadana y lucha contra el crimen organizado; migración segura, ordenada y humana; transición energética y resiliencia climática; y facilitación del comercio y la inversión que se traduzca en empleos.
Estamos convencidos de que Panamá será una fuerza constructiva en la Cumbre, ayudando a concretar paquetes de medidas concretas y asegurando que los compromisos de los líderes se traduzcan en resultados para la ciudadanía.

El próximo año Panamá acogerá tanto la Asamblea General de la OEA, como una reunión presidencial que conmemora los 200 años del Congreso Anfictiónico. Más allá del simbolismo, ¿qué mensaje envía la OEA al elegir Panamá ahora, y pueden estas reuniones generar un consenso real?
Estamos extremadamente complacidos de que Panamá acoja nuestra reunión anual más importante: la Asamblea General de 2026. Panamá es un miembro activo y constructivo de la organización, y estamos agradecidos de que su gobierno y pueblo nos recibirán por tercera vez, después de 1996 y 2007.
El mensaje de Panamá y la OEA es claro: compromiso hemisférico y unidad con una mentalidad orientada al futuro. Con el liderazgo de Panamá, esperamos lograr avances significativos en los temas que preocupan a nuestros Estados Miembros y ofrecer resultados que en última instancia beneficien a los ciudadanos de las Américas. Consideramos ambas reuniones importantes, la 10 Cumbre de las Américas y la Asamblea General de la OEA, como oportunidades muy apropiadas para establecer un nuevo rumbo, más constructivo, para el hemisferio.

Venezuela sigue siendo un punto de fricción. Hemos visto maniobras militares estadounidenses en el Caribe e informes de supuestas operaciones encubiertas de la CIA. ¿Cuál es la posición de la OEA y cómo puede la región evitar convertirse nuevamente en un tablero geopolítico?
En primer lugar, la OEA es una institución de derecho internacional, y el papel de la Secretaría General es reducir las tensiones y ayudar a construir soluciones, no inflamarlas. Por lo tanto, evitamos la especulación o reaccionar públicamente a cada alegato de cualquier fuente. También es importante señalar que hasta ahora ningún país ha llevado este asunto específico a la OEA. Si lo hacen, y dependiendo de lo que soliciten, por supuesto, responderemos a través de los procedimientos establecidos. Mientras tanto, nuestra postura es de prudencia y adhesión al derecho y los acuerdos internacionales.

Con respecto a Venezuela, mi enfoque es principista y práctico. Primero buscaremos claridad legal sobre el estatus de Venezuela dentro del sistema interamericano antes de avanzar en cualquier nuevo paso institucional. En paralelo, nos centramos en restablecer la confianza y la comunicación con todos los actores y hacer el trabajo constante que permita un camino democrático y pacífico hacia adelante.
Finalmente, con respecto a las maniobras militares o posturas de seguridad adoptadas por cualquier Estado, alentamos el pleno respeto del derecho internacional y el uso de los canales diplomáticos para evitar la escalada.
Seguimos apelando a todos los estados miembros para que demuestren el más alto compromiso de mantener el Hemisferio Occidental como una Zona de Paz y, por lo tanto, eviten cualquier tipo de escalada militar.
Varios informes señalan un retroceso democrático en la región. ¿Qué autocrítica acepta la OEA con respecto a su capacidad para prevenir crisis y giros autoritarios?
Asumí el cargo en mayo, y quiero centrarme en lo que se me ha encomendado hacer, y en cómo lo haremos. Nuestro enfoque prioriza la diplomacia preventiva y discreta, y el desbloqueo de soluciones. También estamos mejorando la coordinación con las organizaciones subregionales y los socios financieros para que nuestras respuestas sean más rápidas y tengan mayor impacto en el terreno.
Una segunda prioridad es actualizar nuestro conjunto de herramientas e incorporar de lleno a la sociedad civil, el sector privado, los jóvenes y el mundo académico en la implementación. Cuando las soluciones se cocrean, perduran. Y tenemos que ser proactivos en nuestros compromisos. Reparar conflictos cuesta más que la prevención.
Países como Colombia, Venezuela o Nicaragua tienen realidades diferentes pero comparten tensiones con Estados Unidos. ¿Cómo ve la OEA este panorama?
Es muy simple: La OEA no es un árbitro de alineaciones geopolíticas; es un puente para que los estados del hemisferio se escuchen unos a otros, encuentren un terreno común y avancen en soluciones a problemas compartidos. Nuestras acciones están guiadas por la Carta de la OEA y la Carta Democrática Interamericana, soberanía, no intervención, solución pacífica de controversias y defensa de las libertades fundamentales.

En contextos tensos, ofrecemos espacios de facilitación, asistencia técnica y, cuando las partes lo solicitan, apoyo para alcanzar soluciones graduales y viables que reduzcan los costos sociales y políticos. Los gobiernos pueden tener diferencias, pero nuestros países comparten un espacio geográfico y desafíos comunes que no pueden resolverse unilateralmente. La OEA proporciona el espacio para el diálogo y ayuda a diseñar e implementar soluciones.

¿Cuál es su visión para la OEA hacia 2030? ¿Una reforma radical o una reforma específica para restaurar la credibilidad?
Mi visión combina la modernización institucional con un enfoque implacable en la entrega de resultados. Queremos una OEA más ágil, transparente y digital, con gestión basada en resultados y evaluación de impacto independiente.
No se trata de reinventar la OEA cada dos años; se trata de ganar confianza mediante resultados constantes: procesos electorales más creíbles, instituciones más fuertes, comunidades más seguras y economías con más oportunidades.
Cuando los gobiernos y los ciudadanos sienten mejoras tangibles, la credibilidad regresa, y con la credibilidad, la OEA recupera plenamente su papel como la casa común de las Américas. Al mismo tiempo, dirigiremos nuestros esfuerzos hacia los desafíos políticos inmediatos, y en tercer lugar, sentaremos los primeros pasos hacia una agenda sostenible común y compartida orientada a la unidad, la paz y la prosperidad.


