El año 1989 marcó un antes y un después en la historia de la humanidad y su búsqueda de la libertad.
Ese año, el mundo se estremeció con una serie de acontecimientos que si bien se concentraron en Europa oriental, también sacudieron y dieron un vuelco a dos grandes de Oriente: China, y un poco menos , Irán.
El 15 de abril, estudiantes, intelectuales y hasta altos funcionarios del régimen chino iniciaron una protesta contra la represión y la corrupción que percibían; esa búsqueda de un mundo mejor acabó en una masacre que espantó al mundo con la visión de un joven idealista e ingenuo que intentó detener con su cuerpo a un régimen-tanque, un mes después de que empezara la protesta.
4 de junio, ese día ha sido uno de los más relevantes de un año que brilló como una antorcha en la oscuridad. Más de 2 mil estudiantes chinos, según fuentes extraoficiales, se inmolaron en la plaza Tiananmen.
Pocas horas después, al otro lado del mundo, Solidaridad le arrebataba el poder —en las primeras elecciones multipartidistas celebradas en el bloque soviético— a los ahijados del Kremlin anunciando el Armagedón para el imperio soviético. Igualmente, ese día, los iraníes perdieron a uno de sus líderes más connotados: Ruhollah Jomeini, el clérigo que derrocó al sha Reza Pavhlevi (1979).
Como si la historia necesitara tomar aliento, los grandes eventos hicieron una pausa, aparente, pues los acontecimientos que sobrevinieron en Europa oriental fueron producto de un cocimiento a fuego lento, que terminó de unir los ingredientes de la segunda oleada, que empezó en septiembre y que terminó demoliendo al propio imperio al dejarlo inválido, acorralado y solo.
La visión de ruina que atisbó Mihail Gorbachov y que lo llevó a poner sus esperanzas en la reforma bajo la perestroika y el glasnost, no llegó a tiempo. Pareciera, más bien, que su intento de cambiar su destino solo lo precipitó. El primer golpe se sintió en Polonia. Solidaridad, con Lech Walesa a la cabeza, ahogó en votos al régimen en los puertos de Gdansk. Y de allí todo fue cuesta abajo —o cuesta arriba, según los afectos del espectador—.
Después de Polonia, el segundo en caer fue el gobierno húngaro que se vio obligado a abrir la puerta hacia Occidente a miles de “turistas” alemanes orientales. Era eso o acribillarlos. Y por allí se colaron los comunistas húngaros —que enarbolaron la bandera porque la oposición era demasiado débil— que llevaban algún tiempo intentando convocar a elecciones libres y multipartidarias.
El analista Neal Ascherson lo pone en estos términos: los comunistas húngaros entendieron antes que sus vecinos lo que Gorbachov les decía: hay que adaptarse o morir. Eso sí, mantuvieron la calma suficiente para organizar su caída y hacerla suficientemente gradual como para mantener el control. En noviembre, día 9, ocurre lo impensable: el Muro de Berlín cede ante la embestida de días de mítines masivos que exigían que se abrieran los portones a los miles de alemanes del Este que querían cruzar la frontera hacia las promesas de Occidente.
El mundo celebró en grande. La caída del muro resonó en todo el orbe, como campanas que anunciaban mejores días para todos, menos para el arrogante Erich Honecker que no supo qué lo arrolló. Este fue otro que al intentar evitar los designios de los hados, los convocó. Los militares, viendo que estaba a punto de imitar la matanza de Tiananmen, le dieron el puntillazo, negándose a dispararle a la desafiante multitud. Y sus partidarios lo expulsaron del poder.
De allí, las reformas políticas se sucedieron con rapidez pasmosa. Al día siguiente, cuando el polvo aún no se asentaba, cae el líder búlgaro Todor Zhivkov y se allana el camino para elecciones, las primeras libres en 43 años.
24 de noviembre. La revolución de Terciopelo barre con el politburó checoslovaco y Vaclav Havel, el dramaturgo disidente en el que pocos confiaban como líder revolucionario, llega al poder.
Un mes después, en una Navidad sangrienta, en Rumania estalla la rabia contenida con bayonetas y balas. La fuerza desatada fue incontenible y la desaprobación, primero expresada con abucheos, termina con el linchamiento de la “pareja real”. Elena y Nicolás Ceausescu, cabeza de un régimen brutal, fueron cazados, sometidos a un juicio sumario y fusilados por “genocidio”.
Panamá: no estamos solos Mientras en Europa y Asia sufría los embates de un terremoto sociopolítico cuya intensidad superó la escala Richter, del otro lado del mundo, un país pequeño que une al mundo también se estremecía con su propio seísmo.
La crisis, que se cuajaba desde el brutal asesinato de Hugo Spadafora en 1985, a manos del infame Manuel Antonio Noriega, estalló —literalmente— la madrugada del 20 de diciembre de 1989 con la invasión de las tropas estadounidenses que barrieron con el régimen norieguista y de paso con parte de la ciudad de Panamá, y cientos (hay historiadores que hablan de miles) de panameños atrapados entre dos fuegos.
Esa fecha fue un parteaguas para la historia panameña. Unos celebraron la invasión a la que vieron como una liberación, y otros la lloraron como una (otra) violación.
Acabó la dictadura, la democracia tuvo su oportunidad de florecer y dar frutos.

