En las calles griegas hay un grupo de gente hastiado de pelear el espacio de las ciudades con los automovilistas. Armados solo con la perseverancia de las hormigas, van por ahí estampando, en cada auto mal estacionado, una calcomanía que dice: "Soy burro, me estaciono donde quiero".
Una forma de protesta que sin duda agotaría las papelerías de la capital panameña, pero que no tiene nada que envidiarle a la frustración de los trabajadores bananeros que apenas hace unos días regalaron sus últimas cosechas.
"Preferimos regalar la fruta antes que vendérsela a Chiquita", dijo el sindicalista Salustiano De Gracia. Porque Chiquita –dijo airado frente a las cámaras de televisión– está pagando un precio que los tiene en bancarrota.
Más allá del espacio vital y los contratos egoístas, el ser humano siempre ha encontrado mil formas de manifestar su descontento. Desde las protestas callejeras disueltas con chorros de agua, hasta las huelgas de hambre y el empelotamiento. Desde el insulto directo hasta la trompada y la canción. Canciones como las de Víctor Jara, por ejemplo.
Ingeniosos disconformes
En la década de 1970, por ejemplo, en plena efervescencia de la Unidad Popular de Chile, el grito era "¡El que no salta es momio!". Y cuando Augusto Pinochet propuso en 1988 mantenerse en el poder hasta 1997 y convocó a un plebiscito, la versión cambió solo un poco: "¡El que no salta es Pinochet!". El 55.99% le dijo que no.
Tal vez uno de los métodos más emblemáticos de insatisfacción sean los claveles. Esos que se hicieron famosos el 25 de abril de 1974, cuando los portugueses provocaron la caída de la dictadura salazarista . El método ha sido emulado y hay fotos de gorilas conmovidos hasta la sonrisa.
Samuel Schmidt, politólogo mexicano, tiene en su haber un libro llamado En la mira: El chiste político en México, un libro que coloca al chiste como un ejercicio catártico de las sociedades para sacudirse las amarguras provocadas por los políticos.
Los hippies, por ejemplo, revolucionaron los sesenta con su LSD, sus pelos largos y su cultura antibelicista. Una contracorriente en aquellos tumultuosos años en los que Estados Unidos pretendía aplastar al enemigo en la guerra de Vietnam .
Pero quizás una de las formas más llamativas y naturales de protesta sea la desnudez. Hombres y mujeres lo han hecho para proteger a los animales, para promover el uso de ambientes menos llenos de smog, para liberarse de sí mismos y de sus ataduras morales y revelarse al mundo a través del lente de Spencer Tunick.
Aquí, en este terruño, un puñado de valientes quiso pedalear como Dios los trajo al mundo, pero no tuvo éxito. Más apoyo recibieron los trabajadores de la Universidad de Panamá que, con su Quijote sobre un galante caballo blanco, cocinaron sopa de cabeza de gallina y protestaron por el alza inmoral de los precios de la comida.
En busca de simpatías, no de rechazos
Los cierres de calles y las pancartas se han convertido en métodos tradicionales deprotesta. No por ello menos válidos, el sociólogo Raúl Leis destaca cómo la población ha ideado nuevas formas de plantear su opinión a través de la venta de productos agrícolas a precios bajos, y hasta la dramatización. "Es que los cierres de calles, en lugar de atraer simpatías, de pronto generan rechazo", sostiene. "La gente busca otra forma de manifestarse, quizá más cotidiana", recalca.
La protesta, sin embargo, debe ir acompañada de una buena estrategia de comunicación para que quienes la presencien entiendan por qué se está reclamando. "No sirve de nada si el mensaje no llega", agrega Leis, refiriéndose a los bananeros que días atrás regalaron miles de cajas de fruta, y la gente que la aceptaba no necesariamente entendía por qué ocurría.
Decidir cómo protestar, vale decirlo, depende de las circunstancias, de la coyuntura y hasta del tipo de reivindicación que se esté exigiendo, puntualiza Leis.

