La democracia liberal atraviesa su momento más crítico desde el inicio de la tercera ola de democratización. Tras 15 años de estancamiento, el 74% de la población mundial —alrededor de 6.000 millones de personas— vive hoy bajo regímenes autocráticos, mientras que otro 41% —unos 3.400 millones— reside en países donde la democracia se encuentra en deterioro.
Durante décadas, buena parte del pensamiento político asumió que, pese a sus retrocesos ocasionales, la expansión democrática conservaba una lógica de largo plazo: podía desacelerarse o sufrir crisis temporales, pero la dirección general del movimiento parecía clara. El reciente informe 2026 del Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo —presentado esta semana—, que lleva como título El Desmoronamiento de la Era Democrática (Unraveling the Democratic Era), sugiere que esa premisa ya no se sostiene. Según sus autores —tesis que comparto— no estamos ante una recaída pasajera ni frente a una simple “fatiga democrática”; estamos ante una nueva era de autocratización.
La evidencia que presenta el informe es contundente. La democracia global ha retrocedido hasta niveles comparables con los de finales de la década de 1970. En otras palabras, gran parte de las conquistas alcanzadas durante la llamada tercera ola de democratización —iniciada en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal— ha sido erosionada. El ciudadano promedio del mundo vive hoy en condiciones democráticas semejantes a las de 1978. Es la constatación de que medio siglo de avances institucionales y de libertades ha sido, en gran medida, revertido.

Lo más inquietante de este proceso no es solo su escala, sino su localización. La autocratización ya no se concentra exclusivamente en Estados periféricos o democracias de baja intensidad. Ha llegado al corazón mismo del orden liberal occidental. Según V-Dem, por primera vez en más de medio siglo, Estados Unidos ha perdido su estatus de democracia liberal. El dato tiene un peso geopolítico inmenso: se trata del deterioro interno de la democracia más influyente del mundo y también del debilitamiento del país que, hasta hace poco, era el principal garante histórico del orden internacional basado en reglas.
De acuerdo con el citado informe, el segundo mandato de Trump se caracteriza por una rápida y agresiva concentración de poder en la Presidencia, que altera de manera sustantiva el equilibrio institucional. El deterioro más pronunciado se observa en las restricciones legislativas. No obstante, el documento subraya que, por ahora, los mecanismos electorales se mantienen estables. La verdadera prueba se medirá en las elecciones legislativas de medio término del próximo 3 de noviembre.
Deterioro global
El deterioro estadounidense no debe leerse como una anomalía aislada. Es parte de una tendencia global. Según V-Dem, el mundo tenía 92 autocracias y 87 democracias a fines de 2025. El 74% de la población mundial (6 mil millones) reside en autocracias, mientras que apenas el 7% (600 millones) vive en democracias liberales, siendo Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Estonia e Irlanda quienes encabezan el índice democrático.
La tendencia global es igualmente negativa: mientras solo 18 países en el mundo están democratizándose —una cifra históricamente baja—, 44 están en proceso de autocratización, casi una cuarta parte del total mundial. Además, en 2025, había más personas viviendo en autocracias cerradas (28%, o sea 2.3 mil millones) que en democracias electorales y liberales combinadas (26%, o sea 2.2 mil millones). Estas cifras revelan que la democracia liberal no solo ha dejado de expandirse: ha pasado a ser, demográficamente, una condición minoritaria.
Europa tampoco está al margen de esta ola de desmoronamiento: siete países están afectados por procesos de autocratización: Hungría, Serbia, Grecia, Eslovaquia, Eslovenia, Italia y Rumanía —los primeros cuatro figuran entre los de mayor autocratización—. La advertencia es relevante porque desmonta una ilusión persistente: la de que Europa, por la densidad de sus instituciones y la madurez de sus democracias, estaría inmunizada frente al deterioro autoritario. No lo está. El ascenso de fuerzas de extrema derecha, la radicalización del discurso público y la tolerancia de sectores conservadores hacia líderes iliberales muestran que la vulnerabilidad europea es real.
Por su parte, América Latina y el Caribe exhiben un panorama de claroscuros. Si bien en 2025 se mantiene como la segunda región más democrática del mundo, su trayectoria es descendente desde los máximos alcanzados a comienzos de la década de 2000. Tras una recuperación puntual en 2023 —impulsada en gran medida por las mejoras en Brasil—, la tendencia vuelve a deteriorarse como resultado de los retrocesos en Argentina, México y Perú, tres de los países que figuran entre los diez con mayores niveles de autocratización a nivel global. A este cuadro se suman los efectos persistentes de los regímenes autoritarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela —en un contexto geopolítico hoy más complejo—, así como la deriva autoritaria en El Salvador y la condición de colapso estatal en Haití, lo que en conjunto configura una región que, pese a conservar importantes anclajes democráticos, enfrenta una erosión sostenida y heterogénea de sus instituciones.
En síntesis, el actual desmoronamiento democrático a escala global responde a tres dinámicas principales: el retroceso de democracias históricamente consolidadas; la regresión de países que habían logrado afianzar sus procesos de transición a fines del siglo XX y principios del XXI; y la profundización de tendencias autoritarias en regímenes ya autocráticos.
La libertad de expresión, la principal víctima
El informe permite observar no solo dónde avanza la autocratización, sino cómo lo hace. La herramienta más extendida sigue siendo la censura de medios, utilizada por 32 de los 44 gobiernos en retroceso. A ello se suma la represión creciente de la sociedad civil, presente en 30 países, y el deterioro de la calidad de las elecciones, que empeoró en 22 países durante 2025 y solo mejoró en 7. La libertad de expresión es, de hecho, el componente más dañado de la democracia global: 44 países registran retrocesos en este ámbito y solo 11 países muestran avances. La conclusión es inequívoca. La nueva autocratización no necesita abolir las elecciones; le basta con vaciarlas de sustancia, restringir el pluralismo, intimidar a la prensa y debilitar, paso a paso, los mecanismos de rendición de cuentas.
Ese patrón explica por qué el concepto de “regímenes híbridos” resulta cada vez más central. Muchas autocracias contemporáneas no prescinden de las urnas; las conservan como instrumento de legitimación, pero desmontan el ecosistema institucional que hace posible una competencia genuina. El resultado es una democracia de fachada: elecciones sin equidad, parlamentos sin autonomía, tribunales bajo presión y medios disciplinados.
Las implicancias geopolíticas de esta tendencia son profundas. En primer lugar, el debilitamiento de las democracias reduce el compromiso con el multilateralismo y acelera la transición desde un orden basado en reglas hacia otro regido por relaciones de poder. En segundo lugar, la expansión de modelos iliberales incrementa la tolerancia hacia prácticas autoritarias y reduce los costos internacionales de la represión interna. En tercer lugar, la autocratización fragmenta aún más el sistema internacional, en un momento en que las rivalidades geopolíticas, la crisis de gobernanza global y los conflictos armados exigen niveles de cooperación cada vez más difíciles de alcanzar.
Reflexión de cierre
¿Hay espacio para un optimismo prudente? Sí, pero acotado.
El informe de V-Dem muestra que el mundo ha cruzado un umbral peligroso. La democracia ya no puede ser entendida como el horizonte natural de la modernidad política ni como el punto de llegada inevitable del desarrollo. Ha pasado a ser un régimen en disputa, acosado desde fuera por autocracias consolidadas y erosionado desde dentro por líderes que, una vez electos, utilizan las instituciones democráticas para vaciarlas de contenido.
La cuestión ya no es si la democracia está en retroceso. La evidencia acumulada en el informe de V-Dem confirma que lo está. La verdadera incógnita es otra: si las sociedades democráticas serán capaces de reaccionar a tiempo para defender sus instituciones, reconstruir su legitimidad y renovar un contrato social que articule libertad, representación y eficacia; o si, por el contrario, terminará imponiéndose una contra-ola autoritaria de mayor alcance y duración.
Ambos escenarios siguen abiertos. Pero su desenlace no dependerá únicamente de gobiernos o élites políticas. También recaerá —de manera decisiva— en la conducta, las convicciones y el compromiso de los propios ciudadanos. Porque, en última instancia, la democracia no se erosiona ni se renueva en abstracto: se sostiene —o se pierde— en la acción concreta de quienes creen en ella. Sin demócratas comprometidos, no hay democracia que perdure.
El autor es director y editor de Radar Latam 360.


