La bahía de Panamá amaneció distinta este domingo 29 de marzo. Como una ciudad flotante que se abre paso entre la bruma, el USS Nimitz irrumpió en aguas panameñas. No llegó solo: lo escoltaba el USS Gridley, más discreto, pero igual de afilado en su propósito. Juntos suman poder, historia y un mensaje que trasciende lo naval.
El portaaviones, capaz de transportar hasta 90 aeronaves entre aviones y helicópteros, permanecerá anclado en aguas abiertas, mientras que el destructor se instalará en el Puerto de Cruceros de Amador, en la ciudad de Panamá. Ambos permanecerán allí hasta el 2 de abril, en una pausa breve dentro de una travesía mucho más extensa.
La llegada de las embarcaciones fue recibida por el ministro de Seguridad, Frank Ábrego, y el embajador de Estados Unidos en Panamá, Kevin Marino Cabrera, quienes dieron la bienvenida a la tripulación en medio del despliegue naval.

Desde su entrada en operación en 1968, el Nimitz ha sido más que un buque: es un símbolo del poder marítimo estadounidense. Fue bautizado en 1972 por Catherine Nimitz, hija del almirante Chester Nimitz, y desde entonces ha surcado los océanos como una pieza clave en la proyección militar de Estados Unidos.
Las dimensiones
Sus dimensiones abruman incluso a quienes están acostumbrados al tránsito constante de embarcaciones en el Canal. Con 333 metros de eslora —el equivalente a tres campos de fútbol— y una capacidad de desplazamiento de 100 mil toneladas a una velocidad de 30 nudos, el Nimitz se impone no solo por su tamaño, sino también por su capacidad operativa.
Es, además, el buque insignia del Comando Sur de las Fuerzas Navales de Estados Unidos, una posición que lo sitúa en el centro de las operaciones estratégicas en la región. No navega solo: forma parte de un engranaje mayor que incluye al escuadrón destructor DESRON 9, el Ala Aérea Embarcada 17 y el propio Gridley.

En sus cubiertas y hangares viaja un complejo ecosistema de guerra moderna. El Ala Aérea Embarcada 17 está compuesta por seis escuadrones que operan aeronaves como los F/A-18E/F Super Hornet, los EA-18G Growler, los C-2A Greyhound y los helicópteros MH-60R/S Seahawk, diseñados para ataque, guerra electrónica, logística y vigilancia.
A ellos se suman unidades especializadas como el Escuadrón Marítimo de Helicópteros 73, el Escuadrón de Combate Naval de Helicópteros 6, el Escuadrón de Apoyo Logístico de la Flota 40 y los escuadrones de ataque VFA-22 y VFA-137, junto al VAQ-139. En conjunto, entre el Nimitz y el Gridley pueden movilizar a cerca de 6,000 tripulantes, una pequeña ciudad entrenada para operar en escenarios de alta complejidad.
El escolta
El USS Gridley, por su parte, aporta la defensa avanzada. Equipado con sistemas de radar y misiles de alta tecnología, su rol es proteger y ampliar el alcance operativo del grupo de ataque, anticipándose a amenazas que rara vez son visibles a simple vista.

La llegada de estas embarcaciones no es un hecho aislado. Forma parte del despliegue Southern Seas 2026, una operación que comenzó el pasado 12 de marzo en la costa oeste de Estados Unidos y que contempla un recorrido que incluye el estrecho de Magallanes, antes de reposicionarse en la costa este el 20 de junio.
En ese trayecto, la flota visitará países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, México, El Salvador, Guatemala y Uruguay, con escalas en puertos de Brasil, Chile, Panamá y Jamaica. Más que un recorrido, es una ruta de presencia estratégica en el continente.
“El despliegue Southern Seas 2026 ofrece una oportunidad única para mejorar la interoperabilidad y aumentar la competencia con las fuerzas de nuestros países socios”, afirmó, en su momento, el contralmirante Carlos Sardiello.
Sus palabras apuntan a un objetivo mayor: fortalecer alianzas y medir capacidades en un escenario global cada vez más tensionado. En ese tablero, el paso del Nimitz y el Gridley por Panamá no es solo una visita: es una señal.


