El comercio de esclavos en América es uno de los capítulos más bochornosos de la humanidad. Duró tres siglos y marcó para siempre tres continentes: África, donde se cazaba a los individuos; Europa, de donde eran los traficantes que se enriquecieron con este negocio, y América, a donde fueron vendidos.
Según la Unesco, el silencio ha tenido un papel importante en la esclavitud . Lo tuvo cuando por 300 años nadie se opuso a su crueldad y lo tiene ahora cuando se prefiere soslayar el tema. Por ello, la Unesco ha fijado el 23 de agosto como el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y su abolición.
La esclavitud no nació con la colonización en América. Pero fue aquí donde se sistematizó la trata de esclavos. Los colonizadores requerían mano de obra para explotar las riquezas del nuevo continente. Los indígenas diezmados y de constitución más frágil no podían ser la principal opción; además, contaron con defensores como Fray Bartolomé de Las Casas, que abogó porque no se les tratara con tanta saña.
Los africanos no corrieron con la misma suerte. Por su fortaleza física que les permitía aguantar bestiales jornadas se les consideró eso, animales.
La trata de esclavos creció junto a una ideología que definía a la raza negra como inferior, animales que merecían lo que les pasaba. El autodesprecio se le inculcó al africano. Por ello, los que se mezclaron con blancos fueran considerados superiores a sus hermanos, aunque jamás iguales al blanco.
Ese rechazo se extiende a nuestros días. En un país como Panamá, con un alto componente africano, todavía en la confianza familiar se sigue diciendo: “Hay que mejorar la raza”.
Los pasos más en firme para abolir la esclavitud ocurren hace 200 años, junto a los movimientos independentistas en América.
Su eliminación fue precedida por la libertad de vientre, que significaba que a partir de determinada fecha los hijos nacidos de una esclava serían libres.
En Panamá, la abolición se aprobó en 1851, cuando aún era un departamento de Colombia.
Marcia Rodríguez, princesa Congo, ha recibido por transmisión oral el conocimiento de cómo era la vida de sus antepasados traídos de África.
Su madre, la reina Congo, Alejandrina Lan, le ha contado sobre todo en las noches que es la hora en que los congos prefieren relatar, cómo eran acostados en barcos uno al lado del otro, encadenados, con el techo a unos centímetros de la cara. Al llegar a tierra firme se les examinaban todas las cavidades. Las familias eran separadas para evitar los conflictos que surgían si una madre veía a su hijo dejar la piel en el látigo del vergajo.
Los individuos esclavizados nunca fueron sumisos. Se rebelaron al momento de la caza en sus tribus, durante el viaje - los que pudieron se tiraron al mar- y también al llegar a América. De allí las historias de los cimarrones comenta el historiador especialista en estudios africanos Ras Benjamín Selassie Lumunba.
En Panamá, las comunidades congo son una forma de resistencia. Valiéndose entre otros aspectos del tambor, de los bailes y de un dialecto propio desafían al amo que quiere imponerles qué sentir y pensar.
Marcia trabaja con el Museo Afroantillano, que no permite olvidar el legado de este grupo, que ayudó a construir el ferrocarril y el Canal de Panamá. Una de las preocupaciones de Marcia y de su madre es que las personas, y en especial los que tienen un componente afro, conozcan su historia y se sientan orgullosas de sus antepasados, muchos de ellos valientes reyes y guerreros en África, que resistieron.
Por ello, Marcia y su madre rechazan con todas sus fuerzas que ‘conguear’ se use como un despectivo.
