La batalla que se desató entre Panamá y Costa Rica hace 88 años –la Guerra de Coto– por la disputa de tierras limítrofes con Chiriquí, renace ahora en la frontera de las provincias de Bocas del Toro, en Panamá y Limón, en Costa Rica.
¿La razón? La inexistencia de los hitos que marcan los límites territoriales y la creencia errónea de que las aguas del río Sixaola son las que definen dónde comienza o termina cada país.
La idea de que el río marca el límite fronterizo se unió al hecho de que el afluente cambia su curso con frecuencia, lo que hace que tierras que antes estaban en terreno panameño, queden del lado tico en un abrir y cerrar de ojos. Y es este aspecto el que ha terminado por desatar una batalla entre las familias panameñas y costarricenses que viven en el cordón fronterizo.
En el distrito de Changuinola, en Bocas del Toro, por ejemplo, hay unas 80 familias que perdieron más de 700 hectáreas que estaban distribuidas entre siete poblados que van desde La Mesa hasta Tiger Hill.
El 21 de noviembre del año pasado, día en que el enfurecido río Sixaola se desbordó y cambió su curso repentinamente, esas tierras dejaron de ser ocupadas por panameños. Ahora, allí viven y cultivan la tierra familias costarricenses.
Tiger Hill es uno de los poblados que se ha organizado para tratar de recuperar las hectáreas que el río les llevó el año pasado. (Vea infografía: Caso Tiger Hill). En total son 15 familias que arrastran 11 millones de dólares en préstamos bancarios que sacaron para trabajar las tierras cuya tenencia ya no ostentan.
Juan José González, presidente de la Cooperativa Bocatoreña de Tiger Hill, expresó con pesar que la mayoría de las familias afectadas vive de la “misericordia de Dios, y ayuda de amigos y familiares cercanos”.
“Diferentes gobiernos han pasado y no han hecho nada por solucionar el problema limítrofe que, ahora, nos tiene con deudas millonarias que los bancos no quieren condonar y que no podemos pagar porque el Sixaola les cedió nuestros terrenos a los ticos. Lo más extraño es que los mismos bancos que nos prestaron sobre un bien panameño, ahora no se atreven a decir si nuestras parcelas son extranjeras o no”, relató González.
José Luis Beitía, por su parte, confesó que en varias ocasiones han tratado de recuperar sus tierras por la fuerza, pero esto motivó pleitos en los que salieron a relucir machetes y amenazas, como que les cortarían las cabezas y las tirarían al río para que no molestaran.
Beitía está convencido de que la tarea de delimitar el territorio no va a ser cosa fácil, porque hay casos críticos en los que familias costarricenses y panameñas tienen papeles de propiedad de un mismo terreno fronterizo.
“Eso se da porque el río tira el terreno para el país que quiere, por el tiempo que quiera. Y no debería ser así, pues debe haber un límite fijo acordado por los gobiernos”, recalcó.



