El deterioro se siente en todos lados. Está en los techos que filtran, en las paredes comidas por comején, en los paneles del cielo raso, en los vidrios agrietados, en la humedad que se siente apenas se entra.
Un día de febrero, un recorrido por los dos edificios de la Asamblea Nacional, el Palacio Justo Arosemena y el llamado edificio nuevo, dejó ver una infraestructura cansada, con daños acumulados durante años y riesgos que ya no se pueden ocultar.
El recorrido comienza en el Palacio Justo Arosemena, sede histórica del Órgano Legislativo. Me acompañan Ricardo Domínguez, director general de Administración y Finanzas de la Asamblea; Ayerím Benítez, directora de Infraestructura y Servicios Generales, y Luis Eduardo Quirós, asesor. El edificio fue remozado recientemente tras detectarse daños en techos y paredes, pero lo que hoy se ve es solo una parte de lo que estuvo a punto de ocurrir.

Todo comenzó en el Salón Azul
“Todo comienza cuando se cae un pedazo del techo del acceso hacia el Salón Azul”, relata Quirós. Ese desprendimiento activa una alerta mayor. Al retomar una licitación que venía del periodo anterior, durante la presidencia de Dana Castañeda, la nueva administración, encabezada por Jorge Herrera, se encuentra con algo más grave: el palco de prensa del pleno legislativo estaba a punto de colapsar.
Estamos frente a ese palco, ubicado en el segundo piso, a un costado del hemiciclo. Hoy está cerrado. Una cinta amarilla advierte que el paso está prohibido. El piso cede en varios puntos. Hay orificios desde los que se alcanza a ver el exterior del edificio. No hace falta mucha imaginación para entender el riesgo.
“Cuando comenzamos los trabajos, nos dimos cuenta de que todo era madera”, explica Benítez. “Eso hizo crisis”. Señala el área donde parte de la estructura ya se había desprendido. La madera, combinada con humedad y fisuras, comprometía el soporte del espacio. “Antes de cerrar con el PBC, tú veías clarito la luz de abajo, el aire. Eran centímetros”, dice.
Desde 1956, un edificio con capas de tiempo
Quirós recuerda que este edificio se mandó a construir durante el gobierno de José Antonio Remón Cantera y se entregó bajo la administración de Ricardo Arias Espinosa. La placa de inauguración, aún visible, dice que es de 1956. Benítez añade otro hallazgo crítico: la pared que da acceso al pleno legislativo estaba comprometida por comején. “No se veía”, dice. El daño estaba detrás, oculto en la madera que sostenía la estructura.
Los trabajos para atender estos problemas costaron 345 mil dólares. Ahora se analiza si se amplía el contrato, mediante una adenda, para reparar también el palco de prensa. El Salón Azul presenta un cuadro aún más delicado. Está sobre el techo del edificio y las filtraciones provienen de una canal en mal estado.
Las filtraciones del edificio nuevo
Del Palacio Justo Arosemena pasamos al edificio nuevo. “Las áreas más afectadas son la cuatro y la cinco”, dice Benítez mientras señala los niveles superiores. Desde abajo, los vidrios se ven chorreando agua. El problema está en los perfiles del sistema de aluminio compuesto, conocido como Alucobond, y en los sellos que debían impedir el paso de la humedad.
“El silicón se perdió. El sello ya no existe”, explica. El agua entra por las juntas, baja desde el piso superior y se filtra hacia oficinas y pasillos. Al retirar las láminas del cielo raso, el equipo técnico detecta algo más: el repello que debía proteger la superficie estaba cristalizado, podrido. “Prácticamente hubo que cambiar todo el Alucobond”, resume.
12 años de problemas
Fue entregado a la Asamblea en 2014, durante la presidencia de Sergio “Chello” Gálvez, hoy militante del oficialista Realizando Metas (RM). El proceso de licitación comenzó en 2009, bajo la presidencia de José Luis “Popi” Varela, del Partido Panameñista. La obra, construida por Corcione S.A., se licitó por $20 millones, pero tres adendas elevaron el costo a $29 millones.
Doce años después, el edificio requiere intervenciones mayores para garantizar condiciones básicas de operación y seguridad. Las reparaciones urgentes podrían costar entre $1 millón y $1.5 millones.
En el interior, Benítez es tajante cuando se le pregunta por los sistemas de aire acondicionado: “Les ha faltado mantenimiento”. Aunque una impermeabilización reciente redujo las filtraciones, el problema de fondo persiste. Domínguez muestra un medidor de humedad. El nivel óptimo no debería superar el 3%. En una pared marca 27%. En otra, 9%. “Todo esto tiene que ver con el Alucobond y con el repello”, dice.
El lío para cambiar un foco
El diseño del edificio complica incluso las tareas más básicas. Domínguez señala el techo, alto y distante del suelo. “Aquí se daña un foco, ¿cómo lo cambio?”. No se puede ingresar con grúa porque debajo hay un segundo piso completamente hermético. La solución que estudian implica construir pasillos técnicos suspendidos, similares a los de un teatro, para acceder a luminarias y sistemas. “No se pensó en el mantenimiento cuando se concibió este edificio”, admite.

Mantener el edificio cuesta más de 150 mil dólares al mes. Elevadores, plantas eléctricas, sistemas de climatización. Todo suma. Hace poco, la plazoleta central del edificio tuvo que cerrarse porque se mojaba. El riesgo es directo: “Cuando sale volando un pedazo del cielo raso, te puede romper la cabeza o matar”, dice Domínguez.
El deterioro también alcanza a las oficinas. Algunos diputados se quejaron de que llovía dentro de sus despachos. La causa vuelve a ser la misma: fisuras en el sistema de aluminio, grietas en los vidrios, sellos vencidos. “Es un edificio joven”, insiste Domínguez. “Pero está peor que el viejo en algunas áreas”, añade.
Sistemas obsoletos
A los problemas estructurales se suma otro menos visible, pero igual de crítico: la tecnología. Elbis González, directora de Tecnología Informática, enumera los sistemas operativos que aún funcionan en la Asamblea: Windows XP, Vista, 7, 8, 10. Algunos ya quedaron obsoletos. Narra que cuando el Ministerio de Economía y Finanzas envía documentos en versiones más recientes de Office, aquí no siempre se pueden abrir. “No se ha invertido ni modernizado lo que se ha solicitado”, explica. ¿Por qué? Ella afirma que cada administración anual decide qué se ejecuta.
Los servidores y equipos más grandes están guardados en trastiendas del edificio nuevo, a las que se accede subiendo varias escaleras. Desde allí se sostienen la página web, la intranet y los sistemas internos.
De vuelta en la plaza central, Domínguez explica que el mantenimiento se vuelve caro porque cada intervención requiere logística especializada. Un andamio para cambiar un foco ubicado en el techo, puede costar entre 3 mil y 5 mil dólares.
“A veces hacemos obras, pero no pensamos en el presupuesto de mantenimiento”, reflexiona. “No se puede esperar a que se quiebren miles de vidrios para actuar”, añade.
Más problemas
Benítez recuerda cómo encontró los techos cuando llegó al Legislativo: huecos abiertos, baldes recogiendo agua, filtraciones directas. En el edificio viejo, se detectó una sobrepoblación de gatos lo que generó afectaciones sanitarias. Cambiaron los techos en ambos edificios. Atacaron la raíz del problema, dice, y aplazaron soluciones paliativas.
Benítez, directora de Infraestructura y Servicios Generales, llegó al Legislativo en julio de 2024, cuando Dana Castañeda asumió la presidencia de ese órgano del Estado. Herrera la ratificó en el puesto.
Domínguez coincide. Cuando Herrera asumió en julio de 2025, encontraron un edificio sin mantenimiento sistemático durante al menos cinco años. Los aspersores contra incendios no funcionaban. “Yo no quiero ver un fuego aquí y que esos aspersores no sirvan”, dice.
Hoy están en proceso de reparación. Dice que convocaron a la Cámara Panameña de la Construcción y a la Universidad Tecnológica para evaluar las fallas, incluidas las eléctricas, en un sistema que ya colapsó por la sobrecarga.
No hay aún una cifra definitiva para dejar ambos edificios en condiciones óptimas. Solo estimaciones. Un millón, un millón y medio en lo estructural. Más en tecnología. Todo deberá pasar por estudios, pliegos y licitaciones. Mientras tanto, el deterioro ya dejó de ser una advertencia. Es visible, cotidiano y, en algunos puntos, peligroso.

