La Cumbre de las Américas se efectuará el próximo mes de junio en Los Ángeles, California, con la participación de todos los mandatarios del continente, aunque es probable que no asistan Cuba, Nicaragua y Venezuela.
El tema central escogido para esta cumbre es el de la migración, un asunto muy relevante para las elecciones de noviembre de este año en el país anfitrión.
La realidad es contundente: América Latina y el Caribe han sido la fuente de decenas de millones de migrantes hacia Estados Unidos y Canadá. Las razones fundamentales de estos grandes flujos migratorios son tres: la búsqueda de un mejor futuro económico, la huida de sistemas políticos autocráticos y el escape a la violencia.
En los tres aspectos hay una enorme huella geopolítica y el pesado legado de las fracasadas medidas de la guerra fría que aún lastran las relaciones hemisféricas.
Un laberinto migratorio
Existe una pluralidad de normas legislativas regulatorias que alimentan la irracionalidad de la política migratoria estadounidense.
La historia de dicho país se nutre de las grandes migraciones que aumentaron su población y expandieron su economía.
Las migraciones tradicionales de europeos y asiáticos fueron “controladas”, pero aún así causaron graves molestias sociales. Por ejemplo, los migrantes chinos y sus descendientes fueron tratados como ciudadanos de segunda categoría hasta mediados del siglo XX. En el caso de los alemanes, se les persiguió y marginó seriamente durante la Primera Guerra Mundial y la Gran Prohibición del alcohol fue tomada como una medida por los buenos protestantes contra los malos católicos italianos, irlandeses, polacos y sus descendientes que, “claramente”, tenían una preferencia por los licores.
Aunque hubo episodios de migración, sobre todo mexicana, los latinoamericanos no fuimos parte de los grandes procesos migratorios hasta que en 1959 Fidel Castro tomó el poder en Cuba.
En los siguientes años, Estados Unidos lidió con oleadas de migrantes cubanos, a las que acogió por una norma extraordinaria, la Ley de Ajuste Cubano de 1964, que le da la residencia a los cubanos llegados al país un año después de haber entrado al territorio estadounidense.
Los “marielitos” en 1980, la oleada de 1994, y el decantamiento de decenas de miles de cubanos que por mar y tierra llegan a Estados Unidos debió causar un cambio en la legislación, pero la fragmentación electoral interna de demócratas y republicanos ha impedido cerrar esta puerta. Los migrantes cubanos y sus descendientes apoyan predominantemente al Partido Republicano.
Con los migrantes mexicanos ha ocurrido lo opuesto. Al tratarse de una migración económica y de escape a la violencia, la legislación no les es tan favorable. Los demócratas han tratado de legislar una ruta para la ciudadanía de los migrantes que llegaron indocumentados en su infancia. Los republicanos han bloqueado esto, ya que los migrantes mexicanos y sus descendientes votan ligeramente a favor del partido demócrata.
A estos dos grandes flujos migratorios latinoamericanos se adicionan el haitiano, el dominicano, el del triángulo norte de Centroamérica, el colombiano y más recientemente el venezolano.
Razones de la migración
Según los expertos en la materia, son tres las razones fundamentales de los grandes flujos migratorios que se suscitan año tras año hacia Estados Unidos y Canadá: la búsqueda de un mejor futuro económico, la huida de sistemas políticos autocráticos y el escape a la violencia. En los tres aspectos hay una enorme huella geopolítica y el pesado legado de las fracasadas medidas de la guerra fría que aún lastran las relaciones hemisféricas.
Cada flujo migratorio ha tratado de construir una alianza de convivencia con otros segmentos de la población estadounidense: los haitianos con los afroestadounidenses, los dominicanos con los puertorriqueños, los centroamericanos con los mexicanos, los venezolanos con los cubanos y los colombianos forman estas alianzas con casi todos los demás grupos.
Estados Unidos no puede solucionar la trampa en la que se ha convertido su política migratoria. Ahora, en la Cumbre de las Américas se buscará una solución regional, esencialmente construida desde sus intereses, no los de América Latina.
Esa fue exactamente la misma razón por la que fracasó la política de la seguridad nacional, que alimentó la mayoría de las dictaduras latinoamericanas y que, igualmente en la guerra contra las drogas, se repitió esa miopía.
Hora del pragmatismo
América Latina y El Caribe no van a resolver el problema de Estados Unidos, pero tampoco este país va a resolver los problemas de la región.
Como si se tratara de las anteojeras que usan los caballos para mantener su vista en una dirección, el gobierno del presidente estadounidense Joe Biden quiere proponer esquemas migratorios que muy posiblemente representen pesadas cargas para nuestros países.
La migración se reduce con democracia y desarrollo, aunque hace 30 años se pensó ingenuamente que los tratados de libre comercio generarían los millones de empleos que necesitaban los latinoamericanos para salir de la pobreza, lo cual no fue así.
Por ejemplo, México produce computadoras y automóviles eléctricos, pero sigue exportando migrantes.
Esta es una coyuntura para que se ensaye una propuesta simple y directa que oxigene las economías de Centroamérica. Es el momento de pensar en la condonación de una parte de las pesadas deudas externas de los países del triángulo norte, para que sus economías sean más viables y sus redes de protección social estén mejor financiadas.
A principios de este año, la deuda externa de Guatemala era de $10 mil 989.3 millones; la de El Salvador, de $23 mil millones; y la de Honduras, de $11 mil 321.9 millones. Tan solo en abril de este año, el gobierno de Biden solicitó más de $33 mil millones para la guerra en Ucrania. Esto demuestra que cuando hay voluntad política, hay fondos.
Lo que vale para el triángulo norte de Centroamérica, también debe valer para Colombia y Ecuador, países que han acogido cientos de miles de migrantes venezolanos que no pueden ser obligados a regresar a un régimen de terror. Colombia tiene una deuda externa de $171 mil 3 millones y Ecuador, de $47 mil 369 millones. El canje de deuda por atender, insertar y proteger a los migrantes es igualar las cargas en un esquema libre de demagogia.
Esta no es la única vía de atender la crisis migratoria regional, pero es un ejemplo de lo que el mecanismo de las Cumbres de Las Américas debería ser: un foro regional para dar respuestas.

