La sala de reuniones del Ministerio de Relaciones Exteriores permaneció en silencio durante varios minutos. Sobre la mesa comenzaron a acumularse fotografías impresas, copias de pasaportes, capturas de conversaciones de WhatsApp y los nombres de nueve panameños cuyo rastro se perdió en medio de la guerra entre Rusia y Ucrania.
Afuera, el movimiento habitual de San Felipe seguía su curso. Adentro, cada familia intentaba reconstruir, una vez más, la historia de la última llamada, el último mensaje o la última promesa de regreso.
La reunión, celebrada este viernes 31 de julio, congregó por primera vez a familiares de los desaparecidos y a funcionarios de la Cancillería. El objetivo era poner en común toda la información disponible para fortalecer las gestiones que Panamá mantiene con las autoridades rusas y ucranianas.
Los funcionarios explicaron que continúan solicitando información sobre el paradero de los connacionales y abriendo canales para facilitar el retorno de quienes permanezcan con vida y deseen regresar al país. Sin embargo, reconocieron que las respuestas oficiales tardan en llegar y que muchos de los casos siguen sin novedades.

Entre los nombres que hoy concentran la atención de las autoridades figuran Hernando Fernando Núñez; Valdemar Edgar Mague Victor, de quien su comandante perdió contacto el 5 de diciembre de 2025; Luis Jorge Rentería Oliver, desaparecido desde el 22 de diciembre de ese mismo año; Carlos Demetrio Vega Santos; Javier Duncan; Luis Carlos Rivera Ramos, cuyo rastro se perdió el 28 de octubre de 2025; Anel Castañeda Moreno; Roberto Carlos Kirshamur y Osvaldo Guillén.
De acuerdo con la información recopilada por la Cancillería y los familiares, otros 15 panameños permanecerían combatiendo en distintos frentes. Hasta ahora, el único fallecimiento confirmado oficialmente es Luis Alberto Villarreal Prado.
La espera se ha convertido en una rutina para quienes permanecen en Panamá. Algunos revisan sus teléfonos varias veces al día con la esperanza de encontrar un mensaje; otros llaman constantemente a números que dejaron de responder hace meses. “Vivimos aferrados a un milagro”, resume uno de los familiares que asistió al encuentro. “Lo único que queremos es saber qué pasó con ellos”.
La espera de una hija
Entre todas las historias, la de Javier Duncan resume el camino que siguieron varios panameños. El exagente del Servicio de Protección Institucional (SPI), de 42 años, aceptó viajar a Rusia convencido de que aquella oportunidad le permitiría mejorar la situación económica de su familia. La promesa era regresar con dinero suficiente para ofrecer un futuro distinto a sus cuatro hijos. Nunca imaginó que esa decisión terminaría convirtiéndose en un misterio que ya supera los ocho meses.

Keitlin Duncan recuerda con precisión la última conversación con su padre. Él le explicó que dejaría de comunicarse porque, una vez cerca de la línea de combate, los teléfonos celulares podían ser detectados por drones. Le pidió que no se preocupara y prometió regresar. Después de ese mensaje, la conversación quedó congelada. Los dos ganchos de WhatsApp nunca volvieron a ponerse azules y el silencio comenzó a pesar más que cualquier noticia.
Desde entonces, la familia ha recorrido oficinas públicas, presentado denuncias y buscado información por distintos medios, sin obtener respuestas. Para Keitlin, la incertidumbre ha sido el mayor castigo. No sabe si su padre permanece con vida, si está herido o si murió en algún lugar del frente. Solo espera que alguien pueda decirle qué ocurrió con el hombre que salió de Panamá convencido de que volvería para abrazar nuevamente a sus hijos.
Incertidumbre en Chiriquí
A más de 400 kilómetros de la capital, en Chiriquí, otra familia intenta llenar los vacíos de una historia que cambió de rumbo desde el primer día. Osvaldo Guillén salió de Panamá el 5 de mayo convencido de que trabajaría operando maquinaria pesada en labores de remoción de escombros en Ucrania.
Esa fue la versión que conocieron sus familiares. Solo cuando ya había cruzado el Atlántico supieron que su destino era muy distinto. El viaje incluyó escalas en Turquía y Moldavia antes de llegar a Ucrania, donde, según el relato de su hermana, Sidia Guillén, la promesa de un empleo civil dio paso a un entrenamiento militar y a la firma de documentos escritos en un idioma que él no comprendía.
Con el paso de las semanas, las llamadas dejaron de llegar. La familia comenzó a buscar respuestas por su cuenta y terminó recibiendo información extraoficial de personas vinculadas a la zona de combate, quienes les advirtieron que Osvaldo presuntamente había muerto. Nadie ha podido confirmarlo. Les explicaron que el área donde habría quedado estaba bajo constante vigilancia de drones, rodeada de minas y controlada por fuerzas rusas, condiciones que impedían recuperar el cuerpo.
Exmiembro de la Policía Nacional durante 12 años y con experiencia en el manejo de equipo pesado, Osvaldo había aceptado la oferta con la esperanza de encontrar un mejor futuro. Hoy, su familia solo pide una certeza. “Si murió, queremos traerlo de vuelta”, dice Sidia. “Lo más duro no es la muerte; es no saber”.
La angustia de una madre
En Veraguas, la espera tiene el rostro de María Moreno. Desde que recibió una llamada en la que le informaron sobre la presunta desaparición de su hijo, Anel Castañeda Moreno, su vida transcurre entre llamadas, consultas y largas horas frente al teléfono.

Anel, de 34 años, viajó a Rusia hace más de un año tras aceptar un contrato para desempeñarse, según le informaron, como instructor de armas de combate. Desde entonces, la guerra dejó de ser una noticia internacional para convertirse en una ausencia permanente dentro de su hogar.
María reconoce que no busca explicaciones políticas ni militares. Solo quiere saber si su hijo sigue con vida. Mientras intenta reconstruir sus últimos movimientos, también piensa en las demás madres que atraviesan la misma incertidumbre. “Mi dolor es el mismo de muchas mujeres que hoy no saben dónde están sus hijos”, sostiene la veragüense.
Los registros recopilados por las autoridades panameñas muestran que, en la actualidad, al menos 24 panameños han sido vinculados al conflicto entre Rusia y Ucrania. Del lado ruso, 19 viajaron para incorporarse a ese frente: ocho permanecen desaparecidos, uno murió y otros diez continúan combatiendo. En Ucrania, en tanto, se han identificado cinco panameños: uno logró salir del país y ya emprendió su regreso a Panamá, otro figura oficialmente como desaparecido y tres permanecen en territorio ucraniano, desde donde han solicitado apoyo a la Cancillería para regresar al país.
Cuando la reunión en la Cancillería terminó, poco antes de la una de la tarde, ninguna familia salió con respuestas. Solo se llevaron la promesa de que las gestiones continuarían. Mientras San Felipe recuperaba su ritmo habitual, regresaron a casa con la misma angustia: la incertidumbre de no saber si la próxima llamada traerá la noticia que llevan meses esperando o el silencio definitivo que impone la guerra.

