En mayo de 1932, se enfrentaron en una reñida elección presidencial dos líderes del liberalismo panameño: Harmodio Arias Madrid y Francisco Arias Paredes. Las justas electorales panameñas se habían caracterizado, hasta ese momento y mucho después, por un clima de hostilidad y confrontación entre ganadores y perdedores. Arias Madrid ganó convincentemente la elección, pero existía incertidumbre sobre la reacción de Arias Paredes. El 6 de junio de 1932, este contrincante le envió un telegrama de felicitación al presidente electo Harmodio Arias y le expresó su vocación ciudadana de contribuir en aquello que le fuera posible al nuevo gobierno. La foto que recoge la toma de posesión de Harmodio Arias registra la presencia, a su lado, de Francisco Arias Paredes. Esta actuación cívica le valió la denominación de “el caballero de la política”.
En el convulso mes de noviembre de 1949, se presentó en el país un conflicto de poder entre la autoridad civil, representada por el presidente Daniel Chanis, y la fuerza policial, comandada por el coronel José Antonio Remón Cantera, quien -con las amenazas más directas- logró que Chanis renunciara el 20 de noviembre de ese año. La Presidencia de la República quedó a cargo del vicepresidente Roberto Chiari, quien el 24 de noviembre acató un dictamen de la Corte Suprema de Justicia que determinó que Chanis seguía siendo presidente. La anécdota histórica que ha trascendido es que Chiari tomó su sombrero y dijo que se iba a su casa. Este gesto le ganó el respeto popular y fue uno de los créditos a su favor, que le permitió ser elegido presidente de la República, en 1960, cuando sus actuaciones históricas durante ese mandato, en 1964, lo hicieron merecedor del título de “presidente de la dignidad”.
Los ejemplos de caballerosidad e hidalguía en la política panameña son escasos, por lo que obtiene especial relevancia la declaración pública de los jóvenes diputados independientes Juan Diego Vásquez y Gabriel Silva, quienes confirmaron a la ciudadanía su intención de cumplir con su promesa electoral de no aspirar a la reelección.
La opinión pública tuvo una reacción fragmentada: por un lado, menospreció el gesto; por el otro, lo consideró una suerte de victoria pírrica, debido a que se considera que esto puede significar que un espacio ganado por los independientes se va a perder o que probablemente quienes lleguen a ocupar los cargos que dejarán vacantes no tendrán su mismo nivel de integridad y compromiso cívico.
El ocaso de la política tradicional
Los cuestionamientos hacia la confirmación de la promesa electoral de Vásquez y Silva (y ojalá Broce, Fernández y Bejerano) evidencian la falta de percepción de un fenómeno mundial, la desconcentración del poder formal, hacia movimientos ciudadanos e iniciativas de la sociedad civil organizada. Si se quiere, esa es la política 3.0 que supera a la que hasta muy recientemente era la dominante.
Piénsese en la sueca Greta Thunberg, el australiano Julian Assange, el ruso Alekséi Navalni, y la premio Nobel de la Paz paquistaní Malala Yousafzai. Todos son activistas y, aunque no se simpatice con sus causas, han obtenido importantes cambios en la política mundial. Así, el rol de los diputados independientes es el de crear un espacio para otra forma de hacer política, para visibilizar otros intereses y para alertar contra los abusos de los poderes. Ellos han demostrado todo lo que se puede conseguir jugando limpio y ese es su mayor poder: el ejemplo.
Más allá del éxito que tengan en sus nuevos proyectos políticos o personales, han creado un importante precedente inspirando nuevos términos en la cultura política panameña. Así como existe “el caballero de la política”, o “el presidente de la dignidad”, ahora también habrá nociones como “otro Juan Diego” o “tan bueno como Silva”.
Ese cambio, aunque parezca invisible, ha dejado una enorme huella sobre Panamá, ya que ahora más jóvenes entienden que se puede hacer una mejor política. Hemos dejado de ser rehenes de la desesperanza y la frustración.

