La lluvia de nominaciones me obliga a una segunda entrega. Los dejo con más premios a las inolvidables actuaciones de los políticos panameños.
Óscar a la película de acción… fuera de contexto: “Top Gun Panamá”
Arranca con una escena digna de tráiler: funcionarios panameños sobre el portaaviones estadounidense USS Nimitz: miradas de admiración y planos épicos. Pero hay un serio problema de guion: están actuando en la película equivocada. Porque mientras el ministro de Seguridad y el director de la Policía juegan a la guerra en altamar, en Panamá se libra la única guerra que les corresponde enfrentar: balaceras, muertos y comunidades atrapadas por la violencia. En lugar de eso, Frank Ábrego habló del importante “intercambio de experiencias”. ¿Intercambio? ¿Dónde estará anclado el portaaviones panameño?
Otros que aterrizaron en el legendario barco de guerra fueron Mayer Mizrachi y los diputados José Pérez Barboni y Roberto Zúñiga, posando como si estuvieran en pleno videoclip con la canción Danger Zone de fondo. A bordo se movían disfrutando la experiencia inmersiva y olvidando la verdadera zona de peligro: un contexto global de guerra donde sobra el turismo. Y es en esta actuación donde Mayer destaca. Se entrega totalmente al papel. Filma, hace muecas y exclama de alegría, como si estuviera en un parque de diversiones y no en un portaaviones.
Óscar al actor más camaleónico: Mayer Mizrachi
Como la coherencia nunca ha sido su preocupación, el alcalde brilla en la contradicción. En noviembre dijo que los reclamos de Diógenes Galván eran “fracasados y populistas”. “Yo no me voy a quejar nunca”, sentenció.
Salvo que ahora aparece quejándose, en una sobreactuación memorable: casi al borde del llanto relató que tuvo que estacionar su Cybertruck al lado de “una Prado de paquete” que el municipio no puede comprar. Lástima que ese guion no sobreviva fuera de la ficción.
Mientras Mayer interpreta al alcalde austero, su producción incluye 16 asesores muy bien pagados y un contrato millonario con la agencia publicitaria de su campaña. Ni los costos de promoción nos los hemos ahorrado al elegir a un influencer con el autobombo incorporado.
Su versatilidad atrapa a las audiencias digitales: es el “chacalde” de los barrios, el asesor libertario en charlas, el jamaiquino nostálgico o el eterno enamorado de Elon Musk. Pero hay un rol que desempolva a conveniencia: el del antipolítico. En uno de sus últimos videos los describió como incapaces de percibir el hedor que ellos mismos generan. ¿No se ha dado cuenta de que eso le encaja? Mucha actuación. Cero autorreflexión.
Óscar a los mejores efectos especiales: Lucy Molinar
Con apenas 17% de ejecución presupuestaria, Lucy posa de ministra preferida… pero no de alumnos, padres o docentes, sino del resto del gabinete. El Meduca se ha convertido en la caja menuda del gobierno: como no usa su presupuesto, lo redistribuyen.
Con esa admisión implícita de incapacidad, no sorprende que lo básico no funcione: por primera vez los estudiantes arrancaron el año sin la merienda escolar. La insistencia la guarda para las laptops, que ya van por el tercer intento de licitación. Es aquí donde entran los efectos especiales.
Su recurso estrella es la bomba de humo. Cada cuestionamiento activa el mismo libreto: la atacan, la persiguen, quienes la critican tienen el alma podrida. Mucha victimización, poca evidencia.
Y ya que estamos premiando actuaciones, conviene recordar que la película de Lucy ya la vimos. Y su final no fue feliz.
Óscar a la peor adaptación histórica: “Los afros no saludables”
Si los efectos especiales marcan el estilo de Lucy, esta película abrió la temporada escolar. Lo de los afros “no saludables” no parece un desliz. Fue una recreación de época: un retroceso a los años en que la Constitución hablaba sin pudor de “mejoramiento étnico”.
Solo que estamos en 2026. Y mientras desde el poder se evocan esos criterios de supuesta limpieza, en las escuelas estudiantes y familias denuncian la discriminación con un mensaje claro: “Mi cabello afro no se certifica”.
El planteamiento fue tan absurdo que cruzó fronteras y se ganó un lugar en la cuenta de los momentos más locos de la política latinoamericana. Definitivamente, el afro no se certifica. El ridículo internacional, sí.
Hollywood cerró su temporada de premios. Panamá no: por lo visto, aquí las peores actuaciones nunca salen de cartelera.


