“Soy un simple cocinero”, dijo en tono humilde Santiago Meza López a los agentes que lo detuvieron para interrogarlo.
Era la tarde del 23 de enero pasado, y un contingente de miembros de la policía y el ejército mexicanos acababa de inmovilizar una sospechosa caravana de cuatro vehículos que viajaba por la carretera entre las ciudades de Ensenada y Tijuana, estado de Baja California, en la frontera norte del país azteca.
Mesa López, de 45 años, era uno de los tres hombres que junto a una menor de edad integraban la comitiva. Pero lo que llevaban con ellos no eran precisamente utensilios de cocina.
Tres armas largas, entre estas un fusil Barret calibre .50, dos granadas de mano y 11 cargadores con 159 cartuchos de diversos calibres, así como equipo táctico fue, entre otros pertrechos de guerra, lo que las autoridades hallaron en su poder.
Una llamada anónima había alertado pocas horas antes a la policía sobre la presencia de gente armada en las inmediaciones de las playas de Rosarito y Ensenada. Celebraban una ruidosa y amenazante fiesta.
Los detenidos fueron entonces llevados a la delegación policial de La Misión, el poblado más cercano. La presión de los agentes ante la incongruencia del hallazgo y sus palabras iniciales le hizo confesar: “Sí, trabajo para el Teo (Teodoro Eduardo García Simental, un temible narcotraficante de Tijuana), pero solo cocino para él”.
Lo que no dijo –pero admitiría más tarde– es que sus recetas no estaban compuestas por carne de res o de cerdo. Lo que Meza López cocinaba era gente.
