Ángel Cedeño se bañaba en una quebrada con su hermano y su sobrino cuando empezó a temblar.
En la orilla, su mamá les gritaba que salieran. Los otros dos se treparon por unas raíces y lograron subir primero. Ángel se quedó abajo, agarrado a otras raíces, sin poder salir y pensando que el árbol se le iba a venir encima. “El brazo, casi me lo quiebro”, cuenta.
Tiene 13 años. Cuando por fin subió, ayudó a su mamá con los más pequeños. Su papá seguía dentro de la casa y tardó cerca de medio minuto en salir. Esa noche la familia durmió en una loma y después se fue a la casa de un hermano. Durante los días siguientes al terremoto vivieron en unos cuartos “que no se caen de una vez”, según narró. Ya volvieron a la casa.
Cuando recuerda ese viernes, dice que no sintió miedo por él, sino “por lo más pequeño”. Lo que sí lo inquieta son las réplicas. Cuando la tierra vuelve a moverse de noche, “me despierto como azarado”.
Un mediodía de viernes
El terremoto de magnitud 7.5 se registró a las 12:56 del mediodía del viernes 9 de octubre. Su epicentro estuvo a unos 39 kilómetros al noroeste de Tonosí, al otro lado de la península de Azuero. Hasta el pasado viernes, el Instituto de Geociencias ha registrado más de 700 réplicas.
Al menos, 600 personas están en 14 albergues, según el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc). Solo en Veraguas reportaba 420 viviendas con daños parciales o totales.
Unicef calcula que unos 8,300 niños, niñas y adolescentes necesitan ayuda humanitaria. El Ministerio de Educación (Meduca) contabilizó 619 escuelas con daños. De esas, 35 colapsaron. “Tenemos 35 escuelas que ya no existen y se perdieron”, dijo el ministro Ventura Vega en una conferencia de prensa.
La mayoría, 20, está en Herrera. Siete están en Veraguas. Una de ellas, la de Alto de Tebario, queda en Mariato.
La casa de Ascanio
Ascanio David Vergara, de 12 años, veía caricaturas acostado junto a su hermanita cuando empezó a temblar. En otra cama, su mamá estaba con el bebé. Su papá se disponía a salir a trabajar. La familia vive en la comunidad de Rusia, en Mata Oscura.
Cuando la tierra se estremeció, al principio pensaron que era algo leve. Pero de pronto vieron cómo se sacudía con fuerza y cómo las paredes amenazaban con caerse. Ascanio y sus hermanitas corrieron afuera, pero la mamá y el bebé no salían. Su papá entró a buscarlos y, cuando todos estaban afuera, vieron cómo se caían las paredes de su casa.
Ascanio calcula que su casa quedó dañada en un 80%. Cuando se le pregunta qué sintió al verla, responde con una palabra: “Triste”.
Eran siete personas. Cruzaron al otro lado de la carretera. Más tarde, con la alerta de tsunami, subieron a una loma con un vecino y allí pasaron la noche. Cuando regresaron, Ascanio ayudó a su papá a levantar una galera para vivir mientras tanto.
Ascanio cursa sexto grado en la escuela de Loma de Quebro, a media hora de su casa. Este año le tocaba graduarse de primaria. Todavía no sabe cuándo volverá.
Unicef afirma que los niños están “entre los grupos más afectados” porque el terremoto les cortó varios servicios a la vez. Los daños en escuelas, centros de salud, viviendas y sistemas de agua afectan su acceso a educación, agua segura, salud y protección.
Lo que corría por el celular
Helen Rodríguez estudia en la misma escuela de Ascanio. Según ella, en un salón las paredes se agrietaron y en otros se cayeron los cielorrasos. En el de ella, un mueble de vidrio se vino abajo, “pero no se quebró nada”.
El gobierno de José Raúl Mulino desplegó 209 ingenieros, arquitectos y técnicos para revisar los planteles. Ninguna escuela pública puede reabrir sin una certificación técnica. El año escolar termina el 11 de diciembre. Para las escuelas que no puedan abrir, Meduca evalúa clases virtuales, módulos de aprendizaje o el traslado a centros cercanos.

Helen tiene 14 años y el 21 de octubre cumple 15. El día del sismo estaba en la sala de su casa mirando el teléfono. Pensó que era “un temblor normal”, hasta que vio que la casa se movía mucho. Corrió, pero todo se tambaleaba. Se cayó. Cuando logró salir, se quedó en un área despejada con su mamá, su sobrino y un vecino.
Media hora después fue a ver a sus dos vecinas. A ambas se les cayeron las paredes de las casas y una se cortó en un pie. La de Helen solo perdió las cosas de vidrio.
Con la alerta de tsunami, varias familias se reunieron afuera y subieron a una loma. Allí cocinaron y durmieron. Al día siguiente bajaron a inspeccionar sus casas.
Desde entonces, cada réplica le recuerda ese día. Siente “mucho miedo”, dice.
Helen también vio cómo se llenaba su teléfono de noticias falsas. En su feed aparecían pedidos de ayuda para Mariato, pero también rumores. Uno decía que se había abierto una grieta en la misma arena de la playa de Malena. Señala que en realidad que eran troncos que bajaron con el agua y formaron una línea en la arena. “Cómo van a inventar más cosas”. “Hay personas mayores que ven eso y aún así lo creen”, añade.
Ayuda que llega a medias
Para Helen, la presencia de las autoridades ha sido “más o menos”. Dice que sí llegó algo de ayuda, pero no tanta, y que a veces “se queda en el camino para otras personas que supuestamente lo necesitan más”.
El problema no es solo de reparto. Según el informe de situación de Unicef del 14 de octubre, cinco comunidades de Los Santos y otras cinco de Herrera seguían incomunicadas por daños en puentes, carreteras y deslizamientos. El mismo documento advierte de “brechas persistentes” de agua y saneamiento en comunidades rurales y costeras.
Según Néstor Luque, director del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, el sismo del 9 de octubre liberó energía que se había acumulado durante unos cien años en el sistema de fallas Azuero-Soná.
Por eso Helen, junto con otros voluntarios de la Fundación Agua y Tierra, que se dedica a proteger tortugas marinas, montó un centro de acopio. Arman bolsas con víveres y las llevan a las comunidades. La más lejana a la que han llegado es Forneales.
Cuando se le pregunta si los niños y adolescentes necesitan atención psicológica, lo piensa antes de responder. “Hay personas que sufrieron más que otros. Siento que hay personas que sí deberían recibir atención psicológica”.
Unicef identificó en las zonas afectadas necesidades de apoyo psicosocial y de espacios seguros para la niñez. Advierte que las réplicas, el desplazamiento y la vida en albergues aumentan esas necesidades.
Meduca, por su parte, informó que unos 120 profesionales de psicología y trabajo social brindan acompañamiento emocional. Pero, según Unicef, no hay datos consolidados de cuántas personas han atendido.
Un análisis de 59 estudios sobre niños y adolescentes después de terremotos e inundaciones encontró estrés postraumático en alrededor del 19% en los primeros seis meses. La cifra subió a 30% entre los seis meses y el año, y luego bajó.
Ángel quiere volver a clases “para seguir los estudios”. Cuando sea grande, dice, quiere estudiar agricultura o ganadería, o entrar al Servicio Aeronaval.
Helen nunca quiso fiesta de quince años. Lo que quería era una sesión de fotos. La fotógrafa todavía no le ha confirmado si se podrá hacer.



