El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, y con él la prohibición para los alemanes de cruzar la frontera interna a su antojo.
Hoy, caminar por donde estaba la muralla que dividía el territorio alemán es, cuando menos, desconcertante. Pocas huellas quedan del muro en el que los alemanes del oriente arriesgaban su vida (y muchos la perdieron) para cruzar ilegalmente.
Se podía salir de la República Democrática de Alemania (RDA) con permiso del gobierno, pero no era un simple trámite. Para conseguirlo, había que estar limpio de sospechas de oposición al régimen.
Ahora, en cambio, el caminante se para en lo que antes fue Alemania oriental y mira sin obstáculos hacia la entonces Alemania occidental. Levanta un pie, da un paso, y parece mentira que lo que se consigue con un ligero movimiento del cuerpo, fue, hasta hace 19 años, todo un logro para quienes no simpatizaban –o se les acusaba de ello– con el sistema.
Poco queda ahora del muro –salvo algunos metros que han sido rescatados por su interés histórico–, porque los alemanes de ambos lados, después de su caída metafórica, se apasionaron en destruir lo que veían como símbolo de la opresión.
CHECKPOINT CHARLIE
Sin meterse en ideologías políticas, cuando se llega a la famosa Puerta de Brandeburgo –protagonista de postales alemanas, con y sin muro– y se hace un alto del lado este, parece absurdo tener que pedir permiso para cruzar al otro lado.
Si este ejercicio no logra dibujar en la mente del visitante una idea de ese sentimiento, hay que acercarse a uno de los últimos recuerdos del paredón, que sin embargo es eso, un recuerdo, una reconstrucción de uno de los puntos de entrada a la RDA: Checkpoint Charlie.
Actualmente es una garita en medio de la calle Friedrichstraße que no parece tener propósito, pero que recuerda a los berlineses que no siempre tuvieron la libertad de cruzar la calle.
A unos pasos de ahí está el Museo del Muro de Berlín, donde pueden observar las modificaciones que hacían en automóviles, aparatos de radio –que hace décadas eran enormes–, equipajes, y en cualquier cosa que sirviera a una persona para burlar la vigilancia de la RDA.
Además, hay ejemplos para demostrar que la necesidad es la madre del ingenio: Balsas y globos aerostáticos artesanales se cuentan entre los inventos para escapar.
El museo expone también y con mayor pesar, las historias de algunos que perdieron la vida en el intento.
Más de 100 mil alemanes del este trataron de cruzar entre 1961 y 1989, pero aún no se tienen cifras exactas de cuántos murieron en el intento. A penas se conoce el destino de 138 víctimas, y se analizan los casos de otras 100.
EVOLUCIÓN FRONTERIZA
Algo quizás estremecedor para quienes no han vivido la experiencia de un régimen totalitario, son las imágenes que expone el museo sobre la evolución de esa frontera.
Aun tras la división de Alemania (1949), después de la segunda guerra mundial (1939-1945), los habitantes de uno y otro lado cruzaban sin mayor problema lo que hasta entonces era sólo una línea imaginaria.
Con el paso de los años, el escenario fue modificándose y la frontera fue utilizada como vía de escape del sistema comunista.
Para evitar la fuga de talento humano y el negativo impacto que esto causaba a su economía, la RDA decidió –en 1961– restringir el tránsito entre las dos Alemanias.
El 13 de agosto de ese año, los berlineses amanecieron con una frontera fuertemente resguardada. Las fotografías muestran cómo los ciudadanos de ambos lados caminaban junto a las espirales de alambres de púas que dividían la ciudad. Algunos se atrevieron a saltar.
En pocos días, el Gobierno de la RDA erigió el muro que permanecería ahí hasta el 9 de noviembre de 1998.

