TRADICIóN. EL PRIMER REGISTRO HISTóRICO DE UN CAYUCO ES DE HACE 10 MIL AñOS.

Un oficio en vía de extinción

Sus cayucos se distinguen por su sello personal: dibujos geométricos en blanco y marrón. Hoy, el precio de sus cayucos oscila entre 100 y 150 dólares, dependiendo del largo y ancho de este.

Un oficio en vía de extinción
Un oficio en vía de extinción

Bonange Pacheco construye cayucos con sus manos y una herramienta llamada suela.

Aprendió este trabajo de su padre, quien recibió esta enseñanza de su abuelo.

En 60 años, Bonange Pacheco ha construido más de 300 cayucos. Este indio, natural de Darién, es de origen kuna aunque lleva casi 50 años residiendo en la zona de Portobelo, en la provincia de Colón. Hoy es uno de los pocos hombres del área que todavía conserva el arte de construir una embarcación con sus propias manos y la ayuda de una suela.

A él le enseñó su padre, que le transmitió el conocimiento que adquirió de su padre, el abuelo de Bonange. Una forma de vida que se ha ido transmitiendo de generación a generación, y que en este caso se irá con Bonange. "Es una pena, porque ninguno de mis seis hijos ha querido aprender el oficio", comenta este hombre de 72 años.

"Hacer un cayuco requiere conocer el árbol y saber cuándo se puede empezar", añade Bonange que es conocido por el apodo de Mono. "Hay que esperar a que la luna esté menguante. Si cortas el árbol cuando está la luna creciente o llena, la madera se empapará de bruma y se quebrará. El mejor momento es cuando está recién en menguante", explica Mono.

Suele irse monte arriba a buscar un buen tronco de espavé. Una vez elegido y serrado, lo deja descansar un día antes de empezar. A Mono no le gusta que lo vean mientras con sus manos y una suela se dedica a tallar un cayuco. "Depende del tamaño, pero uno grande puede llevar cerca de dos semanas, y uno más chico entre seis a ocho días", admite este indígena que reconoce le gusta estar en medio de la selva tallando. "Cuando comencé me pagaban cinco dólares por hacer un cayuco de tamaño normal. Hoy el precio oscila entre 100 y 150 dólares, dependiendo del largo y del ancho", señala este hombre mientras sostiene entre sus dedos un cayuco en miniatura que hace como artesanía.

Mantiene en su sangre el gusto por el contacto con la tierra y la naturaleza. Cuando no está trabajando se adentra en un pequeño terreno que tiene río arriba para cultivar alimentos.

Atrás quedaron aquellos años en que intentó ser marinero y que se enroló en un barco que abandonó en la ciudad de Panamá. Corría el final de la década de 1950 y oyó hablar de que había trabajo en costa arriba en el Atlántico. No dudó en viajar hasta allí donde se casó y tuvo a sus hijos y dos nietos.

De sus manos, también, salen las canaletas que impulsan estas milenarias embarcaciones que se tienen registro que ya se usaban hace más de 10 mil años.

Su sello personal es decorar los cayucos con dibujos geométricos en blanco y marrón. "No sé de dónde vienen estos dibujos, pero sé que tienen que ver conmigo y mis orígenes", admite este artesano en el taller que, como antes, se espanta la chitra con humo.


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