DIVERSIDAD. EN UN LADO SE OYE A VICTORIO VERGARA; EN EL OTRO, A VICENTE FERNÁNDEZ.

Con los ojos bien abiertos

En la frontera proliferan la piratería, el cambio informal de monedas, la prostitución y la inseguridad. En los establecimientos de Paso Canoa laboran 3 mil personas. Muchas viven en pueblos aledaños.

Con los ojos bien abiertos
Con los ojos bien abiertos

Al llegar a Paso Canoa se está entre dos países. Se nota porque uno dice buhonero o chinamero por igual; pide gallo pinto o arroz con frijoles, y todos entienden; y a las pintas de cerveza también se les llama birras.

Después de recorrer la carretera Panamericana durante 40 minutos desde la ciudad de David, lo primero que se nota del pueblo que divide –o une– Panamá con Costa Rica, es que está un poco más ordenado. Es que el Gobierno de Panamá construyó un edificio para albergar sus instituciones y ahora es menos difícil perderse.

Pero la verdad es que en la frontera reina el caos. Por cualquier acera pululan las ventas de frutas y de agua de coco, la basura no se recoge con la frecuencia que debería, y es común ver a hombres libando de una misma botella sin el menor pudor.

No es un poblado, además, en el que los niños crecen con inocencia. Un niño de un barrio davideño, por ejemplo, pasa su infancia entre la casa y la escuela. A ningún padre se le ocurriría llevarlo a la zona roja. Pero en Paso Canoa las zonas se entrelazan y los residentes locales señalan que la prostitución es todo un tema.

"Hoy hay un grupo de menores de entre 11 y 15 años que se para en la calle central y está ejerciendo el oficio más viejo del mundo ante los ojos de todos", destacó un pequeño comerciante del sector.

Los oficios de la frontera

El lado bueno del pueblo es que allí nadie muere de hambre, porque hay mil formas de ganarse la vida.

Están los recolectores de aguacate, que compran por cientos para exportarlos a Costa Rica; los compradores de madera de teca; los que venden celulares... y los cambiadores de moneda.

Hoy el colón, la moneda tica, está en el mercado negro a 520 por cada dólar.

La piratería, claro está, también prospera. "Le ofrezco Elhombre Araña 3 o Shrek 3, maje a dos ‘dolaritos’ maje", dice un revendedor con la gorra de los Yankees de Nueva York puesta.

La inseguridad

El sábado 14 de julio una mujer que subía a un taxi, a tan solo 80 metros de la estación de Policía panameña, fue atacada por otra mujer más joven en la zona fronteriza.

A la víctima le fue arrebatado un collar, y la ladrona escapó entre la gente, ayudada por los cómplices callejones que hay en el cordón fronterizo.

"Desde aquí vimos todo y por más que la mujer gritaba no fue posible ver un policía vigilando en el lugar", dijo el dueño de un restaurante.

Hay gente, dicen los locales, que vende droga y es la que menos levanta sospechas. La mayoría de los habitantes de la comunidad, sin embargo, es gente honesta.

En el área hay 30 vendedores de frutas o de agua de coco, no menos de 250 buhoneros y unos 3 mil empleados de las tiendas comerciales que vienen desde distintos pueblos de los distritos de Barú y Bugaba.

La frontera es, a fin de cuentas, un laberinto de vidas que se mueven en un pueblo de tránsito, donde ticos y panas confunden sus acentos, comidas y música.


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