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Otro año marcado por la incertidumbre y la volatilidad, pero decisivo

Otro año marcado por la incertidumbre y la volatilidad, pero decisivo
En su primer día como presidente, Trump firmó una serie de medidas radicales contra la migración irregular. / AFP via Getty Images

El Informe de Riesgo Político América Latina 2026 cumple su sexto año consolidado como una referencia para gobiernos, organismos internacionales, empresas e inversionistas que buscan orientación estratégica en un entorno global y regional crecientemente volátil e incierto. El nuevo año marca un punto de inflexión y refuerza la necesidad de contar con análisis rigurosos que permitan identificar con claridad los principales desafíos, amenazas y oportunidades que enfrentan los países latinoamericanos.

Trump 2.0 y la redefinición del orden hemisférico

En el nuevo escenario internacional hobbesiano, caracterizado por el debilitamiento del multilateralismo y el desplazamiento del orden liberal basado en reglas hacia una lógica de poder duro y áreas de influencia de las grandes potencias —la llamada ley de la jungla—, el factor externo más determinante para nuestra región será la nueva política exterior del presidente Trump. La Estrategia de Seguridad Nacional adoptada en diciembre de 2025, junto con el llamado “Corolario Trump”, consagra un giro doctrinario de fondo: la actualización de la Doctrina Monroe bajo los principios de la denominada doctrina “Donroe”.

Las acciones emprendidas contra el régimen chavista —el despliegue naval, el bloqueo petrolero y el ataque aéreo del 3 de enero—, la captura del dictador Nicolás Maduro y de Cilia Flores y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico, inauguran una fase inédita en la política hemisférica: la normalización de la intervención armada directa, en abierta violación del derecho internacional, como instrumento legítimo de política exterior. El mensaje para la región es claro: el hemisferio occidental deja de ser concebido como un espacio de asociación estratégica y pasa a ser definido, en palabras del propio Trump, como “nuestro hemisferio” (nuestro quiere decir de Estados Unidos), subordinado a los objetivos de America First.

Desde la perspectiva del riesgo político, este giro introduce un factor de inestabilidad sistémica. El control de los recursos energéticos y la administración indirecta de Venezuela mediante un gobierno funcional —al menos por ahora— a Washington prevalecen sobre la prioridad de una restauración democrática plena. El país petrolero se convierte así en el principal laboratorio geopolítico del hemisferio, con implicancias que trascienden lo nacional y se proyectan sobre toda la región. Una transición desordenada podría amplificar estos riesgos y transformar la crisis venezolana en un factor de inestabilidad para gran parte de América Latina.

Pero China y la Unión Europea también juegan. El gigante asiático seguirá intentando ampliar su presencia económica en América Latina. Sin embargo, un Estados Unidos más asertivo obligará a varios países a recalibrar sus vínculos con Beijing —acercándose o alejándose—, intensificando los dilemas de alineamiento estratégico. En paralelo, la entrada en vigor del Acuerdo Unión Europea–Mercosur refuerza la dimensión geopolítica de la relación birregional —pese a las tensiones entre Lula y Milei— en un contexto de competencia entre grandes potencias. A ello se suma la relevancia diplomática de la próxima elección del secretario general de la ONU, que podría abrir un espacio favorable para América Latina en el escenario multilateral.

2026: un año electoral decisivo con un escenario económico mediocre

La agenda electoral será intensa. Cuatro países —Costa Rica, Colombia, Perú y Brasil— celebrarán elecciones generales, y no se descartan comicios en Haití si las condiciones de seguridad lo permiten. Estos procesos tendrán lugar en un entorno de malestar social y desafección ciudadana, alta criminalidad, volatilidad, polarización y una gobernabilidad crecientemente compleja. En materia política, coexisten democracias resilientes, sistemas estancados, regímenes en deterioro o en retroceso y gobiernos abiertamente autoritarios.

Los resultados permitirán evaluar si se consolidan tendencias recientes: voto de castigo a los oficialismos, mayor alternancia, creciente fragmentación y si el giro a la derecha observado en los comicios de 2024 y 2025 continúa en 2026 o se detiene.

El crecimiento regional continuará siendo mediocre —2.2%–2.4%, según el FMI—, con pobreza, desigualdad e informalidad aún elevadas. Sin embargo, el último informe de JP Morgan sugiere que América Latina podría estar ante una coyuntura estratégica: la transición energética, la revolución tecnológica y la reconfiguración de las cadenas globales de valor refuerzan su posición como proveedor clave de energía, alimentos y minerales críticos, así como destino atractivo para el nearshoring.

Los diez principales riesgos políticos

El ranking regional de riesgos para 2026 dibuja un escenario particularmente exigente para América Latina, resultado de la convergencia entre debilidades estructurales internas, dinámicas regionales y crecientes tensiones geopolíticas y comerciales. Por tercer año consecutivo, el principal riesgo es la expansión del crimen organizado y la captura del Estado; amenaza que podría intensificarse ante una eventual transición inestable en Venezuela, frente a la cual países como Panamá deben mantenerse alertas.

En segundo lugar se ubican la violencia política y la erosión democrática, factores que debilitan el Estado de derecho y distorsionan la competencia electoral. El tercer riesgo es la vulnerabilidad fiscal, marcada por elevados niveles de endeudamiento y un margen de maniobra cada vez más acotado para los gobiernos.

El cuarto es la instrumentalización política de la migración. El quinto riesgo es la fragilidad frente al cambio climático. El sexto proviene del debilitamiento del sistema internacional y la redefinición del comercio global. El séptimo riesgo es la creciente presión de Estados Unidos y China, que reduce los márgenes de autonomía regional y pone fuerte presión sobre determinados países, entre ellos Panamá.

El octavo es la escalada de tensiones regionales ante una política estadounidense más asertiva y la debilidad de los mecanismos hemisféricos para hacerle frente. El noveno riesgo es la persistente fragmentación latinoamericana, que limita la capacidad de respuesta colectiva a nivel global. Finalmente, el décimo es la falta de capacidad de la región frente a la inteligencia artificial; debilidad que amenaza la competitividad futura y refuerza nuevas dependencias estratégicas en un mundo de acelerada transformación.

Reflexión final

América Latina llega a 2026 en uno de los entornos más exigentes de las últimas décadas: el segundo año decisivo del gobierno del presidente Trump, con elecciones de medio término; un crecimiento mediocre; la expansión del crimen organizado; y un tramo clave del superciclo electoral 2025–2027. La convergencia de estos factores eleva sustancialmente los riesgos y reduce de manera tangible los márgenes de maniobra de los gobiernos.

Sin embargo, el momento no es solo defensivo. Si la región logra dinamizar el crecimiento, profundizar el desarrollo, fortalecer la calidad de su gobernanza democrática y actuar con mayor coordinación y autonomía estratégica, la disrupción global también puede convertirse en una oportunidad de reposicionamiento, como bien destaca el último informe de JP Morgan. La disyuntiva es clara: actuar como sujeto político en el nuevo orden global o resignarse a seguir siendo un territorio en disputa. La responsabilidad de las élites es, en este contexto, mayúscula.

El autor es director y editor de Radar Latam 360.


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