En la actualidad, los realityshows apelan a la atención de todo el abanico social; hay programas para todos los gustos y tienen gran éxito. Sin embargo, un pre-estudio exploratorio del doctor William Porath, de la Universidad Católica de Chile, hizo una medición en que dichos programas aparecen como los que menos aportan al crecimiento y a la información.
Ya desde antes del auge de este tipo de programas, muchos escritores presentaban situaciones similares a las de un reality show como preocupantes. Por ejemplo, George Orwell, en Mil novecientos ochenta y cuatro (publicado en 1949), situaba el escenario en un lugar donde televisiones de dos pantallas estaban colocadas en cada habitación para que la gente fuese vigilada en todo momento. Curiosamente, el ente vigilante en este libro se llamaba El Gran Hermano.
Con respecto a esto la BBC, en 1968, proponía en su obra llamada The Year of the Sex Olympics una sociedad que era vigilada por lo más común para todos: la programación televisiva. En ella, el personaje es castigado por oponerse a una dictadura, a ser enclaustrado en una isla y competir en un realityshow, para el entretenimiento de las masas.
Javier Maqua afirma que en los reality shows, la ficción pasa a ser una "aprensión inmediata de la realidad", pues la ficción se "documentaliza". Es esta credibilidad la que hace que sean tan populares, pero se sabe que en gran parte de los casos, el escenario, el perfil, las actividades que tendrán los participantes están predeterminados por lo productores.
Además, la edición de lo filmado cambia la temporalidad y exagera las situaciones que se presentan, con tal de influir en la apreciación del espectador.
El mismo Mark Burnett, creador de Survivor, confesó: "Cuento buenas historias. No es realmente televisión realista; realmente es drama sin guión".
Sin embargo, según el doctor Carlos Barrera, profesor de historia del periodismo de la Universidad de Navarra, la falta de compromiso con principios éticos y el considerar "al usuario del medio... como un cliente que engrose la cuota de audiencia" hace que las televisoras busquen más bien "explotar sus bajos instintos o excitando su curiosidad por lo morboso".
David Wilson, anteriormente consultor psicológico para Big Brother (Gran Hermano), quien dijo que la televisión realista no solo está "reinventando" exhibicionismo de lo deforme, también trata de vender una visión de "la miseria de otras personas" como espectáculo público.
Según Barrera, en este tipo de programas, la contemplación del malestar ajeno pasa a ser para el espectador en "fuente de bienestar propio". Esto explicaría el nacimiento de programas como The Swan, Extreme Makeover, The beauty and the geek que son reality shows en que a los concursantes se les adjudican adjetivos entendidos como insultantes.
La aparición de este fenómeno televisivo, sin embargo, ya la predecía, en 1974, D.G. Compton, en The continuous Katherine Mortenhoe, en el que una mujer muriendo de cáncer, era filmada en sus últimos días, sin su conocimiento, para presentarla en televisión.

