El equipo de relaciones públicas de la Contraloría y Bolo Flores elaboraron una estrategia de comunicación que consistió, precisamente, en no comunicar nada tras el incidente en el que el señorito irrumpió en diligencias de fiscales anticorrupción que interrogaban a auditores de la Contraloría sobre el supuesto enriquecimiento injustificado de Gaby Carrizo. Flores se silenció, no sin antes recibir una ejemplar paliza mediática que dejó su apellido desnudo de pétalos, hojas y capullos.
Pero no todo fue silencio. La estrategia de callar fue acompañada de otra menos sigilosa: enviar voceros oficiosos, que por poco asaltan –iracundos– televisoras y radios para defender a la que, según ellos, ha sido la “vístima” de la letrina que somos los medios de comunicación, pues nos ensañamos con un ejemplar ciudadano que ha redefinido el alcance de la honestidad. La escena donde habría sido aconsejado me la imagino así:
– Don Anel, su visita a la Fiscalía será malinterpretada. Los malparidos opinadores de radio y televisión lo van a destrozar. Por eso hay que preparar un plan para evitar daños. Pero usted, definitivamente, no puede figurar. No es que porque no le crean. Al contrario: Nadie tiene más credibilidad que usted en este gobierno y por eso, precisamente, es que no debe defenderse. Otros lo pueden hacer por usted.
– Bolo bufaba. Lanzó sus anteojos sobre la mesa, que rebotaron contra el piso alfombrado. Mientras sus lentes cobraban vida propia volando por los aires, Bolo golpeó con cólera incontenible su pupitre, atestado de papeles. Sus puños chocaron con expedientes que esperaban su firma. ¿Cómo se atreven? ¿No ven lo que estoy haciendo por este país? ¿Mis sacrificios, mis privaciones? ¡Son unos malagradecidos!
El hombre que hablaba con Bolo no pudo evitar pensar en el etanol…¿Sacrificios… Mmm? Jefe, se dirigió a Bolo, no es para tanto… solo debe calmarse. Se lo pedía porque notó que las venas en la frente del contralor se inflaban y palpitaban. Si se muere –pensó– tengo que ir pa’lante, y adiós al salariazo. Señor, cálmese. Esa gente no vale un disgusto suyo. El sujeto se incorporó de su silla y fue al rincón donde yacían los lentes. Los recogió y entregó al monstroseado que tenía en frente. Y también levantó los expedientes, con más curiosidad que servilismo. Disimulando, abrió uno y leyó Ministerio de Salud y el nombre de una empresa. ¡Otra vez estos hombres! ¡No se cansan!, pensó el consejero. Puso el expediente sobre el pupitre, abierto, para leer más.
– Bien. Ocúpate, le ordenó Bolo. Pero no pongas a nadie que titubee con preguntas difíciles.– No se preocupe, jefe. Esos periodistas le pedirán disculpas. ¡Ya verá!
Pero no hubo disculpas, sino una segunda ola de críticas, tanto al que tiró las piedras, como a los que las recogieron. Mientras tanto, el procurador hizo exactamente lo que se esperaba de él: Nada. Miró a otro lado; no habló públicamente del tema; no hubo reproches. Solo la tímida denuncia de una fiscal, sin apoyo ni solidaridad. Bolo, sin lanzar un golpe, claramente le ganó por nocaut el combate al procurador a los pocos segundos del primer campanazo.
En la Asamblea, las cosas también se enfriaron: congelaron una citación a Bolo, y en el Palacio de las Garzas, el presidente pidió a ambos arreglar sus diferencias. Así le llamó: “diferencias”, pese a que es un problemón grave, que deja la institucionalidad judicial como trapo de fogón. Pero ¿qué se puede esperar de alguien que hipotecó su Presidencia a un ladrón mentiroso y cobarde al que luego dejó en libertad para que gozara de sus millones mal habidos?
Si bien Bolo se auto sepultó en su silencio, su irrupción en la Fiscalía será su sombra eterna, como aquel empresario que, años atrás reunió a varios amigos para convencerlos de invertir en un casino online. A los pocos meses, los convocó nuevamente para informarles que, desgraciadamente, el emprendimiento fue un fracaso y que no volverían a ver sus millones. Hoy, ese empresario sigue presente en la memoria de sus exsocios, no por justo y bueno, sino por ser el único en el mundo que quebró un casino, aunque, por esa excusa ninguno de ellos apostaría un centavo.
A primera vista, la estrategia del mutismo parece haber funcionado, tanto para Bolo como para el procurador Luis Gómez Rudy. Pero, en lugar de ello –muy a su pesar– el silencio de ambos ha sido tan insoportablemente estridente como reveladoramente locuaz.

