En la Asamblea Nacional hay quince comisiones permanentes de trabajo. Además de las comisiones de Presupuesto y Credenciales, la de Gobierno, Justicia y Asuntos Constitucionales está vigilada por centinelas, celosos guardianes de lo torcido y retorcido. Dos de ellos son archiconocidos: Benicio Robinson y Luis Eduardo Camacho. Ellos –y algunos más– son los leños ardientes de la hoguera donde se hacen cenizas las iniciativas anticorrupción. Son el carbonizante infierno de la honestidad y la decencia.
Camacho tiene tanta prisa en discutir los proyectos anticorrupción que advierte que, “entre más me ponen presión, más lento me pongo”. No obstante, dudo que sea la presión lo que lo motive a moverse con la agilidad de un caracol. Tiene razones que flotan –como el yate en el que se bañaba en camiseta o el tiburón blanco en busca de una foca para almorzar– que lo hacen ser lento, jurando que somos todo oídos cuando él habla.
Quizás sí tenga audiencia –en Colombia o Soná– pero, por lo demás, sus discursos tienen la misma importancia que le damos si decidimos comer un tomate por ser fruta o vegetal. Y, contrario a lo que él siempre afirma –que no le importa lo que la gente piense de él– sí le importa, y no poco, aunque finja lo contrario. “Quiero verlos presos”, dijo, cuando anunció cambios al Código Penal para revertir el impedimento que tienen los funcionarios de querellar –especialmente a periodistas– por calumnia e injuria.
Su indiferencia, de pronto, se convirtió en odio, fastidio, hartazgo de que le digan de todo. ¡Presos deben estar todos! Su colega don Gato también levantó su voz para secundarlo. “Esta es una ley que debió haberse declarado inconstitucional, porque no debe haber fueros ni privilegios...
No puede ser que los funcionarios tengan una legislación de calumnia diferente…”. Apoyo a Robinson si quita eso “de calumnia”.
Si los ciudadanos estuviéramos al mismo nivel que los diputados, tendríamos exoneración de impuestos, teléfonos, combustible, empleados y conductores gratis e inmunidad. Nadie nos tocaría si pudiéramos hablar con la misma libertad que ellos tienen en el pleno –donde no son responsables penalmente de lo que digan o afirmen– y si cometiéramos un delito, que nos juzgue la Corte Suprema, solo si hay “prueba idónea”.
Entonces, Mr. Gato, ¿qué tal si emparejamos cargas y privilegios? ¿Qué tal si nos dejamos de hipocresías y nos decimos las cosas qué pensamos mutuamente, tal como son, con la misma seguridad legal que ustedes gozan en el recinto parlamentario? ¿Qué tal si nos quitamos las máscaras y mostramos públicamente lo que somos y cuánto valemos materialmente? Pero entiendo que la cobardía es gran consejera en estos casos.
No le temo a una ley de extinción de dominio, pero mencionar este proyecto en la Asamblea aterroriza a veteranos y hace palidecer a novatos.
¿Realmente hace falta preguntarnos por qué? Sus zapatos, carros, correas, relojes y su inconfundible mal gusto los delatan, pero al mismo tiempo iluminan: Nos dejan ver qué tipo de vida llevan o aspiran. Nos damos cuenta de que el aire pierde importancia frente a su vital necesidad de calzar zapatos de marca. Son previsibles, como un uniforme.
Quiero terminar con el objeto del llanto de estos sujetos: el honor.
Parece que nada, absolutamente nada, para ellos es más importante, y por eso nos quieren ver presos. Pero, así como ignoran sus deberes y responsabilidades, quiero traerles una explicación –que no es mías, obviamente– sobre el concepto del honor, a ver si dejan la su inútil quejadera: “Viene del latín honos, honoris, que describía ciertas cualidades (rectitud, decencia, dignidad, gracia, fama, respeto) que deberían tener las personas que ejercen un cargo público. De ahí también las palabras: honesto, honrado, honradez, honra, honorable […] Hay que tener en cuenta que el significado de honos, honoris en latín no es el que indica ectitud, decencia, dignidad, gracia, fama ni respeto. No es eso, ni honra ni honor definen exactamente las virtudes personales, sino su glorificación pública, que es distinto. En latín, honos significa exactamente el premio público que se le da a aquel al que se le supone o se cree que es recto, decente, etc., y este premio de reconocimiento suele ser un cargo público, de carácter político, por eso honos significa cargo político…”.
Si estos sujetos, que reclaman respeto a su honor, están lejos de satisfacer este concepto, ¿por qué encarcelarnos por señalarles lo obvio? Si no cumplen –lo cual es evidentísimo–, ¿por qué no los podemos señalar, criticar y decirles lo que pensamos?

