Sabrina Sin Censura: cuando lo mejor es no ‘ser parte’

¿Quién querría ser parte de un almuerzo en el que Mulino deleitaba con manjares a los que acusó de conductas delictivas, como a los diputados del PRD Benicio Robinson y Raúl Pineda?

Sabrina Sin Censura: cuando lo mejor es no ‘ser parte’
Sabrina Sin Censura

Quizás los mayores beneficiarios de la comilona en el Palacio de las Garzas fueron precisamente quienes no recibieron invitación. Aquellos a los que el presidente Mulino creyó estar insultando al decir: “Yo no los invité… ellos no son parte… De allí no sale nada bueno”. Y basta con mirar a quiénes sí son parte para entender por qué.

¿Quién querría ser parte de un almuerzo en el que Mulino deleitaba con manjares a los que acusó de conductas delictivas, como a los diputados del PRD Benicio Robinson y Raúl Pineda? ¿Quién querría salir en la foto en la que el ministro Felipe Chapman se codeaba con la presidenta de la Asamblea, Shirley Castañeda, abogada y amiga del expresidente Ricardo Martinelli, al que señaló de mitómano y de hacerle daño al gobierno? ¿Quién querría verle la cara al experto en matraqueo político, Popi Varela, que escuchaba atento las instrucciones del mandatario que insulta diariamente a su hermano?

Pero las malas compañías no son la única razón para agradecer no haber estado allí. También lo son, la naturaleza opaca y excluyente de la reunión y el talante autoritario de su anfitrión. Y es que la forma en que el presidente desestimó a las bancadas de Vamos y Seguimos es apenas el último episodio de una larga serie de insultos y descalificaciones contra todo el que se le opone, disiente o no aplaude la gestión de su gobierno.

En su afán por jactarse de la hazaña politiquera que le dio el control de la Asamblea, el presidente no se percató que sus palabras ponen entre los que “no son parte” a la mayoría de ciudadanos. Son aquellos que están cansados de que los problemas que los aquejan sigan sin resolverse mientras los fondos públicos se derrochan en viajes, comilonas, contratos a dedo y otros privilegios entre “amiguetes”.

Mulino llegó al poder con el 34% de los votos, pero su obligación constitucional es gobernar para el 100% de los panameños. El mandatario se olvida que el país es mucho más grande que su afán por mostrar que controla aquello que en toda democracia debería actuar como su contrapeso: la Asamblea.

Me pregunto si los médicos residentes a los que no les han pagado, los azuerenses que tienen más de un año esperando agua potable, los familiares de las víctimas inocentes de la ola de violencia en la que supuestamente sólo “se matan entre ellos”, los que esperan meses por una cita con un especialista, los que hacen fila de madrugada en las ferias del IMA; si todos esos panameños: ¿Se sienten incluidos en esos banquetes de caciques políticos que siguen tomando las decisiones en nombre de todos?

Por supuesto que no. Basta con observar las encuestas —las publicadas y las que no— para comprobar que el menguante capital político del presidente es hoy incluso menor que el que lo llevó a la Presidencia. Y con declaraciones como esas no hace más que esquinarse aún más en su círculo cero.

Los diputados excluidos por Mulino tienen la gran oportunidad de erigirse en voceros de los que viven fuera de esas burbujas de poder. Su mayor activo no consiste en conseguir la presidencia de una comisión, un nombramiento para un pariente o una silla en la mesa donde se reparten cuotas y cargos, sino en ser portavoces de la inmensa cantidad de demandas ciudadanas que este gobierno sigue sin atender.

Esto no significa que todos los diputados que llegaron a su curul por la libre postulación tomen esa oportunidad. Ahí estaba, en el mismo almuerzo de los que “son parte”, el tránsfuga Manuel Chen, como recordatorio de que el ejercicio de un liderazgo de oposición ético es también una decisión individual. Y ahora que se van cayendo las máscaras es cuando realmente sabremos quiénes llegaron a cumplir la promesa de servir a su país.

Por eso, los grandes perdedores de esta historia no fueron quienes quedaron por fuera de la comilona. Fue el anfitrión que terminó lesionando aún más su imagen y reduciendo el país al tamaño de la vieja politiquería con la que decidió celebrar.


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