El nuevo presidente de los colombianos, Abelardo de la Espriella, representa la victoria de un miedo sobre otro. El miedo a la continuidad de un gobierno de izquierda, incompetente, corrupto y con tendencias antidemocráticas venció por un margen muy estrecho al miedo a un populista de derecha, radical, de retórica violenta, abogado de criminales notorios y nada inmune a las tentaciones autoritarias.
No repito los adjetivos por falta de sinónimos. Los repito porque es imposible entender el ascenso de “El Tigre” sin la polarización que ha generado —y sigue generando— Gustavo Petro. Cuando las opciones son dos extremos (aunque Iván Cepeda era el candidato de la izquierda, Petro convirtió la elección en un referéndum sobre su gestión) el electorado termina votando por el miedo menor y no por la esperanza mayor. Yo entiendo la validez de ambos temores.
Y no es una posición tan excepcional como parece. Un dato lo ilustra. Por primera vez, el voto en blanco superó la diferencia entre los dos candidatos. Mientras 426 mil colombianos dejaron la papeleta en blanco, la distancia entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda fue de apenas 250 mil votos.
Son cifras que invitan a ponerle matices al comentado giro a la derecha en la región. La ola existe, sin dudas. Entre finales de 2022 y comienzos de 2023, las seis principales economías de América Latina estaban gobernadas por fuerzas de izquierda. Tres años después, solo Brasil y México resisten el giro. Colombia acaba de sumarse a una región donde doce países, incluido Panamá, están gobernados por distintas expresiones de la derecha.
Pero a juzgar por los márgenes de victoria cada vez más estrechos (en Perú, el interminable conteo de votos sigue sin oficializar la victoria de Keiko Fujimori), no estamos ante una región que se ha volcado masivamente a la derecha. La tendencia más fuerte es el desencanto con quienes gobernaban. Más que una ola de convicción, lo que recorre América Latina es una ola de decepción.
Cuatro razones la explican:
El desgaste de la izquierda. Gobiernos que prometieron transformaciones profundas terminaron produciendo desastres económicos, escándalos de corrupción, polarización o resultados muy inferiores a las expectativas que generaron. El giro a la derecha es, en buena medida, un voto castigo contra los incumbentes.
La preocupación por la seguridad. Durante años, la desigualdad ocupó el centro de la conversación latinoamericana. Hoy lo hacen el crimen organizado, la violencia y la pérdida de control territorial del Estado. La derecha se ha apropiado de esa preocupación con el referente de Nayib Bukele y la promesa de orden a cualquier costo. Es un espejismo perverso: ciudadanos que entregan derechos y libertades a cambio de seguridad. Ante el colapso penitenciario y de seguridad en Panamá, Mulino ya anunció que el 1 de julio presentará cambios inspirados en “modelos de otros países”. No es difícil adivinar cuál.
“Outsiders” de tarima. La nueva derecha entendió que, en tiempos de desencanto, resulta más efectivo presentarse como antisistema que defender el sistema. El populismo divide el mundo entre un pueblo virtuoso y unas élites corruptas. Por eso De la Espriella habla de “los nunca” y Trump construyó su carrera denunciando a las élites de Washington, mientras convierten a los medios en parte del establishment que dicen combatir. La paradoja es que suelen necesitar a las mismas élites y partidos que prometen desplazar. Son outsiders de campaña, pero rara vez de gobierno.
El efecto Trump. Cuando el mandatario estadounidense convocó la Cumbre “Escudo de las Américas” para alinear a la región contra el crimen organizado, las ausencias más significativas fueron México y Colombia. La victoria de “El Tigre” le entrega ahora un aliado clave, tanto así que se atribuyó públicamente su triunfo. Hay además un debate jurídico en Colombia, pues De La Espriella tiene doble nacionalidad: norteamericana y colombiana. A esto se suma el ángulo regional: la consolidación de un bloque alineado a la agenda de Washington. En un hemisferio donde el costo de desafiar a la Casa Blanca parece cada vez mayor, el alineamiento se está convirtiendo en un camino muy transitado. Mulino lo conoce bien.
Pero volvamos a los miedos.
En política no solemos discutir cuál miedo está mejor fundamentado, sino cuál sentimos como propio. Quizás el reto más difícil sea recuperar una capacidad cada vez más escasa en este mundo de extremos: la de sostener dos verdades al mismo tiempo.
En Colombia, los dos miedos son legítimos: tanto el de la continuidad del petrismo como el de las tentaciones autoritarias de De la Espriella. No sé si son equivalentes, pero sí válidos.
Los discursos polarizados nos convencen de que nuestro miedo es razonable y el de los otros, inventado. Por eso, cuando una sociedad se decepciona de una idea, muchas veces no busca corregirla, sino reemplazarla por su antítesis. Esa es quizás la mejor descripción del movimiento del péndulo en América Latina y la razón por la que conviene observarlo con cautela.
Por eso entiendo los dos miedos.

