Un titular resume la sociedad que somos: “Azuero recibe a las Mil Polleras mientras continúa sin agua apta para consumo humano”. No es una coincidencia desafortunada. Es el reflejo de un país dispuesto a normalizar el abandono de su población con tal de seguir sonriendo y posando para la celebración.
Aquí el problema no son las polleras, sino la negligencia estatal. Nos acordamos de una crisis cuando otros vienen a desfilar sobre ella. Más de 100 mil panameños han estado expuestos durante ocho meses a agua contaminada y hoy resulta imposible dimensionar la magnitud del daño a su salud.
Más patriótico que ponerse una pollera habría sido dar soluciones reales —y no paliativos— a la prolongada crisis del agua. Sobre todo si uno es un funcionario con la obligación de hacerlo. En junio del año pasado, el presidente Mulino calificó de “criminal” la contaminación de los ríos La Villa y Estivaná, ordenó cierres de fincas y sentenció: “esto se terminó”. Pero las frases fueron más contundentes que las acciones.
La realidad es que el suplicio de los azuerenses no terminó. Continúa a diario. Los “criminales” que contaminaron los ríos no pasaron por la cárcel. Seguramente algunos pagaron la irrisoria multa de $9,999 —el máximo permitido en la instancia regional— y, con el descuento estatal incluido, se compraron sus polleras y montunos para ir a desfilar junto a las autoridades que deben fiscalizarlos.
Ese es el espejo en que debe mirarse Panamá: un país donde creemos que los problemas culminan con declaraciones altisonantes y donde los delitos, lejos de tener consecuencias, se pasean impunes.
Lo vemos con el agua en Azuero y también con la basura en San Miguelito. Todo indica que, al igual que el fétido olor a negocios y política, la crisis de fondo está lejos de superarse. Hay fotos de la recolección de desechos por parte de la Autoridad de Aseo, pero no existe evidencia alguna de que se haya disipado la sombra de la corrupción alrededor de este servicio.
¿Cómo tenerla, si el Contralor hizo de lobista para Revisalud, la empresa reina de los incumplimientos? El Ejecutivo se abalanzó sobre una competencia municipal con la misma improvisación y las mismas prácticas de siempre. ¿Qué señal manda esto a la sociedad? Sin fiscalización ni planificación, esto es show político para hoy y continuidad del problema para mañana.
Las crisis no sirven para corregir el rumbo, sino para montar espectáculos. La impunidad se consolida como norma y el costo siempre cae del mismo lado: ciudadanos sin agua potable, sin servicios básicos confiables y sin un Estado que los proteja.
Si creen que esto ocurre por casualidad, no están prestando atención. Permitimos que los mismos que contaminan ríos desfilen; que las empresas señaladas por corrupción sigan ganando contratos millonarios; y que quienes deberían fiscalizar los recursos públicos representen intereses privados.
Y si este engaño funciona no es solo por la habilidad del poder de turno, sino por la tolerancia de la sociedad. Permitimos que la farsa gobierne, que la corrupción se normalice y que las promesas vacías sustituyan la rendición de cuentas. Por eso no nos indigna celebrar entre polleras mientras miles abren el grifo… y no sale agua potable.

