No es tan grande ni glamuroso como el de Nueva York, pero el barrio chino de Panamá tiene su propio encanto.
Es un pedacito de Oriente incrustado en el corregimiento de Santa Ana, que durante décadas ha luchado por sobrevivir. Allí donde el calendario tiene 13 lunas y donde el olor a pato asado impregna el ambiente, los viejos comerciantes no se rinden ante una época marcada por la tecnología y los centros comerciales.
Tampoco les importa que los edificios de la Carlos A. Mendoza empiecen a languidecer y que sus nuevas generaciones comiencen a partir.
Aurelio Chen, por ejemplo, ha sido testigo de las buenas y malas épocas del barrio donde ha estado durante los últimos 28 años. Es el dueño de Casa Chen, un negocio que es punto de referencia en la zona y que tiene toda la magia y el misterio de Asia.
BUENA PRIMERA
Sin aire acondicionado ni anaqueles lujosos, en la tienda de Chen se consigue desde semillas de lotus hasta las más exóticas porcelanas chinas. Por estos días, las puertas del lugar están vestidas con poemas en mandarín que hablan de mejores tiempos y una primavera feliz y próspera.
Tan próspera como en la épocas en que los chinos se dieron cuenta de que su fuerte no estaba en las faenas de la construcción del ferrocarril de Panamá y empezaron a sembrar hortalizas en las afueras de la ciudad para venderlas en el mercado. El negocio fue tan exitoso que se mudaron a las viviendas aledañas, y así el sector se fue llenando de abarroterías, restaurantes, lavandería y barberías. Así nació el barrio chino, ese que está entre la Avenida B, Salsipuedes, la avenida Eloy Alfaro y la calle Carlos A. Mendoza.
Todo eso está en la memoria de Chen, hijo de uno de esos migrantes que llegaron al país en busca de fortuna, a comienzos del siglo XX.
–¿Y qué espera del Año del Cerdo?
–Más seguridad para el barrio, dice Chen con voz amable y brillo en los ojos.
Seguridad es también lo que espera Manuel Chong, un joven de 25 años que trabaja en la rosticería Mey Mey, el negocio de su padre, que está a pocos a pasos del templo Yan Woo, donde se venera a Kuan Kung, que según la tradición popular china es el protector de los inmigrantes, Dios de los medicamentos y resuelve las dificultades. Chong hace parte del escaso grupo de jóvenes que queda en el barrio. La mayoría ahora está en El Dorado, donde los negocios florecen a medida que la comunidad crece.
Más adelante, en la peluquería Nueva China, Kelvin Choa espera el turno para cortarse el pelo. "El año nuevo está por llegar y hay que esperarlo como debe ser", dice mientras le sirve de traductor al dueño del negocio que se llama Chang, pero que asegura que a veces le llaman "Michel".
Las tijeras de Michel no descansan. Con la llegada del Año del Cerdo los clientes se multiplican. En las aceras del viejo barrio, donde hay entre 20 y 30 comercios, los transeúntes se toman su tiempo para escoger nabos frescos, que simbolizan buen augurio, los mejores pescados, para la abundancia, los fideos chinos para la larga vida y la cebollina para la eternidad.
Pero en la calle aún permanecen la Casa del Té, la Casa Juan Sui, el Nuevo Hung Sheng, el té del Dr. Wang, la mayorista Sung Wah, la Clínica del Dr. J. Chial, y otros, que se niegan a mudarse a El Dorado.
Aurelio Chen cree que el cerdo le traerá mejor suerte al barrio, tanto así que hoy espera con ansias al dragón que bailará frente a sus comercios para llamar a los buenos espíritus. Luego se despide con una frase occidental que incita a regresar. "Choi kin", (hasta la vista) y ríe.
