El 26 de abril de 1986 ocurrió lo impensable.
Durante una prueba de seguridad en la Central Nuclear de Chernobil –que años después se ha atribuido a desgano del personal– el núcleo del reactor 4 de la planta se sobrecalentó provocando la explosión del hidrógeno acumulado en su interior.
Según se ha sabido después, los trabajadores de la planta supieron que algo no estaba bien apenas una hora y 23 minutos después de empezar las pruebas. Cuando quisieron dar marcha atrás fue muy tarde; fuertes ruidos sacudieron el edificio donde estaba el reactor y una gran explosión hizo volar el techo de la instalación. Una inmensa nube radioactiva salió hacia la atmósfera y se esparció sin control sobre miles de personas.
Las grietas del sarcófago
Se supone que para el año próximo, 2008, los trabajos de sustitución del sarcófago en la planta nuclear de Chernobil deben haber terminado.
Esos fueron los cálculos que hicieron los expertos desde 2004, cuando empezaron los trabajos para sustituir el edificio gris que, desde 1986, intenta retener en su interior el calor mortal de una energía nuclear que fue 500 veces mayor que la liberada por la bomba atómica que los estadounidenses arrojaron sobre los habitantes de Hiroshima, en 1945, y que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.
Más allá de los temores inmediatos que genera el deterioro del sarcófago, el accidente de Chernobil sigue causando discusiones acaloradas y dudas importantes relacionados con los efectos sobre la salud de las personas que vivían en los pueblos alrededor de la planta.
En 2005, la Organización de Naciones Unidas adoptó el Informe del Fórum de Chernobil, en el que participaron más de 100 científicos, y en el que se estableció que hasta 4 mil personas podrían morir a causa de la radiación a la que se expusieron por el accidente.
En el informe, titulado La herencia de Chernobil: repercusiones sanitarias, ambientales y socioeconómicas, organizaciones como el Organismo Internacional de Energía Atómica, la Organización Mundial de la Salud, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Banco Mundial, entre varias otras instituciones, acordaron que hasta mediados de 2005 no llegaban a 50 "las defunciones atribuidas directamente a la radiación liberada por el desastre: casi todas esas muertes fueron de trabajadores de servicios de emergencia que sufrieron una exposición intensa y fallecieron a los pocos meses del accidente".
El estudio, por supuesto, ha sido cuestionado duramente. Quizás el grupo ambientalista Greenpeace ha sido el que más se ha opuesto al informe del Fórum, señalando que, lejos de las 4 mil víctimas reconocidas oficialmente, el accidente nuclear bien puede haber causado la muerte de al menos 200 mil personas, solo en las tres repúblicas ex soviéticas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
Pese a las notables diferencias en los números, lo cierto es que los casos de cáncer en la población afectada por la radiación ha aumentado en los casi 22 años transcurridos desde la peor catástrofe nuclear de la historia.

