Tres años bajo fuego: la vida de un panameño en la guerra entre Rusia y Ucrania

La Cancillería ha confirmado la vinculación de unos 30 panameños con la guerra entre Rusia y Ucrania. Rony González es uno de ellos y actualmente combate en las filas del ejército ucraniano.

Tres años bajo fuego: la vida de un panameño en la guerra entre Rusia y Ucrania
Rony González con las banderas de Panamá y Ucrania en su brazo. Cortesía

A sus 36 años, Rony González ha aprendido a medir el tiempo de otra manera. Lleva tres años y nueve meses en Ucrania, una parte importante de ese tiempo combatiendo junto al ejército de ese país. La guerra, dice, le cambió la forma de mirar la vida: antes pensaba en lo que haría al día siguiente; ahora piensa en el momento, porque “el día de mañana no está prometido para nadie”.

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Cuando se le pregunta cómo describe el campo de batalla, González no necesita demasiado tiempo para responder. Habla de una tierra “desolada”, impregnada por el olor de la pólvora y de cuerpos en descomposición. A lo lejos se escuchan disparos que no siempre permiten identificar dónde está el enemigo. También están los drones, los morteros y la artillería. “Cada paso que das para avanzar es como caminar descalzo en un camino lleno de espinas”, cuenta.

En ese escenario, dice, la muerte deja de ser una posibilidad abstracta. “Donde perder la vida es mejor que quedar herido”, afirma. Cada día que logra ver el sol trae consigo la incertidumbre de querer seguir viviendo. El mayor temor, explica, no es estar solo, sino enfrentar un asalto enemigo con vehículos blindados y apoyo de tanques. Incluso comer se convierte en una especie de recompensa: “Cada cucharada de comida es el alivio que llega a tu estómago y sacia tu hambre”.

Tres años bajo fuego: la vida de un panameño en la guerra entre Rusia y Ucrania
El panameño tiene tres años de vivir en Ucrania. Cortesía

González también recuerda la falta de condiciones básicas. Hay momentos en los que pasan meses sin poder bañarse. “No sabes qué huele más feo, un pedo o el olor que tiene tu cuerpo después de meses sin bañarte”, dice, con una crudeza que refleja la cotidianidad de quienes permanecen durante largos periodos en posiciones de combate. Para él, esa es la guerra: hambre, suciedad, incertidumbre y la necesidad permanente de identificar de dónde puede llegar el próximo ataque.

Su motivación

Llegó a Ucrania por decisión propia. González asegura que fue el segundo panameño en incorporarse al ejército ucraniano. Antes que él, dice, ya había otro panameño desde el comienzo de la guerra y asegura que todavía está vivo. No mantiene contacto personal con él, salvo por videollamadas. Su llegada, aclara, no ocurrió porque aquel compatriota lo convenciera: viajó por su propia cuenta.

Su historia tampoco comenzó, como se ha contado en Panamá, simplemente después de perder un empleo en una mina en Donoso. González explica que la decisión fue el resultado de varios años de dificultades para encontrar trabajo. Intentó emprender, pero las cosas tampoco funcionaron. A eso, según cuenta, se sumaron el desempleo, el aumento de la violencia y el crimen, y su percepción de que el Gobierno prestaba mayor atención a las discusiones políticas que a los problemas cotidianos de los ciudadanos.

En Ucrania también encontró una vida que no esperaba. Hace un mes se casó con una mujer ucraniana, después de un año de noviazgo. La conoció a través de un amigo ucraniano, quien le pidió que entregara un mensaje a su esposa. La mujer era vecina de quien hoy es la esposa de González. Así comenzó una cadena de mensajes que terminó acercándolos.

Tres años bajo fuego: la vida de un panameño en la guerra entre Rusia y Ucrania
Rony González y su esposa ucraniana. Archivo

Su esposa, cuenta, no parece interesada en el dinero ni en las ventajas que pudiera representar estar casada con un extranjero que combate en una guerra. Todo lo contrario. “Todos los días me ruega que deje este trabajo y que me quede en su casa”, relata.

Vivir entre drones y trincheras

La guerra le ha dejado también heridas. González asegura haber sido herido dos veces, por fuego de artillería, una granada y un dron. La experiencia que más recuerda ocurrió cuando su posición quedó completamente rodeada por el enemigo. Eran tres combatientes frente a unos 10 adversarios. Combatieron y lograron resistir.

González salió con una herida menor provocada por un fragmento de granada. “Muchas veces” ha estado cerca de la muerte, responde cuando se le pregunta por ello. “Quien no ha estado cerca de la muerte en una guerra no ha ido a línea cero”, sostiene.

No habla de cuántas personas ha matado. Dice que perdió la cuenta hace mucho tiempo y que no tiene permitido revelar esa información. Pero, sobre todo, afirma que no es algo que lo haga sentir orgulloso. “Al final del día solo cumplo con mi trabajo y defiendo un territorio que está siendo invadido”, explica. Sobre los combatientes del otro lado, evita hacer generalizaciones.

Su percepción de los ucranianos, en cambio, es distinta. Los describe como un pueblo unido, humilde y bueno. “Cuando te ganas su confianza eres uno más de ellos, no te miran como un extranjero, eres un hermano más”, dice. Él, que llegó desde Panamá y terminó incorporándose a una sociedad en guerra, asegura que ha encontrado allí una segunda casa. Por eso no descarta quedarse. Si la guerra termina, dice, le gustaría vivir en Ucrania.

Su vida cotidiana, sin embargo, ha cambiado a medida que también lo ha hecho su función dentro de las fuerzas ucranianas. Cuando estaba en infantería, las jornadas comenzaban preparando la mochila con municiones, granadas, cargadores y el fusil. Había que caminar 10 kilómetros o más para relevar posiciones. Una vez allí, el trabajo consistía en permanecer en un puesto de tiro u observación, atentos a cualquier movimiento enemigo. “Si ves o escuchas algo, primero disparas y luego avisas qué sucede”, cuenta.

Combates eternos

Los combates podían prolongarse durante horas y no siempre había tiempo para comer. En una posición de asalto, explica, los soldados llevan únicamente lo necesario para combatir. Deben recuperar posiciones tomadas por el enemigo, avanzar entre trincheras y edificios, revisar cada rincón y esperar después el relevo. Un herido puede tener que esperar hasta que termine la operación de limpieza. “Si eres de un grupo de asalto, debes llevar solo lo necesario: municiones y granadas”, relata.

Actualmente desempeña otra función vinculada a los drones. Su trabajo consiste en desplazarse en un vehículo blindado hasta un búnker, revisar las imágenes de las cámaras de los drones que vigilan al enemigo y esperar la orden para poner uno en el aire y operar el aparato contra un objetivo. Pero ni siquiera dentro de un blindado existe una sensación completa de seguridad. “Siempre debes estar pendiente de las cámaras y nunca pensar que el enemigo no va a llegar allí”, explica. Un blindado descubierto puede convertirse en objetivo de misiles o drones.

Los ascensos, cuenta, dependen del tiempo de servicio y de los méritos obtenidos en el campo de batalla. Sin embargo, el rango no siempre determina quién tiene mayor autoridad práctica. Según González, los soldados suelen escuchar más a quienes han ganado respeto después de participar en numerosas misiones. También existen periodos de descanso. Un soldado de infantería puede trabajar dos o tres meses seguidos y descansar uno, mientras que los operadores de drones pueden trabajar uno o dos meses y tener 15 días de descanso, aunque todo depende de la disponibilidad de personal para relevarlos.

González asegura que nunca ha tenido problemas con el pago. Ha escuchado, sin embargo, que algunos latinoamericanos destinados a otras unidades sí han tenido dificultades. Según su explicación, en algunos casos los problemas aparecen cuando los soldados se niegan a participar en misiones o a acudir al frente. También existen sanciones económicas por incumplir las normas, como presentarse borracho o con aliento a alcohol durante los periodos de descanso. “En Ucrania hay leyes y, si las sigues, todo irá bien”, afirma.

El campo de batalla no perdona

A Panamá lo extraña en cosas sencillas. No habla primero de grandes lugares ni de asuntos políticos. Habla del patacón y el chicheme de La Chorrera, donde está su casa. El año pasado regresó al país durante sus vacaciones, pero no cree que pueda hacerlo este año. “Las cosas están muy revueltas en Panamá”, dice. Desde miles de kilómetros de distancia, la guerra no ha borrado su preocupación por lo que ocurre en su país.

Por eso, cuando se le pregunta qué piensa de otros panameños que consideran viajar a la guerra entre Ucrania y Rusia, su respuesta no es una invitación. Todo lo contrario. Dice que es una decisión que no debe tomarse a la ligera y que cada persona debe preguntarse qué papel quiere jugar en la historia. “Si vienes por dinero, por el dinero morirás. Si vienes por convicción y ganas de ayudar, la vida así te recompensará”, afirma. Pero inmediatamente advierte: “No recomiendo a nadie venir. La suerte no es la misma para todos y el campo de batalla no perdona a nadie”.

Después de casi cuatro años en Ucrania, González dice que ya no ve la vida como antes. La guerra le ha enseñado a vivir en el presente y a entender que el siguiente día no está garantizado. Pero, a pesar de estar lejos, conserva una conexión con Panamá. “Adoro mi país”, dice. Y desde el frente de una guerra que ha marcado su vida, lanza su mensaje: “No es justo que hoy en día la corrupción esté destruyendo hogares y familias. Basta de políticos corruptos. Panamá quiere un cambio y es ahora”.

La Cancillería ha confirmado la vinculación de unos 30 panameños con la guerra entre Rusia y Ucrania y ha gestionado la repatriación de cerca de cuatro de ellos. La institución también ha confirmado la muerte de uno de los panameños, mientras que familiares han corroborado el fallecimiento de otros dos.


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