Panamá ha sido, en distintos momentos, un punto de encuentro donde América Latina se observa a sí misma. En 1996 y 2007 fue sede de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), dos citas que reflejaron las tensiones, transiciones y prioridades de un hemisferio en constante reconfiguración.
Ahora, en 2026, el mismo país vuelve a insertarse en la conversación regional, esta vez desde un escenario más complejo y globalizado, según analistas políticos como José Eugenio Stoute.
Los reportes de la época indican que en 1996 el continente aún cargaba las huellas de las dictaduras y los conflictos armados internos. América Central cerraba uno de sus ciclos más violentos con la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala, mientras otras democracias intentaban consolidarse entre instituciones frágiles y economías en ajuste. La democracia era, más que un sistema estable, un proyecto en construcción para la OEA.

En Panamá, ese proceso tenía su propia lectura. El país apenas transitaba los primeros años posteriores a la invasión de 1989 y buscaba estabilizar su vida política e institucional bajo el gobierno de Ernesto Pérez Balladares (1994-1999).
En ese contexto, la Asamblea de la OEA de 1996 en Ciudad de Panamá se celebró, según Stoute, en un país que intentaba proyectar normalidad institucional en medio de su reconfiguración democrática.
La región, al mismo tiempo, enfrentaba el avance del narcotráfico como amenaza transnacional. Colombia vivía la reconfiguración del crimen organizado tras la caída de los grandes carteles, mientras México comenzaba a experimentar un aumento sostenido de la violencia asociada a las rutas del narcotráfico. Panamá, por su posición geográfica, ya aparecía como punto estratégico de tránsito y vigilancia en estas dinámicas regionales.
La agenda económica también definía el momento. El continente avanzaba hacia la apertura comercial con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) en marcha y el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en discusión.
En Panamá, la apuesta era clara: consolidarse como economía de servicios, centro bancario regional y plataforma logística del hemisferio, una vocación que comenzaba a tomar forma con mayor intensidad en esos años.
Once años después
Once años después, en 2007, la región mostraba un nuevo rostro político. Gobiernos de orientación progresista en Sudamérica reconfiguraban el mapa ideológico del continente, mientras se intensificaban los debates sobre integración, soberanía económica y el papel de Estados Unidos en la región. La OEA intentaba sostener su papel como foro de equilibrio político en medio de esa diversidad creciente.

En Panamá, ese 2007 coincidía con un momento de expansión económica sostenida. El país vivía el impulso del proyecto de ampliación del Canal de Panamá, iniciado en 2006, que se convertía en símbolo de su proyección global. El gobierno de Martín Torrijos (2004-2009) apostaba por reforzar la imagen de Panamá como hub logístico y financiero, en un contexto de crecimiento del comercio internacional.
La Asamblea de la OEA de ese año puso sobre la mesa temas como energía, desarrollo sostenible y seguridad hemisférica, en un mundo todavía marcado por las secuelas del 11 de septiembre de 2001. Panamá, como sede, reforzaba su papel de puente diplomático y económico entre el Norte y el Sur, en un continente donde las tensiones políticas empezaban a multiplicarse.
Escenario complejo
Hoy, en 2026, el escenario regional es más fragmentado. América Latina enfrenta crisis migratorias, presiones del crimen organizado transnacional y fuertes polarizaciones políticas. Panamá, por su parte, se ha convertido en un punto crítico del corredor migratorio del Darién, donde miles de personas cruzan hacia el norte, convirtiendo al país en protagonista involuntario de una de las mayores dinámicas humanitarias del hemisferio.
En este nuevo contexto, para el analista político, la OEA sigue girando en torno a sus ejes clásicos —democracia, derechos humanos y seguridad—, pero bajo condiciones más inestables. Panamá, nuevamente, aparece en el centro del mapa: ya no solo como sede diplomática o hub económico, sino como territorio donde se cruzan las principales tensiones contemporáneas del continente.
En palabras de Stoute, esta Asamblea de la OEA se desarrollará en un contexto regional marcado por “un giro a la derecha” y por intentos de estabilización política en el continente, lo que, a su juicio, podría redefinir equilibrios de poder en la región.
Según señaló, la situación de Cuba continúa siendo un factor ineludible dentro del debate hemisférico, especialmente ante los cambios internos en la isla, mientras que los resultados electorales recientes en Colombia y Perú añaden nuevas variables al panorama regional.
En ese marco, Stoute considera que la reunión “será determinante y con consecuencias para el continente” en la agenda interamericana, al tiempo que plantea que Panamá podría reforzar su alineamiento estratégico con la administración de Donald Trump, en un contexto de reacomodos políticos en la región.

Agenda
La Asamblea General de la OEA se realizará como parte de una Semana de Alto Nivel que incluye una serie de reuniones multilaterales y actividades diplomáticas vinculadas al Bicentenario del Congreso Anfictiónico. La agenda inicia este domingo con la 31.ª Reunión del Consejo de Ministros de la Asociación de Estados del Caribe, presidida por el canciller Javier Martínez-Acha.
El lunes se conmemorará el Bicentenario del Congreso Anfictiónico con un acto en la Cancillería y la presencia de jefes de Estado y representantes regionales, seguido en la tarde por la apertura de la Asamblea General de la OEA en Atlapa.
La semana continuará con la Conferencia Ministerial de la Comunidad de las Democracias y el Foro de Líderes Globales, además de un cierre cultural en la Ciudad de las Artes.

