Un producto de una educación peligrosa

´Si sabemos quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios, nos convertimos en una amenaza para el poder establecido y las amenazas deben ser destruidas´.

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Ángel Ricardo Martínez presentó su primer libro ‘De Marruecos a Kenia’. Jazmín Saldaña. Ángel Ricardo Martínez presentó su primer libro ‘De Marruecos a Kenia’. Jazmín Saldaña.
Ángel Ricardo Martínez presentó su primer libro ‘De Marruecos a Kenia’. Jazmín Saldaña.

El viernes Ángel Ricardo Martínez, periodista y escritor, presentó el libro De Marruecos a Kenia, una recopilación de crónicas de sus viajes a África. Luego de agradecer a los presentes, sus palabras dejaron a su audiencia, además de admirada, comprometida. Este es un extracto de su discurso.

“En cinco años de periodismo he tenido la oportunidad de entrevistar a innumerables personas de todas las clases imaginables en muchos países. Solo hay una que realmente me duele no haber podido entrevistar: Howard Zinn, el gran historiador que se atrevió a contar la historia estadounidense desde el punto de vista de los oprimidos. Zinn, que murió hace 3 años y medio, dijo que ´la educación puede y debe ser peligrosa´.

Hoy, presentando un libro en esta extraordinaria feria, quiero invitarlos a reflexionar sobre la educación que le estamos dando a nuestra población. Porque quien les habla es un orgulloso producto de una educación peligrosa. Desde muy niño, mi madre alimentó los rincones más profundos de mi imaginación y mi conciencia social y política con lo mejor de la literatura universal. Es difícil creer en fronteras leyendo a Julio Verne o a Isaac Asimov. Es inevitable enamorarse del espíritu humano al conocer la vida de Alejandro Magno, Aníbal o los grandes generales romanos –Mario, Sila, César– que conquistaron el mundo. Y es imposible no convertirse en un rebelde leyendo a Huxley o a Orwell. Para algunos, esto es demasiado para un adolescente. Para mí, fue el inicio de una curiosidad insaciable por entender el mundo, de Finlandia a Brasil y de Alaska a Indonesia.

Quizás era inevitable convertirme en periodista. La idea siempre me fascinó, pero mi amor por las ciencias exactas se impuso y me convertí en ingeniero en electrónica y telecomunicaciones. Recuerdo la cara de mi padre cuando le dije, apenas terminé la carrera, que quería irme como voluntario a una ONG en Kenia. Recuerdo también haber abierto una cuenta de ahorros para irme a Nepal a enseñar inglés a los monjes budistas a cambio de los secretos para una vida más feliz.

Conseguí un trabajo en Panamá y, naturalmente, me empecé a aburrir. Y cada análisis, documental, cada página del New York Times, la Foreign Affairs que leía era un pasito más hacia la realidad: yo lo que quería era presenciar y escribir la historia del mundo.

Pero esta vida no se trata solo de cumplir los sueños propios; al contrario, la felicidad más grande la viví en Libia, cuando visité por segunda vez el campo de refugiados de Sidi Bilal, en las afueras de Trípoli, donde cientos de negros subsaharianos habían huido de la violencia y vivían aterrados por la discriminación y el maltrato al que los sometían los rebeldes, los nuevos amos de la ciudad. Vivían debajo de los botes de la antigua base naval, habían tenido que beber agua de mar. Durante el día, los rebeldes los llevaban a realizar trabajos pesados, sin ninguna paga. Esclavitud, para ser más claros. Y por la noche, los mismos rebeldes llegaban, les pegaban, les robaban y violaban a sus mujeres.

Nosotros fuimos la primera televisión en filmar Sidi Bilal; nos habíamos ido tras haber visto lo último de lo último, los ´nadies´ de la humanidad, los que no valen nada. Al día de hoy, no he podido olvidar lo que vi allí. Pero tuvimos la oportunidad de regresar y mostrarles los reportajes que habíamos hecho sobre ellos. Sus sonrisas, sus miradas y la esperanza en sus rostros compensa cualquier cosa. Fue ahí que entendí que los que tenemos techo, ropa, comida y libros tenemos el deber moral de trabajar por ellos. Por eso la educación debe ser peligrosa, porque al entender quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios nos convertimos en una amenaza para el poder establecido. Y las amenazas deben ser destruidas. Todos los periodistas lo sabemos. Pero a veces se nos olvida.

He pasado los últimos años lidiando con la incredulidad que causa mi trabajo. ¿Qué hace un panameño preocupándose por los africanos, los árabes, los hindúes o los tibetanos? Una pregunta difícil de responder. Quizás la educación peligrosa que me regalaron mis padres me impulsó a pensar sin fronteras, a considerar todos los sufrimientos humanos por igual, estén donde estén. El mundo enfrenta amenazas globales, como el cambio climático, que requerirán cada vez más un mayor conocimiento entre todas las razas, religiones y culturas. Pero además, hay tres razones particularmente importantes.

La primera es la existencia de hilos invisibles que nos unen a todos. Pocos panameños prestaron atención a la caída de Muammar Gadafi, quizás porque aún menos conocen la estrecha relación que mantuvo con la dictadura panameña y el rol que jugó el régimen libio en los peores momentos de nuestra crisis. El mundo está mucho, muchísimo más interconectado de lo que queremos creer.

La segunda es la facilidad con la que aceptamos que otros nos cuenten historias que podríamos experimentar directamente. Para muchos, es normal que la CNN o la BBC nos cuenten lo que pasa en cualquier rincón del mundo. ¿Por qué aceptamos que un británico nos explique la cultura africana? No tengo la respuesta, quizás porque en el fondo tengo miedo de terminar encontrándola.

Finalmente, hago lo que hago porque quiero este país, y me rehúso a aceptar que a Panamá, tal vez el país que más depende de los asuntos internacionales, le importe un comino el mundo. Porque además de ser ilógico es contraproducente. Después de haber logrado uno de los grandes triunfos diplomáticos de la Guerra Fría, nuestra decadencia a nivel internacional ha sido dramática y creo que estamos tocando fondo. Panamá es el único país que, albergando uno de los 10 puntos más estratégicos de la geopolítica mundial, vive en la indigencia diplomática. Y la culpa, que quede claro, no es de este gobierno ni del anterior ni del anterior, sino del deterioro social e intelectual que estamos experimentando como país. La culpa, en otras palabras, es de todos. En muchos aspectos, tengo la impresión de que el país funciona en piloto automático. En esas circunstancias, la ignorancia es un factor anecdótico del que, incluso, algunos se vanaglorian. Pero si las cosas cambian –y todo siempre cambia–, el precio a pagar puede terminar siendo altísimo.

Panamá necesita desesperadamente educación para volver a elevar la cultura de este país. Hoy quiero proponerles que además de dar educación, demos educación peligrosa. Enseñémosles a los jóvenes a atreverse y a nunca jamás darse por satisfechos. De lo contrario, les estaremos enseñando a conformarse, a aceptar el mundo como es. Y en estos momentos, eso es lo último que necesita este país”.

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