Intentando sobrevivir

Antes de iniciar un 'Survivor' deben conocerse las limitaciones físicas de todos: alergias, problemas cardíacos, etc.

Intentando sobrevivir
LA PRENSA/Víctor Arosemena

Nos encontrábamos listos para iniciar un Survivor , el último grito de la moda corporativa. Me explican que es un tipo taller de cuerdas extremo, que te ayuda a pensar y trabajar como equipo.

Hago mi checklist mental: no me han hecho firmar un release form; nadie me ha preguntado por mi estado físico o si sufro de algún problema de salud. Más que café y té, no se nos sirvió ningún alimento previo para comenzar. "Ergo, la experiencia no puede ser mala ni peligrosa", pensé.

Poco sabía yo que las siguientes tres horas las contaría entre las peores de mi vida.

La primera parte fue cansona, pero no espantosa. Competíamos mientras nos arrastrábamos bajo sogas, trepamos un muro de varios metros y conquistamos algunos cerros enlodados.

Luego de varias otras pruebas físicas, nos encontramos frente a una piscina. Uno del grupo debía cruzarla completa y regresarla. Me toca a mí ese reto.

El primer chapuzón es delicioso, pero no más había dado algunas brazadas cuando el cansancio de los últimos minutos hace mella. A mitad del recorrido me comienza a faltar el aire y empiezo a ver puntitos de colores.

Decido ir al borde de la piscina a descansar, ignorando los gritos de mis compañeros que apenas escucho a la distancia. En medio de la piscina, Dany, del otro equipo, nada con lo que a mí se me antojan poderosas brazadas, pero con claridad alcanzo a oírle decir una y otra vez "no puedo más, no puedo más.". Pero él sigue.

Pienso en mi equipo y lo desilusionado que debe estar de mí. Saco energías de donde no tengo y entre brazadas y flotadas termino el recorrido. Salgo y mis piernas parecen de gelatina, mi respiración es entrecortada y quiero vomitar.

No hay tiempo para recuperarse. Seguimos corriendo, y un trecho más adelante, otra piscina. Esta vez debemos meternos amarrados con flotadores e ir en grupo al otro extremo. Delante de mí, Jorge se tira al agua y se olvida que yo estoy amarrada detrás. Su impulso me lanza a la piscina, donde mi nariz golpea con fuerza el fondo.

Atontada por el golpe, trato de salir y no puedo. Empiezo a sentir que me ahogo. Afortunadamente, Jorge se da cuenta y tomándome del cabello me hala hacia afuera.

El estrés, el miedo y el cansancio pueden más, y reviento a llorar. Mis compañeros se apiadan de mí y me llevan arrastrada por toda la piscina.

Completada esta actividad, salimos todos con la ropa encharcada. Mi genial idea de usar blue jeans para evitar los mosquitos resulta morónica, pues ahora debo cargar con su peso mojado.

Entonces los guías nos señalan un escarpado cerro en medio de la vegetación. "Les toca subirlo", dicen. Antes de comenzar, nos enteramos que Dany no está con nosotros: se lo llevaron al hospital.

El agotamiento es grande cuando mi grupo finalmente llega al canopy. A mí no más me basta dar una mirada para que me entre un pánico familiar: le tengo pavor a las alturas. "No voy", digo con firmeza. El instructor intenta convencerme: "yo soy psicólogo. ¡vence tu miedo!". Yo le espeto que también sé de psicología y sé que así no se vence una fobia.

El tipo se cansa de pelear conmigo y finalmente me indica cómo unirme a mis compañeros. Nos vuelven a amarrar y seguimos caminando ya como zombis cuando repentinamente me veo sobre un puente colgante. Miro a mis pies y distingo el vacío. Repentinamente siento que el aire me falta. ¡Me ahogo! Es sin lugar a dudas un ataque de pánico típico de los fóbicos.

Veo negro a mi alrededor. No sé cómo mis compañeros me sacan de allí. A medias me recupero. Pasan otro puente colgante, que a Dios gracias han decidido no hacerme pasar. Seguimos caminando y trepando monte hasta que finalmente llegamos a nuestro destino final, todos encharcados, acalorados y moreteados.

¿Me sirvió de algo? En lo particular, no gané más nada que un tremendo dolor de cabeza producto del golpe en la piscina y el estrés psicológico, la nariz hinchada, un terrible dolor muscular, y mi ego bien, bien golpeado.

De trabajo en equipo pues presumo que algo se queda; pero más que eso, tengo la certeza de que nunca más seré obligada a hacer algo similar.

Conversando con amigos psicólogos sobre estas experiencias extremas, el consenso parece ser que no son para todos.


Última Hora

  • 03:42 Suben a 1,430 los muertos en Venezuela y llega maquinaria con esperanza de salvar vidas Leer más
  • 03:27 En Caracas parece que se vive el peor momento de la historia reciente tras los devastadores terremotos Leer más
  • 03:00 Quijano, el poder de un sueño Leer más
  • 03:00 El deber de contribuir  Leer más
  • 01:54 Colombia enfrentará a Ghana tras empatar con Portugal Leer más
  • 01:32 La maquinaria y rescatistas llegan a la zona cero de los terremotos de Venezuela  Leer más
  • 01:30 Los olvidados de río Indio Leer más
  • 01:15 ¿Aprenderemos algún día a reciclar? Leer más
  • 01:00 La langosta centroamericana: vigilar y prevenir más que infundir temor Leer más
  • 00:47 El rescatista mexicano de 80 años que atiende por tercera vez un desastre en Venezuela Leer más