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07 nov Juan Demóstenes Arosemena, el ocaso de un coloso

El estadio fue construido en 1938 a un costo de menos de $500 mil.

La nueva obra tiene una precio aproximado de $12 millones.

Así luce actualmente el estadio. Así luce actualmente el estadio.
Así luce actualmente el estadio. LA PRENSA/Ricardo Iturriaga

El Juan Demóstenes Arosemena murió hace años. De un santuario donde se respiraba béisbol pasó a ser un lugar sometido al aroma de la orina de perros, ratas y gente. Hay basura, muchos herbazales, y también culebras.

Su resurrección depende de la voluntad política de quienes gobiernan el país. Tan solo se necesita una firma que apruebe $12 millones para que lo derriben y construyan una versión mejorada de sí en el mismo lugar. Atrás ya quedó el Coloso de Cabo Verde, construido en 1938 y que costó menos de medio millón de dólares.

Atrás también quedó su majestuosidad, declarada en 2004 como monumento histórico. Ahora da miedo, pues su fachada simula una casa embrujada que socorre a indigentes por las noches. Es común erizarse antes de entrar al estadio, como si fuera una advertencia de que algo malo puede pasar.

Eligio y el Cabo

Con razón decía Eligio Cedeño Chong que ha visto ratas, perros y culebras que se pasean por el coliseo que pisó en una ocasión Derek Jeter, donde probaron a Mariano Rivera y se coronaron por muchos años los metropolitanos, que se jactaban de la inmensidad del Coloso de Cabo Verde.

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Juan Demóstenes Arosemena, el ocaso de un coloso

Cuenta Chong que allí vive “el Cabo”, un expolicía que se pinta de verde y recorre a diario las calles del Juan Demóstenes Arosemena. “Él supuestamente asesinó a su esposa y hermana, fue un caso muy famoso”, recuerda el chiricano de 85 años de edad, mientras espera su turno dominical.

El hombre sonríe al preguntar que sí por fin van a arreglar el estadio. “Vea, todo esto se inunda cuando llueve, no cambia nada”, agregó.

Chong cuida de las 10:00 p.m. a las 6:00 a.m. y dice que el Coloso de Cabo Verde se convierte en un centro de corrupción de noche y que de día ya los niños no juegan allí.

Por todos lados hay entradas, o mejor dicho boquetes en el cemento para penetrar a una selva casi intransitable que ha crecido donde antes jugaron los Yankees, los Dodgers de Brooklyn, donde peleó Ismael Laguna y se montaron algunos espectáculos musicales.

El corazón palpita rápido y los pasos se aceleran: un mal lugar para estar solo. En algunas partes huele mal, la humedad y la orina se mezclan y emanan un aroma que sale de pequeños charcos de agua empozada alrededor de algunos cartones que probablemente sirven de cama.

Calor y doble cena

En su entrada principal, donde se hace alarde de que fue la sede de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1938, hay personas que duermen y se beben unos tragos, a pico de botella del popular seis letras. Otros escapan del calor de verano bajo un pequeño árbol que disimula la desidia que hay adentro.

En el extremo izquierdo de esa fachada hay un club de dominó llamado Los Veteranos. Pasa casi inadvertido por la oscuridad que lo envuelve en la tarde, y por la rapidez de mis ojos que temen por su seguridad de entrar y preguntar si en verdad la doble cena se traquea o simplemente el juego está cerrado.

Afuera lo rodea un barrio calificado como área roja, donde hay personas que no olvidan los atardeceres y el brillo cegador de las torres -aún en pie y con sus transformadores- que alumbraban el mejor estadio de béisbol de Panamá, donde existió también la liga infantil más reconocida del país, Curundú.

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Juan Demóstenes Arosemena, el ocaso de un coloso

Sin embargo, no todo es malo. Unos pasos dentro de la fachada principal, donde la humedad golpea el olfato, las hormiguitas de la limpieza hacen bien su trabajo, es una batalla entre el bien y el mal donde pernocta el Cabo.

El Cabo es todo un personaje. “Siempre está haciendo algo y duerme aquí”, asegura Félix Antonio Mosquera, residente de Curundú que espera con ansias la construcción del nuevo coliseo.

Mosquera está desempleado y se refugia del calor sofocante de la mañana debajo de unos árboles en la entrada principal. Su aliento lo delata mientras cuenta que el Cabo no solo se pinta de verde, también lo hace de rojo y lo describe como un hombre de mediana estatura, sin cabello, que a veces viste con overall y que “no le hace daño a nadie”.

La realidad del estadio es que se mantiene así desde 2003, cuando se acondicionó para el torneo Preolímpico, rumbo a los Juegos de Atenas 2004. Después de eso se han dado desesperados intentos por resucitarlo, pero con agua, jabón y machete no es suficiente.

12 millones de dólares

Mario Pérez, subdirector del Instituto Panameño de Deportes, informó que el nuevo proyecto está en refrendo en Contraloría y que en las próximas semanas pudiera estar aprobado para que comiencen los trabajos.

El proyecto consiste en la restauración, diseño y construcción del estadio Juan Demóstenes Arosemena, con medidas que recomiendan las Grandes Ligas.

La capacidad de butacas solicitadas es para 7 mil personas y contará con dos dormitorios, salones de entretenimiento, oficinas, sala de reuniones, palco de prensa, entre otras especificaciones. La grama será natural y llevará un tablero electrónico. La obra, ubicada en el corregimiento de Curundú, también tendrá un cuadro de béisbol infantil.

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Juan Demóstenes Arosemena, el ocaso de un coloso

El terreno donde se construirá es de 3.2 hectáreas y contempla estacionamientos; rampas para discapacitados; acceso directo de ambulancias; un nuevo tablero electrónico con pantalla gigante; cubículos para la prensa; escaleras y ascensores en graderías y rampas; salón de conferencias; salón de la fama; dormitorios para jugadores, torres de iluminación con especificaciones de Grandes Ligas y un campo de juego demarcado con grama sintética.

Además, vestíbulos con sala de espera, jaulas de bateo, cuarto de árbitros, casetas de jugadores, club house, cocina, cafeterías, lavandería para jugadores, comedores, cuarto de videos, oficina de entrenadores y dormitorio para jugadores, entre otras mejoras.

Nada mal para un coliseo que espanta y que en la actualidad se ha convertido en cueva para las “demencias de los ‘piedreros’ por las noches”, como asegura Chong, que certifica que la doble cena sí traquea.

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