La nube de polvo escondió por un instante la tragedia. Frente a ella estaba Richard Allen Brook observando cómo la suave brisa de ese domingo develaba que el colegio secundario de Puerto Armuelles había sucumbido ante un poderoso temblor, el 1 de julio de 1979.
Ese día Richard había salido temprano de su casa en Río Mar rumbo al colegio, donde tendría una jornada de ensayo con la banda de guerra, era su primer año de estudios y quería rendirle tributo al colegio que estaba de aniversario.

Brook, ahora de 50 años de edad y con una hija, tuvo que correr para ponerse a salvo: justo donde él se encontraba la infraestructura de cemento no resistió y se derrumbó.
A las 3.38 p.m. del domingo 1 de julio de 1979 golpeó el terremoto. No era usual, el monstruo jamaqueba a Puerto Armuelles de izquierda a derecha, como lo hace un tiburón para desgarrar a su presa. No se podía caminar, las casas se movían, el reclinar de la madera se escuchaba, la tierra se levantaba, las vidrieras se rompían; la incertidumbre reinó. Luego vino la calma, momentos de reflexión, el susto había pasado solo por unas horas.
El pasado viernes se cumplieron 37 años de ese terremoto de 6.7 grados, que provocó la demolición del colegio y que 2 mil estudiantes perdieran clases por 17 días. A partir de ese instante los porteños preferían dormir en camas improvisadas a la intemperie, esperando el siguiente remezón.
Los daños ocasionados por el movimiento telúrico se estimaron en unos 2 millones de dólares y durante las próximas 24 horas se registraron 13 réplicas. Esa noche nadie durmió en la ciudad porteña en el occidente chiricano, donde todavía sigue temblando.
El pueblo, fronterizo con Costa Rica, lo habitaban en ese momento 50 mil personas, al menos eso decía un letrero a su entrada, justo donde está ahora el estadio Glorias Deportivas Baruenses, una desaparecida noria con aspersores de agua y una vieja bomba de gasolina.
Detalle
Cerca de ese lugar vivía Richard, un hombre de tez negra, fornido y que estuvo en el colegio justo cuando se vino abajo. El recinto escolar tenía dos grandes pabellones con 30 aulas, en forma de z. Detrás de estos edificios estaba un quiosco con una larga plaza techada donde se hacían los saraos, practicaba la banda de guerra y se daban clases de educación física cuando estaba lloviendo.
Después de unas cuantas horas de prácticas el temblor los sorprendió, nunca antes había sentido un movimiento tan fuerte, y ¡eso que acá siempre tiembla!, dijo. En ese instante hubo silencio, la voz del director, no recuerda su nombre lo interrumpió. Él gritó: nadie se mueva. ¡Qué va...yo fui el primero en salir corriendo, detrás venían los otros muchachos!.

"Vimos como se quebró el colegio y se cayó". "Fue rápido, estruendoso, el polvo nos tapó la visión". El colegio se derrumbó herido de muerte, justo donde Richard practicaba. Los pensamientos de tragedia y muerte llegaron a su mente. "Yo puede haber muerto debajo de ese montón de cemento".
No había más nada que hacer, Richard subió a su bicicleta y recorrió varias calles de Puerto Armuelles observando en ese momento algunas vidrieras rotas y gente en la calle asustada por el remezón. Ese día se suspendieron de inmediato las actividades sociales y deportivas, el lunes siguiente no hubo clases.
Decisión
Su bicicleta, uno de los medios de transportes preferidos de esa época, lo llevó hasta su casa. Esa noche sus hermanas y su mamá no durmieron dentro de la casa, pese a que estaba intacta.
Gustavo García de Paredes, ministro de Educación en ese entonces, viajó a Puerto Armuelles a evaluar los daños en las instalaciones escolares. Su primera decisión fue el traslado de la matrícula estudiantil a los planteles primarios.
La Petroterminal de Panamá, otra de las empresas que movían la economía porteña en 1979, tuvo que cerrar operaciones por una semana para reparar cuatro conductos que se dañaron. Se descartó una posible contaminación marina por la rápida acción que realizó la compañía al recoger aceite que cayó al mar. La Chiriquí Land Company, el consorcio bananero de mayores operaciones en el área, tampoco sufrió grandes daños. El muelle donde se embarcaba la fruta pasó la prueba.
Las clases se reanudaron 17 días después en las escuelas primarias de la corregimiento. A Richard le tocó viajar en su bicicleta a la Tomás Armuelles, un centro escolar en el barrio El Carmen que era de madera vieja pero que aguantó el temblor.
La economía del puerto
La Chiriqui Land Company (CLC) y la Petroterminal de Panamá movían la economía del puerto. La primera se dedicaba a la explotación y comercialización del banano; además, le daba tranquilidad social a los porteños, quienes recibían casa, luz eléctrica y agua gratis. Petroterminal una megaobra petrolera que se encargaba del trasiego de petróleo entre el Pacífico y el Atlántico.
En 1979 Puerto Armuelles era la capital del banano; a la región se le considerada una de las más grandes exportadoras de la fruta. Se respiraba tranquilidad, la economía estaba a su máximo nivel, el comercio florecía.

En el aeropuerto se escuchaba temprano cómo los aviones salían a fumigar las grandes plantaciones de banano, donde miles de porteños trabajaban en las diferentes facetas para cosechar la fruta.
Antes de la salida de los aviones, muy parecidos a los que se usaban en la Segunda Guerra Mundial, sonaba un cacho (sirena), que alertaba que otro día estaba por comenzar; era el momento para que Faustino Carmona se levantara, un trabajador del muelle, ahora de 72 años edad.
Puerto Armuelles despertaba temprano. Un tren amarillo llegaba al centro cargado con personas que buscaban atención médica y traía estudiantes, recuerda Carmona, quien revela que sus quincenas eran de mil dólares en 1979.
Carmona responde pausado: "Ese año un vendaval acabó con las plantaciones de banano, pero un año después ya Puerto se había repuesto", agregó.
En las fincas se cultivaba el banano. La fruta era traída en trenes, que no sabían si era de día o de noche. Arriba de ellos siempre habían hombres con linternas, que se le conocían como brequeros, su conductor pasaba inadvertido dentro de una enorme máquina que a veces jalaba hasta 20 vagones, todos cargados de la fruta.
Esas máquinas de hierro recorrían el pueblo -algunos murieron bajos sus ruedas- hasta llegar a un gran estacionamiento ferroviario, esperando su turno para desembarcar la bruta en enormes barcos que se mecían en un puerto de madera.
Las cajas llenas con el oro verde había que cargarlas en hombros al barco, muchas de ellas caían y eran desechadas.

Algunos privilegiados vivían en barrios en los que tenías derecho a un club social, con un campo de golf, piscina, con opciones de ir a escuelas en Estados Unidos y cuidados.
Lo que hoy es conocido como Puerto Armuelles, en sus inicios era llamado Rabo de Puerco, debido a la cría de puercos, plátanos, yuca y bananos que tenía Eliseo Serna, considerado uno de los primeros moradores de Puerto Armuelles.
Entre los temblores más recordados en esta región está el del 18 de julio de 1934, denominado terremoto de Puerto Armuelles, de 7.6 en la escala a de Ritcher y el del 25 diciembre 2003, de 6.5 grados, que dejó dos muertos y 600 familias afectadas.
En Puerto Armuelles, donde el colegio de volvió a construir se cemento y de una planta, se duerme esperando el siguiente remezón, dice Carmona.





