Compinches

Caín destruye a su hermano. Es su sino. Al robot se le instruye: no dañe a ningún ser humano; al contrario, ayúdelo, y en esta época hasta en insospechadas tareas, y que conserve y modifique para mejor su existencia. Caín resucita en el Gran Hermano y se encompincha con él. Dios los cría y ellos se juntan.

No existe solidaridad en Caín, sino interés en destruir. Narcotráfico y lavado financiero: esa es su fortaleza. En un afán de engrosar las arcas del Gran Hermano y sus allegados, se crea el Ministerio de la Felicidad (para ellos), mediante el cual decretan multas contra los aborígenes que ingresen a la urbe. Las cuantías son diferenciadas según la etnia de procedencia del forastero.

Ante la mirada desafecta de los agentes de la Felicidad, el forastero es obligado a entregar los llénate que había recogido por la venta de legumbres cultivados por él en una finca de las tierras altas, donde soplaba la brisa fría que muchos envidiaban en la embotellada urbe.

Defensores de la cámara le explicaron al forastero de la necesidad de esa iniciativa, de la que la comunidad se beneficiaba con el 50% de la recaudación.

Una cantidad suficiente para suplir las medicinas requeridas en hospitales. El 50% restante se distribuía en forma equitativa y honesta entre los dueños del servicio.

El Gran Hermano aplica la imposición recogiendo los impuestos, y además coloca una cámara en cada hogar para extasiarse de cuanta intimidad pueda captar. El Gran Hermano es un sabelotodo, y esa es su satisfacción. Le sirve para sobrevivir, pero, sobre todo, le deleita.

Legiones de defensores del Gran Hermano aportan su tiempo y sus energías para que él consiga el éxtasis que es atesorado por esa tribu, que abriga códigos puros de alienígenas ancestrales.

Caín se desvive en alegrías con el devenir de sus sucesores, y los esclavos de ellos empiezan a convencerse de que los desembolsos para ingresar a la urbe no son para morirse, pues a ningún aborigen se le exonera.

Viéndolo bien, no son terribles esos 80 llénate que se han entregado a la Felicidad. Los propios agentes, mapa en mano, le indican que colegas de ellos están en ese momento en otros sitios trabajando para el Ministerio de la Sangre, que en forma exclusiva se encarga de sustraer hemoglobina sana de los transeúntes.

El abordaje es hasta cierto punto pacífico. Peritos se apostan en centros comerciales y otros lugares de multitudes y seleccionan a los candidatos.

Al agraciado le rocían orégano con chile 100 importado de Tabasco. No objeta entregar sus pintas de sangre, que son llevadas a los hospitales públicos.

La empresa proveedora pasa la factura al hospital y, en un santiamén, se autoriza la compensación. El 70% corresponde a la comunidad y el 30% a la compañía, que ha reclamado la cuantía, menor que aquella que cobra el Ministerio de la Felicidad.

Otros ministerios estaban empeñados en llegar a acuerdos con compañías que se ganan una plata para castigar a los tiradores de desechos desde los vehículos, los flatulentos profesionales y los vagabundos descarados.

En el Callejón del Gabinete de Cocina hubo muchas trifulcas, incluso amenazas con toletes, por los desacuerdos en torno a cómo se cobraría a los vagabundos y cómo se determinaría si eran descarados o no.

Una opción es que la multa no la amortizaría el propio vagabundo, sino quien tirara en los depósitos de las aceras desechos que pudieran alimentarlo.

Las cuantías no serían tan altas, ya que era una responsabilidad indirecta. Decenas de socios habían declinado, en forma amable, asumir estos ministerios considerados pobres. Estaban hasta condenados a desaparecer, como una que otra sala de la magistratura.

El Gran Hermano, con tantas cámaras apostadas en la urbe y aquellas orientadas para recoger el clima de cada habitación de hogar, sabe qué hace cada quien, y esa es otra ganancia del sistema.

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