En un espacio de 300 metros en Gamboa, el vuelo de las mariposas traza caminos delirantes de colores. La armonía de los trinos y una caída de agua dulce hacen de la estadía en la granja insectaria del lugar una experiencia revitalizadora.
Justo en este terreno, los estadounidenses instalaron un campo de tiros, pero ahora la vegetación cubre los vestigios de ese pasado y las mariposas risueñas se alimentan a su ritmo con caldo de guineo fermentado o néctares de flores, mientras posan sin prisa hasta completar su misterioso ciclo de vida.

Son apenas 130 días suficientes para que la vida de una mariposa se complete desde que sale de un huevo, se convierte en larva, luego en crisálida y finalmente en adulta apta para volar y reproducirse, resume José Soto, director de actividades, quien suele instruir a los visitantes bajo una carpa de polisombra que resguarda la convivencia pacífica de las aladas en Gamboa Rainsforest Resort at The Panamá Canal.
Aunque algunas, dependiendo de la especie, solo vuelan durante un día; otras revolotean por los aires hasta ocho meses, indica Soto en el reservorio que alberga 300 especímenes.
Antes de atravesar el sendero calizo entre arbustos, tallos y bejucos, todo visitante debe conocer las tres fases previas que completan la metamorfosis de toda mariposa, a fin de preservar y respetar el frágil ciclo de vida del admirado insecto conocido en el mundo científico como lepidóptero.
Es que en una hoja puede haber esferas microscópicas recién depositadas, gusanos gamuzados devorando el verdor o una crisálida (capullo) simulando ser una hoja seca a punto de desprenderse de una rama, para lo cual hay que estar alerta en no interrumpir (por muy angustioso que parezca) la culminación de las etapas, que darán como resultado las esplendorosas mariposas.

Contribución
Hay un único sitio donde el ‘tigre’, el ‘búho’ y ‘Julia’ conviven sin temerse uno al otro. Son los nombres que corresponden a apenas tres de las 16 mil especies de mariposas que abundan en el país, y que son cultivadas en el jardín Butterfly Haven, ubicado en el campestre Valle de Antón.
Sin embargo, la reina de ese paraíso de insectos es indudablemente la mariposa morpho azul, que al emprender el vuelo sus alas destellan un color cielo metálico, que encanta a la vista y que utiliza como escudo en el reino animal para encandilar a sus posibles depredadores.

Jon Owen, un estadounidense jubilado, lleva a la mariposa muy cerca de su corazón, bordada en su suéter como insignia del jardín del que es dueño, y que ideó hace año y medio luego de formarse en Costa Rica.
Owen conoce como la palma de la mano a cada mariposa que pasa frente a su nariz, con solo avistar su color y el tamaño.
Así señala a la malaquita (Siproeta stelenes); a la gigante swallowtail, al referirse a aquella que saca la lengua para protegerse; a la albaricoque sulphur (Phoebis argate) cuando ve danzar a la amarilla; a la mexicana alas azules (Myscelia cyaniris) o a la escurridiza de alas transparentes, Oto Greta, entre otros 300 especímenes que deambulan en forma de nubes en el jardín de 145 metros, cuya estructura se asemeja a un invernadero.


En Butterfly Haven trabaja como guía bilingüe Cleovis Pérez, un lugareño que se dedica a transmitir el conocimiento acerca del fascinante ciclo de vida de las mariposas a cuantos niños y adultos lleguen al lugar.
Pérez está convencido de que su labor trasciende, puesto que muchos ignoran la importancia de un insecto, capaz de comer tanto que si fuera un humano devoraría 700 hamburguesas y crecería hasta alcanzar la medida de un bus colegial.

Para que haya mariposas, primero deben existir las plantas, advierte Pérez, que en su charla educativa convida a sembrar en casa plantas como el hinojo, la penta, la verbena y la lantana. Especies que han sido mal llamadas “malezas”, y su eliminación hace más escasas las flores donde las mariposas puedan obtener alimento.
Condiciones favorecedoras
Dentro del invernadero, dispuesto con techo para no arruinar el paseo, incluso si llueve, mariposas como la búho son el mejor ejemplo de cómo suelen defenderse de los peligros en su hábitat. Pérez la sostiene mientras muestra su par de ojos, que simulan los de un búho y, a su vez, como si se tratara de un tatuaje, en un extremo de sus alas se pueden distinguir la forma de los ojos y la nariz de una serpiente. Ambas figuras, que se observan cuando está en reposo, pueden espantar a cualquier invasor.

El proceso para llegar a ser
El devenir de la mariposa es una constante lucha contra el tiempo desde que es un huevo, luego se convierte en una larva que comerá toda hoja por dos meses, para posteriormente descansar enrollada dentro de un capullo.

Su transformación de estructura gelatinosa a voladora supone un acto de supervivencia. La mariposa en estado de pupa debe forzarse a salir de un caparazón (crisálida) en 40 minutos, sosteniendo su cuerpo con las patas delanteras, e inflarse con un líquido que guarda en su abdomen. Si es hembra, probablemente un macho estará esperando a que alce su primer vuelo para danzar, luego aparearse con ella y así dar continuidad al ciclo de la vida.
Si bien los depredadores y los infortunios en su complicada forma de vida son una constante, Pérez agrega que la acción humana puede ser más destructiva para las mariposas, con el uso de pesticidas y la devastación de la flora.

