MADRID, España.– No lo tuvo fácil el rey que ahora abdica en su largo trayecto hacia el trono. Tutelado en su educación desde muy joven por el dictador Franco y, en definitiva, designado también por él como su sucesor, reivindicó su legitimidad impulsando la Transición a partir de noviembre de 1975 y, sobre todo, con su papel en el frustrado golpe de estado de 23 de febrero de 1981.
Desde esa fecha y por muchos años, la institución monárquica supo permanecer al margen del debate político y casi nadie se atrevió ni a cuestionarla ni a dudar de su papel integrador.
Sólo muy recientemente empezó a romperse un pacto no escrito, pero generalmente respetado, que blindaba al Rey del escrutinio público y de la investigación periodística.
Los últimos años han sido duros. La torpeza de don Juan Carlos con sus asuntos privados, tanto económicos como sentimentales, cacería de elefantes en África incluida. Los abusos en nombre de la institución realizados por los maridos de sus hijas, sobre todo de Iñaki Urdangarin, inmerso en un proceso judicial de complicado final y en el que ha estado enredada su mujer, la infanta Cristina. Y, por último, su deteriorada salud, estaban agotando su crédito personal y la credibilidad de la propia monarquía. Y todo ello en un tiempo en el que cada vez es más difícil comprender y asumir los cargos hereditarios, y en un país al que se le arrebató la república en 1936 con un golpe de estado militar y una sangrienta Guerra Civil, pero que sigue conservando un gran sentir republicano.
Por eso no sorprende el momento elegido para el cambio. Después de unas elecciones europeas, aprovechando unos meses de calma en torno a la institución y la aparente mejoría de salud de don Juan Carlos, que incluso ha redoblado sus viajes oficiales. Y utilizando en las últimas semanas la disculpa del décimo aniversario de la boda de don Felipe y Leticia Ortiz para dibujar el semblante de una familia moderna, estable, feliz y sobradamente preparada para dar el salto a la jefatura del estado. Era la ocasión, a partir de aquí el escenario del relevo sólo podía ir a peor.
Pero no lo va a tener fácil el que será Felipe VI tras su coronación. Con 46 años y una vida dedicada a la formación con el único objetivo de llegar a reinar, se enfrenta a una España llena de incertidumbres. La situación económica de muchas familias es crítica después de un lustro largo de malas noticias y sacrificios. El paro, sobre todo el juvenil, parece no tener solución cercana. Los dos grandes partidos que han alternado en el poder (el Popular, conservador, y el Socialista) empiezan a tambalearse ahogados en el fango de la corrupción y, en el caso de los socialistas, la incapacidad para regenerarse. El nacionalismo catalán ha abierto la espita de la independencia, con un proceso que hoy parece difícil de frenar. Y en el País Vasco, casi resuelto el problema del terrorismo de ETA, se abrirá el mismo proceso en cualquier momento.
En este contexto tan inquietante, no ha extrañado a nadie que las formaciones más radicales se hayan lanzado tras el anuncio de la abdicación a pedir un referéndum sobre la forma de estado. Pero es muy improbable que esto suceda.
Felipe de Borbón será rey y le acompañará su esposa, Letizia Ortiz Rocasolano, que un día no tan lejano fue conocida periodista de televisión y hoy se ha convertido en la pieza de todo el engranaje que más acerca la institución a la realidad. No es un secreto, pero tampoco es muy público, el empeño y el tiempo que durante todos estos años de espera ha dedicado la pareja a acercarse a grupos de ciudadanos de su generación. Una estrategia de búsqueda de complicidad a través de la relación más próxima y el intercambio de intereses. Pero es difícil calibrar el efecto de este esfuerzo. De momento las encuestas no son muy halagüeñas y desde 2011 maltratan a la monarquía, cuando antes era una de las instituciones mejor valoradas.
España se enfrenta en los próximos años a grandes retos y Felipe de Borbón está ante la oportunidad de pasar a la historia como ese rey, que sin tener poder ejecutivo (que la Constitución española no le da), supo ayudar a solucionar los problemas del país, incluso a costa de renunciar a sus intereses personales.
