Janaina y Amit habían ido a Nepal a la boda de unos amigos. Llegaron procedentes de Hong Kong —donde residen— unos días antes del enlace para hacer turismo por el país y practicar senderismo en la región del Himalaya, uno de esos lugares que cualquier aficionado a esta disciplina tiene señalado en el mapa.
Un corto viaje en avión les trasladó de Pokhara hasta Katmandú, donde asistieron a la boda de sus amigos, que duró tres días. El domingo por la mañana, ese domingo 25 de abril, Amit, originario de la India, preparaba la maleta en la habitación del hotel mientras Janaina, su esposa panameña, trabajaba en una computadora en el bar, ubicado en la planta baja. “De repente, todo empezó a temblar. Fue realmente fuerte. Duró 30 segundos. Vi cómo se movía el edificio, los árboles... Pensé que se acababa el mundo”, contó a La Prensa esta panameña, que como el resto de turistas que estaba en el lugar se tiró al suelo en un patio del hotel durante esos 30 segundos eternos.
Janaina Tewaney
Acababan de vivir un terremoto de una magnitud de 7.8, cuyo epicentro se ubicó entre Pokhara y Katmandú, en un lugar que probablemente habían sobrevolado en su trayecto hacia la capital nepalí unos días antes. El seísmo, que se sintió en la India, Pakistán, Bangladesh y la región china de Tíbet, dejó más de 8 mil fallecidos y 15 mil heridos.
Después del primer movimiento de tierras, sintieron nuevos temblores. En 30 minutos hubo nueve fuertes réplicas que debilitaron aún más las frágiles infraestructuras del país. Se fue la luz, el agua y no había internet para comunicarse con las familias. Unas granolas, de esas que llevan las mujeres precavidas, fueron los únicos alimentos que la pareja y algunos de sus amigos pudieron echarse a la boca en todo el día. Pasaron la noche a la intemperie en un patio, cubriéndose del frío con sábanas y mantas que facilitó el personal del hotel.
Al día siguiente, lunes, partieron hacia el aeropuerto. En el trayecto pudieron constatar la crudeza de la catástrofe: edificios destruidos, calles rotas y levantadas, y cremaciones de cadáveres componían la escena que presenciaron.
Ya en la terminal, cuando hacían fila para recibir su billete de avión, se produjo una nueva réplica. “Estaba lleno de gente, todo el mundo empezó a correr en estampida. Estaban aterrorizados. Los abanicos se movían de un lado a otro y teníamos miedo de que nos cayeran encima”, relata Janaina.
El aeropuerto fue cerrado al tráfico aéreo. Podían entonces regresar al hotel, en el que ya no tenían habitación, o acampar en el aeropuerto. Optaron por la segunda alternativa. Pasaron el control de seguridad y se instalaron fuera de la terminal, cerca de la misma pista de aterrizaje a esperar la llegada de su avión.
Solo India, China, Pakistán y Bangladesh tenían aviones oficiales en ese momento y estaban evacuando a sus nacionales, con prioridad para niños, ancianos y heridos. Así que, sin mucha esperanza, se apuntaron en la lista de espera para ser evacuados.
Poco después cambiaría su suerte. El primer vuelo comercial que aterrizó en la pista era de la aerolínea hongkonesa que les había llevado a Nepal. La gente rompió a aplaudir. Se aproximaron a pie al avión y finalmente consiguieron un espacio en la aeronave que les llevaría de vuelta a casa.
En ese momento se mezclaron las emociones. En principio, Janaina sintió “alivio y felicidad” porque regresaba a Hong Kong, pero también una sensación de tristeza. “El ser humano intenta salvar su vida primero, pero había mucha miseria en Katmandú. Me daba dolor que ellos nos veían como los turistas que solamente querían irse. Me hubiera gustado ayudar algo pero no pude. No tenía comida ni para mí misma. Uno solamente se da cuenta de lo importante que es la ayuda humanitaria cuando te toca pasar hambre y te llega esa ayuda”.
De regreso en su hogar, convencida de que volverá a Nepal, todavía ignora el destino de las personas que conoció en aquel valle en el corazón del Himalaya. “Yo hice amigos en Pokhara y no sé si están vivos”, se pregunta.



