CASCO ANTIGUO

El Teatro Nacional baja el telón debido a la desidia

 La construcción de esta estructura comenzó en 1904 y cuatro años más tarde, en 1908, fue inaugurada. Tiene capacidad para 853 personas.

El Teatro Nacional, uno de los edificios más emblemáticos del Casco Antiguo, en el corregimiento de San Felipe, afronta problemas en su infraestructura. La obra fue concebida por el arquitecto Genaro Ruggieri con un estilo de teatro de opereta italiano.  El Teatro Nacional, uno de los edificios más emblemáticos del Casco Antiguo, en el corregimiento de San Felipe, afronta problemas en su infraestructura. La obra fue concebida por el arquitecto Genaro Ruggieri con un estilo de teatro de opereta italiano.
El Teatro Nacional, uno de los edificios más emblemáticos del Casco Antiguo, en el corregimiento de San Felipe, afronta problemas en su infraestructura. La obra fue concebida por el arquitecto Genaro Ruggieri con un estilo de teatro de opereta italiano. LA PRENSA/Roberto Cisneros

El Teatro Nacional pasó de ser la casa de la cultura en el Casco Antiguo, corregimiento de San Felipe, a un edificio frío y oscuro.

Hace cuatro meses que las autoridades del Instituto Nacional de Cultura (Inac) anunciaron su cierre, debido a que sus paredes y losas presentan deficiencias estructurales. Se trata de un inmueble “enfermo”, llamado así por ingenieros y arquitectos.

Ahora, la nostalgia embarga a personalidades del teatro, la ópera y el ballet, quienes recuerdan que allí se consagraron artistas nacionales e internacionales.

“El Teatro Nacional es de todos y es muy triste lo que está pasando”, sostiene Josefina Nicoletti, una bailarina profesional que hizo su debut en esta estructura neoclásica en 1953.

En aquel momento se cumplía el cincuentenario de Panamá como República y le tocó formar parte de la obra La Cucarachita Mandinga cuando fue llevada a ballet, acompañada por la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el maestro Herbert De Castro.

Para Nicoletti, el Teatro Nacional es el hogar por excelencia de las bailarinas de ballet y le “duele” que haya llegado a esa condición. “Yo le ruego a las autoridades que le presten un poquito de atención”, subraya.

De hecho, menciona que desde su apertura el 1 de octubre de 1908, este edificio situado en el corazón del Casco Antiguo acogió a personalidades foráneas, que a su vez dejaron una huella en escena.

Tal fue el caso de Anna Pavlova, famosa bailarina rusa de ballet , que a comienzos del siglo XX enamoró al mundo con La muerte del cisne. 

Por el Teatro Nacional también pasó Margot Fonteyn, distinguida bailarina británica, considerada la mejor del ballet clásico de su tiempo y quien vivió sus últimos años en Panamá.

 

 

Cuenta la historia que en 1924, durante el mes de enero, el escenario del teatro fue ocupado por la Orquesta Nacional Rusa. Sin lugar a dudas, en términos de prestigio este era el sitio cultural por excelencia de Panamá.

Pero los años transcurrieron y mientras el Teatro Nacional era el recinto para engendrar a grandes actores, bailarines y músicos, su estructura comenzó a deteriorarse.

La última vez que se realizaron trabajos de restauración en el inmueble fue durante el gobierno de Mireya Moscoso (1999-2004); es decir, hace más de 10 años.

Algunos arquitectos, como José Batista y Gerónimo Espitia, coinciden que la “falta de mantenimiento” durante los últimos años pasó factura al inmueble.

El teatro tiene capacidad para 853 personas, distribuidas en anfiteatro, platea, dos pisos de balcones, foso para la orquesta y una galería. 

Espitia considera que si todos los años se hubiese aplicado un plan de reparaciones al edificio, nada de esto estuviera pasando.

FUTURO INCIERTO

A esta administración le correspondió cerrar el teatro al público. La decisión fue anunciada en junio pasado por la entonces directora del Inac, Mariana Núñez, quien recientemente fue reemplazada por Juan Francisco Guerrero, tras cambios realizados por el gobierno.

Cuenta Guerrero que esperan el refrendo de un contrato por más de $50 mil, para que la Universidad Tecnológica de Panamá lleve a cabo estudios técnicos en toda la estructura. Esa evaluación tendría una duración de unos tres meses.

Luego de esta investigación, levantarían un pliego de condiciones para la elaboración de los planos que darían paso a la restauración del edificio. Solo esta fase costaría $500 mil.

Una vez se cuente con esos planos en 2016, Guerrero explica que buscarían los fondos para las reparaciones, cuyo costo superaría los $10 millones. Esa es la fase más difícil del proyecto, reconoce.

El Inac tiene a su cargo 46 edificios, entre museos, teatros y centros educativos, y en 2015 recibió $20 mil para su reparación y mantenimiento. Incluso, las autoridades de la entidad solicitaron para 2016 un presupuesto de $95 millones y les aprobaron $40 millones. 

Sin embargo, Guerrero es optimista y cree que el panorama mejorará y podrá reparar el sonido del lugar, los acondicionadores de aire y adecuar el plafón de manera que pueda brillar como aquel 1 de octubre de 1908, cuando fue inaugurado con la puesta en escena de la reconocida ópera Aida.

“La idea es que nos dure 100 años más y lamentamos mucho que esté cerrado al público”, manifiesta.

Hasta el momento, la entidad no se atreve a dar una fecha exacta sobre la reapertura del centro.

Esta situación inquieta a María Elena Mena, directora de la Escuela de Artes Teatrales de la Universidad de Panamá, quien plantea que desde hace años se hacía necesaria una modernización del sitio.

“Como todas las estructuras del patrimonio nacional, fue abandonada”, denuncia.

Mena no olvida cuando se presentó en ese escenario. Fue su orgullo, ya que estaba en la “máxima casa teatral” y mantiene vivo el instante en que subió el gran telón.

Eran ella, el público y las luces. El mundo giraba a su pies en medio de un festival de artes escénicas. Admite, sin embargo, que ya se veían algunos daños por la poca atención que se le prestaba al mejoramiento del lugar, diseñado por el arquitecto italiano Giusseppe Ruggieri.

“Este edificio debe restaurarse a su máxima expresión y adecuarse a las demandas de los espectáculos del momento”, recomienda.

GÉNESIS

El historiador Rommel Escarreola manifiesta que cuando se inició la República en 1903, el gobierno conservador de Manuel Amador Guerrero sentó las bases de un proyecto nacional de cultura y eso implicaba la creación de nuevas estructuras.

“La educación estaba estancada, no había bibliotecas y la mayoría de la población era analfabeta”, cuenta.

En medio de ese panorama, argumenta Escarreola, se contempló la construcción del Teatro Nacional como una joya arquitectónica. 

Precisamente, en 1904, mediante la Ley 52 de ese año, se ordenó la construcción del teatro y se comisionó a Ruggieri para el diseño de los planos, tanto del Teatro Nacional como del Palacio de Gobierno (hoy Ministerio de Gobierno).

Para el historiador, la condición actual del teatro es responsabilidad de las autoridades, porque cree que para garantizar su conservación “ni siquiera” se debe pelear por un presupuesto, tomando en cuenta que le produce al país embajadores culturales.

“No hay excusa para que este sitio esté así, como tampoco hay excusa para que el Instituto Nacional también presente deterioro”, agrega.  

El Teatro Nacional ocupa, junto con el Palacio de Gobierno, el lote perteneciente en la época colonial a las monjas de La Concepción.

ALGUNAS REPARACIONES

Se pudo conocer a través de reportes de entidades relacionadas con la cultura, que a este inmueble le hicieron reparaciones en 1941 y 1950. Después de 1970 empezó un gigantesco trabajo de restauración.

La iniciativa fue de Jaime Ingram, entonces director general del Instituto Nacional de Cultura, apoyado por comités culturales y grupos de artistas.  

Al arquitecto René Brenes le correspondieron las obras de habilitación de nuevos espacios, mientras que el arquitecto Guillermo de Roux hizo el diseño de puertas.

El plafón es la parte del techo donde están las pinturas de Roberto Lewis.  Expandir Imagen
El plafón es la parte del techo donde están las pinturas de Roberto Lewis. LA PRENSA/Roberto Cisneros

 

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