Marañón en peligro: el Idiap evalúa material genética para combatir hongos en su cultivo

El Idiap prueba materiales genéticos en Río Hato para identificar plantas de marañón más resistentes a los hongos que han afectado su producción en Panamá.

Marañón en peligro: el Idiap evalúa material genética para combatir hongos en su cultivo
Producción de marañón está mermada. Las plagas y hongos atentan con desaparecer el fruto. Archivo

En la Finca Experimental de Río Hato, en la provincia de Coclé, no se habla del rescate del marañón. Al menos, no todavía. Aquí se mide, se compara y se espera.

En parcelas del sector de El Bajo, técnicos del Instituto de Innovación Agropecuaria de Panamá (Idiap) prueban algo más que plantas: evalúan si el marañón tiene todavía espacio en el campo panameño. Frente a ellos hay un problema que —según la propia institución— no ha dejado de crecer desde hace casi una década: un complejo de hongos que ha reducido la producción y ha empujado al cultivo hacia los márgenes.

El ensayo no ocurre en condiciones ideales, sino donde tiene que ocurrir: bajo calor, con sequía intermitente y en suelos que no perdonan errores. No hay control total, y precisamente por eso importa. Lo que resista aquí tiene alguna posibilidad afuera.

La finca no gira solo alrededor del marañón. También se multiplican semillas básicas de arroz y se producen forrajes, de acuerdo con el Idiap. Esa combinación no es casual: habla de un sistema bajo presión, donde los cultivos ya no compiten solo por espacio, sino por sobrevivir en un entorno cada vez más exigente.

Marañón en peligro: el Idiap evalúa material genética para combatir hongos en su cultivo
Finca Experimental El Bajo, Río Hato, provincia de Coclé. Cortesía/Idiap

El marañón, durante años, no fue un problema. Fue ese árbol que siempre estaba: en cercas, en patios y en fincas pequeñas. Panamá llegó a tener más de 455 mil árboles. No requería demasiada atención. Y, tal vez, ahí empezó el problema.

A partir de 2015, los hongos dejaron de ser un ruido de fondo. Se hicieron visibles, más agresivos. La producción empezó a caer; no de golpe, pero sí lo suficiente como para cambiar decisiones. En muchas fincas, el marañón dejó de cuidarse. Y lo que no se cuida, se pierde.

Lo que hoy se intenta en Río Hato es otra cosa: no rescatar árboles debilitados, sino —según las líneas de investigación del Idiap— identificar cuáles tienen con qué sostenerse. La apuesta está en el material genético: plantas que toleren la enfermedad, pero también el estrés que la activa.

No es una solución rápida. No puede serlo. La investigación toma tiempo, y el campo no siempre espera. Esa es una de las tensiones de fondo: la urgencia del productor frente al ritmo de la ciencia.

Marañón en peligro: el Idiap evalúa material genética para combatir hongos en su cultivo

En paralelo, el Idiap busca entender mejor el problema. Identifica patógenos, estudia insectos asociados y mantiene cooperación con Brasil, donde el marañón sigue siendo competitivo. Pero incluso dentro del propio sector técnico hay una advertencia constante: la genética ayuda, pero no sustituye el manejo.

Poda, nutrición, agua. Prácticas básicas. Conocidas. Aplicadas a medias.

El marañón no colapsó de un día para otro. Se fue debilitando. Y, en ese proceso, la falta de constancia hizo su parte.

Por eso, lo que ocurre en Río Hato no es una solución, sino un intento: un punto de partida.

Ahí, entre parcelas y datos, se juega algo más que un cultivo. Se juega si el marañón puede volver a ser productivo o si terminará quedándose, como ya ocurre en algunas zonas, como un árbol más en el paisaje… pero sin valor económico.


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