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‘En Panamá somos muy de pasar la página; por eso es importante la certeza del castigo’: Ana Karina Smith Cain

Ana Karina Smith Cain es nieta de James Cain, una de las 21 víctimas del atentado al vuelo 901 de Alas Chiricanas del 19 de julio de 1994.

Ana Karina, yo era muy joven cuando esto ocurrió. Al ser la nieta de James Cain, uno de los fallecidos en el atentado a Alas Chiricanas, tal vez me puedas dar un contexto de cómo fue esto y qué significó para ti.

Fue el día más terrible que uno se puede imaginar. Yo tenía solo 18 años y vivía con mi abuelo. Si bien James Cain era mi abuelo, realmente era como un padre-abuelo. Esa mañana lo llevé al aeropuerto de Paitilla. Él me prestaba su auto porque me preparaba para ir a la universidad en Estados Unidos ese mismo año, y ese día lo dejé en el aeropuerto para no verlo más nunca. Mi papá es radioaficionado y fue uno de los primeros en saber que un avión había explotado, porque lo escuchó en las frecuencias de radio.

Lo dejaste en el aeropuerto de Paitilla y salió entonces a Colón, ¿correcto?

Mi abuelo viajaba regularmente a la Zona Libre, a la empresa que él fundó, que se llama JCain. Casi al inicio del vuelo de regreso, sobre el área de Santa Rita Arriba, estalló la aeronave a causa de un suicida que detonó una bomba a bordo. Eso no lo supimos sino hasta mucho después.

Y ese avión traía a varios empresarios judíos, ¿cierto?

Había 12 pasajeros judíos en ese vuelo. Pero al principio no se sabía que había sido un ataque terrorista; simplemente había sido una explosión. Nadie sabía qué estaba pasando.

¿Cómo fueron esos primeros momentos?

Terriblemente confusos. Había dos aeronaves volviendo a Panamá en horarios similares y las personas no sabían si su ser querido estaba en una o en la otra. Eso no se logró saber hasta el día siguiente, cuando los familiares fuimos a recoger a nuestros seres queridos a la morgue.

¿Te tocó a ti entonces?

Me tocó a mí, a los 18 años, ir a la morgue. Recuerdo que la bolsa en la que supuestamente estaba mi abuelo no era él; ese tipo de cosas que uno ni se imagina, los olores en una morgue cuando hay tantos muertos que ya llevaban el día. A los meses ya teníamos claridad: había un cabo sin atar. Si hubo una bomba que explotó y a una persona no la reclamaron, pues ahí estaba la respuesta.

Hubo un grupo que se hizo responsable del ataque, pero aparentemente no habían sido ellos. No había claridad de quién había sido verdaderamente el autor intelectual.

Así es. Y para ponerlo en contexto: esto fue un suceso regional, un ataque en dos países. El día anterior había explotado una bomba en el centro judío AMIA en Buenos Aires, matando a 85 personas, y al día siguiente fue el atentado en Panamá. Lo que hoy se sabe es que estaban ligados.

¿En qué momento empiezan las autoridades a tratar esto como un ataque terrorista?

Yo tenía 18 años y me fui a estudiar a Estados Unidos. Los familiares no recibimos más información. Hubo un vacío de información que duró 25 años.

‘En Panamá somos muy de pasar la página; por eso es importante la certeza del castigo’: Ana Karina Smith Cain
Ana Karina Smith Cain es nieta de una de las 21 víctimas del atentado al vuelo 901 de Alas Chiricanas del 19 de julio de 1994.

¿Qué decidiste pensar acerca de lo que había pasado?

Rápidamente llegué a la conclusión de que fue un atentado terrorista, pero esa no fue la misma conclusión a la que llegaron todas las personas. Mi misma madre todavía a veces dice “el accidente”. El dolor es tan grande que mirar la verdad se hace muy difícil. No fue sino hasta 25 años después que llegó la luz: el presidente Netanyahu le informó al presidente Varela que Israel tenía información adicional que compartirle a Panamá.

¿Qué pasó en ese espacio de tiempo? ¿Qué viste en esas investigaciones?

En Panamá somos muy de pasar la página. Pero precisamente por eso es importante la certeza del castigo. El gobierno estadounidense se involucró a través del FBI; mi abuelo era estadounidense y panameño. El presidente Varela ha dicho públicamente que héroes anónimos del FBI ayudaron a dar suficiente información para la reapertura del caso 25 años después. También lo sé porque hay una película, de mi amigo cineasta Abner Benaim, al respecto.

Durante ese tiempo, ¿los familiares hicieron algo para mantener presión sobre el caso?

Nosotros vivimos toda esta experiencia en soledad. Una vez al año, cada 19 de julio, íbamos a la misa en El Javier con otros familiares católicos, orábamos por nuestros difuntos y esa era nuestra única acción. Nunca preguntamos nada. La iniciativa de organizarse surgió de miembros de la comunidad judía que fueron al aniversario 25 de AMIA y vieron que en Argentina la gente tiene una voz muy contundente para pedir justicia.

Un amigo decía que en Argentina, por cosas que acá en Panamá ni siquiera les prestamos atención, allá queman una comisaría.

Y tenían más masa crítica: en el AMIA fallecieron 85; en Panamá fueron 20 víctimas. Pero el pueblo argentino fue la llama que inspiró a que en Panamá nos organizáramos. De allí surgió el liderazgo de personas maravillosas como David Djemal, Linda Cohen y Alberto Levy. Fue un evento muy sentido donde, por primera vez, a los 25 años del atentado, se reunieron todos los familiares. Para mi hermano, que sí estuvo presente, fue un antes y un después.

Lo que confirma oficialmente que fue un ataque de Hezbolá es la información que recibe el presidente Varela del primer ministro Netanyahu, ¿cierto?

Por primera vez se supo que era Hezbolá y eso para nosotros fue una información muy poderosa. Y ahora lo que está en los periódicos es que se encontró al supuesto autor intelectual, que había estado en Venezuela. Originalmente no habían podido extraditarlo y finalmente, hace muy poco, han tenido la oportunidad de hacerlo.

Correcto, están en proceso de extraditarlo.

Eso fue una gestión de Cancillería que los familiares agradecemos tremendamente. Que se lograra la extradición de un ciudadano venezolano desde Venezuela para enfrentar la justicia por un acto terrorista en Panamá es lo impensable. Yo personalmente no lo esperaba. El canciller ha sido extremadamente empático con nosotros, con comunicación directa por WhatsApp, en persona. La noticia ha sido excelente.

¿Cómo fue para ti recibir esa noticia?

Mi abuelo está en su cajita en el Santuario. Lo visito cuando me nace. Para mí, lo que se ha sentido increíblemente valioso es que en Panamá tengamos un sistema que pueda concluir una investigación como esta, y digo uno porque donde hay uno también hay otros, con la esperanza de que todos los que tuvieron que ver con este atentado enfrenten la justicia.

Mencionaste que Panamá es un país de paz, pero a veces eso hace que nos desconectemos de lo que le pasa a otras comunidades en el mundo. ¿Cómo ves esa distancia que tomamos acá?

Somos muy de echar para adelante. Eso lo vivimos con el tema de la invasión: muchos sintieron que tomó mucho tiempo proclamar un día de duelo. Hay que ponerse en los zapatos de los demás. Y con respecto a Hezbolá: a la vez está la guerra andando. La semana pasada, en Ecuador, tuvieron presa a una persona vinculada a Hezbolá. Estos grupos todavía se mueven en la región. Panamá no está aislado.

¿Qué te llevas y qué le dejarías a la gente de esta experiencia?

Por 25 años mi pregunta fue: ¿qué propósito puede tener una tragedia como esta? No veía esa luz que uno ve detrás de las nubes oscuras. Y ahora puedo ver que sí siento paz, de que puede haber justicia, de que se pueden evitar momentos como estos para que más nadie tenga que vivir algo así. Porque no se trata de mi abuelo: a mi abuelo lo puedo ir a ver en el Santuario. Se trata de qué Panamá le estoy dejando a mis hijos. La luz para mí es mantener la voz de quienes ya no tienen voz y tener el Panamá que soñamos.


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