Después de un día de trabajo, lo único que se desea es llegar a casa, tomar un baño y descansar. Siguiendo el recorrido habitual, este martes 1 de septiembre llegué a la estación del metro de San Miguelito, punto de conexión entre las líneas 1 y 2, y rápidamente entendí que ese no sería un trayecto cualquiera.
Las escaleras eléctricas estaban paralizadas, algo que no es nuevo ni extraño para los usuarios, aunque sí representa un reto para aquellas personas que tienen movilidad reducida. Pero el verdadero caos fue evidente al llegar al área de los andenes. Avanzar entre la multitud parecía tan caótico que no fui capaz de intentarlo. Decenas de personas se acumulaban en distintos puntos de la estación hasta convertirse, vistas desde cierta distancia, en una masa que parecía moverse al mismo tiempo.
El calor era abrasador.
Las preguntas empezaron a brotar en mi mente, pero las respuestas eran pocas, por no decir nulas, y los trenes eran los grandes ausentes. Lo que normalmente es una espera de entre tres y cinco minutos se convirtió en una agonía de 10 minutos, por la aglomeración, la incomodidad y la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tomaría, finalmente, llegar a casa.
Y aunque este hecho se robó mi atención durante el tiempo que me tomó abordar el tren, también pensé en cómo, durante los últimos días, mi experiencia como usuaria ha cambiado.
Y es que, a la implementación de los nuevos validadores (sistema de cobro), que no ha estado exenta de dificultades para los usuarios, se suman otras incomodidades: escaleras eléctricas que no funcionan, elevadores fuera de servicio en algunas estaciones, una sensación de más calor dentro de los vagones y tiempos de espera que, al menos desde mi perspectiva, parecen haberse extendido.

Y aunque ninguno de estos elementos necesariamente define el servicio, cuando coinciden en un mismo recorrido terminan haciendo más pesado un trayecto que forma parte de la rutina de miles de personas que dependen del transporte público masivo.
También vale la pena aclarar que cuento esta experiencia desde una posición que reconozco: tengo buena movilidad y puedo subir escaleras si una escalera eléctrica o un elevador no funcionan. Pero el metro es un servicio público y no todos sus usuarios comparten las mismas condiciones físicas.
Adultos mayores, personas con discapacidad, mujeres embarazadas, personas con lesiones temporales o quienes se movilizan con niños pequeños dependen mucho más de que estos equipos funcionen correctamente. Lo que para algunos de nosotros puede representar una incomodidad adicional, para otros puede convertirse en una verdadera barrera para completar su recorrido.

Para 2026, el Metro de Panamá, S. A. maneja un presupuesto de 677.3 millones de dólares, de los cuales 196.4 millones de dólares corresponden a gastos de operación y mantenimiento; el resto es para inversión.
Para conocer la versión oficial sobre lo sucedido y determinar si estas situaciones son producto de fallas puntuales, contacté al equipo del Metro de Panamá. Sin embargo, la entidad indicó que no podría atender las consultas este miércoles y que ofrecería una respuesta posteriormente.

