Grandes ciudades del mundo como Sídney o París demoraron al menos 30 años en lograr que sus ríos fueran aptos para uso recreativo. En Panamá, el proyecto de saneamiento de la bahía de Panamá lleva ya 25 años y la interrogante que sigue en el ambiente es ¿cuándo podremos darnos un chapuzón en sus playas?
A principios de la década de 1940, la bahía mantenía su encanto, como quedó registrado en las imágenes que ilustraron un reportaje de la edición de noviembre de 1941 de National Geographic. De hecho, es común escuchar, sobre todo entre adultos mayores, historias sobre cómo cuando eran jóvenes, nadar en las playas de la avenida Balboa era algo normal.
Sin embargo, esa práctica cambió oficialmente en 1991, cuando la entonces alcaldesa, Mayín Correa, prohibió bañarse en las aguas de la bahía.

Y es que, el crecimiento urbano sin planificación y la ausencia de una gestión de las aguas residuales deterioraron progresivamente la calidad del agua. Según un estudio del Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales hecho en 1977 y citado en libro Agonía de la naturaleza (1985), el área más contaminada de la bahía en ese momento era la desembocadura del río Matías Hernández, donde se encontró un nivel de residuos fecales tan alto, que el agua se consideró contaminada casi en un 100%.
Una obra en proceso
Aunque en 2013 la puesta en operación de la planta de tratamiento ubicada en el corregimiento de Juan Díaz marcó un avance clave, la recuperación total de esa zona de mar aún está lejos de concretarse.
El proyecto inició en 2001 como Saneamiento de la Ciudad y la bahía de Panamá, con la planificación de un sistema de túneles (redes y colectoras) cuya función es “atrapar” o conducir esas aguas contaminadas hasta una planta que las procesa antes de que sean enviadas a los ríos.

La Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) fue inaugurada en 2013, año en el que, por primera vez en la historia, el agua residual de la ciudad recibió tratamiento antes de llegar al mar.
La contaminación comenzó a ser un problema a mediados del siglo XX, cuando nuestros abuelos se bañaban en la bahía, momento en que el desarrollo urbano —aumento de la población y de la construcción de edificios— y la mala disposición de los desechos evidenció fallas en la planificación de la ciudad.
María Fernanda De Mendoza, coordinadora del hoy Programa de saneamiento de Panamá, resaltó que, si bien la infraestructura es clave, el comportamiento ciudadano también lo es.
La ingeniera señaló que los usuarios del sistema de alcantarillado deben ser responsables en la disposición de los desechos. Recordó que por el drenaje del lavaplatos solo debe ir agua de limpieza, no aceites ni restos de comida, y que por el sanitario únicamente deben desecharse heces fecales y orina.

Todo esto facilita el trabajo de las plantas de tratamiento y prolonga la vida útil de la infraestructura.
Entonces, ¿cuándo podremos bañarnos en la bahía?
“A mí me encantaría decir: terminamos estos proyectos y nos vamos a bañar todos en la bahía”, señaló De Mendoza y agregó que lograrlo requiere un esfuerzo social, ambiental y económico.
Si todos hacen las cosas correctamente, el proyecto —que está por cumplir 25 años— necesitaría otros 25 años para que el agua sea completamente apta para el contacto humano sin riesgos, manifestó.
¿Por qué?
El área metropolitana de la provincia de Panamá supera los 1.4 millones de habitantes y requiere una red de saneamiento compleja. Actualmente, la planta trata los desechos de unas 840 mil personas, lo que evidencia una cobertura aún incompleta.
Para que el agua sea apta, debe cumplir con niveles específicos de bacterias y turbiedad. Aunque algunos parámetros, como el pH, están dentro de norma, el mayor riesgo está en bacterias como los coliformes fecales, que pueden causar enfermedades gastrointestinales e infecciones en la piel, ojos, oídos y garganta, y que además han mostrado resistencia a antibióticos.
En Panamá, la calidad del agua se mide según normas oficiales que establecen límites de bacterias para evitar riesgos a la salud. Por ejemplo, el máximo permitido de coliformes fecales es de 200 por cada 100 mililitros de agua.

Sin embargo, en zonas como la desembocadura del río Matasnillo o la cinta costera, según un estudio realizado por la Universidad de Panamá, luego de lluvias fuertes se han registrado niveles de hasta 16,000 e incluso 100,000 por cada 100 mililitros de agua. Es decir, cientos de veces por encima de lo permitido.
Algo similar ocurre con los enterococos, bacterias aún más resistentes al agua salada. Mientras el límite seguro ronda los 35, se han detectado niveles de hasta 2,000, lo que también representa un riesgo para la salud.
Retos
La ingeniera De Mendoza también recordó que uno de los principales retos del programa son las descargas ilegales de aguas residuales directamente a cuerpos de agua, cunetas o canales, lo que provoca que tanto estas como residuos orgánicos lleguen al mar sin tratamiento.
Reveló que solo en el río Matasnillo se han identificado al menos 100 descargas de este tipo.

Y no se trata de hecho aislados. La ingeniera señaló que han detectado esta situación con comercios, industrias y edificios residenciales (PH) y que el Ministerio de Ambiente (Miambiente) es la entidad encargada de atender estos casos.
Cultura
A pesar de la contaminación que afecta las aguas de la bahía de Panamá, comunidades como Boca la Caja mantienen su relación con el mar. Francisco Quezada, residente del sector, dijo que, aunque él ya no practica surf, los niños del área aún utilizan la playa.
“La verdad, nuestro miedo no es el agua, nuestro miedo son los cocodrilos”, comentó. Aseguró que no ha experimentado enfermedades relacionadas, ni él ni los niños que frecuentan la zona. También indicó que han notado mejoras y que la turbidez no siempre implica contaminación, sino condiciones naturales del entorno.
Reveló que con el programa de saneamiento han percibido cambios y considera que aunque el agua puede verse turbia, no necesariamente es por contaminación. “Esa playa no es de arena y se ve así por el limo que sale de las piedras cuando las olas les pegan”, agregó.
Pese a los avances, la contaminación, las descargas ilegales y el crecimiento urbano siguen retrasando la recuperación de la bahía. Más allá de la infraestructura, en el resultado también incide el comportamiento ciudadano.
Recuperar la Bahía de Panamá no es solo un reto técnico, sino un compromiso colectivo que definirá el futuro de la ciudad.


